Cabrillas.

Pateaba las piedras que veía en el suelo, mientras caminaba por las calles. Había acabado la jornada ese día, era un día festivo, pero extraño. No fue mucha gente por café, había sido aburrido, y todo el equipo de trabajo parecía, además, haberse sintonizado en el mismo canal, flotando todos en una cierta insipidez, sin razón, en general. Pateaba las piedras y pensaba: cómo un objeto inanimado, sin voluntad ni fuerza para moverse, cambiaba de repente su posición en el espacio por un violento movimiento de su pierna, pensaba que tal vez así debe sentirse dios, si es que algún dios podría concebirse existente, cosa que realmente no creía. Pensaba que acaso eso era lo más cercano a tener alguna suerte de control sobre el destino de algo.

Era un día gris y frío, ligeramente frío, había llovido mucho por un rato, las calles estaban húmedas y solitarias, apenas una que otra persona parecía haber salido de su casa. Era un día extraño, y tenía la sensación de que él, el día, lo abrigaba con sus brazos fuertemente, que le contagiaba su agobio taciturno, y se sentía inquieto y desesperado, asfixiado sin motivo específico, sin cosas que pensar, pero pensando, contemplando su estado para ver si podía adivinarse, porque no parecía encontrar el espacio adecuado para estar. Se hallaba perplejo.

Había dormido bien por la noche, pero tenía sueño, y a pesar de no haber tenido mucho que hacer en el trabajo, se sentía cansado, ni siquiera le apetecía caminar, como solía hacer con frecuencia y con placer. Ese día, sin conversaciones de peso con los compañeros, con risas y múltiples matices, como solían ser, se despedían todos de manera llana, sin interés. Parecía que huían todos de lo mismo, aunque ninguno supiera de qué.

Se apresuró a tomar el camión para el pueblo que habitaba, y llegó a la plaza central de ese pueblo. Compró dos cigarros sueltos en una tienda cercana, se sentó en una de las bancas de la plaza y fumó el primero, pensando. Buscaba alguna razón para el malestar, una agitación palpitaba en su cuerpo, una especie de preocupación, de origen desconocido. Con el segundo de los cigarros dejó aquella búsqueda imposible, y observó.

Algunos niños jugaban, y los coches no cesaban de pasar. Un grupo de ebrios o drogados andaba de un lado al otro gritándose amigablemente, con el lenguaje arrastrado y azaroso de esa gente, con sus ropas sucias y rasgadas, y sus olores. El mismo grupo de siempre, conocido ya por todo el pueblo, adoptado como una partecita más del panorama local. Todo se había reducido, en ese momento, a un mero acto de contemplación, desvestido de juicios o de crítica alguna, sin intenciones de estudio, aunque latía en él siempre la duda. Es que Antonio era un alma perdida en su pena, sin remedio, y él mismo lo sabía, sabía que estaba condenado a vivir en la frustración y morir así, frustrado. Estaba condenado a una extraña naturaleza de fruta podrida, era el espejo roto de un hombre solitario que no hallaba cómo taparse las grietas. Estaba lleno de goteras, y los ecos no decían nada claro.

Algunas veces su madre se lo había señalado, que había que vivir la vida como viene, día a día, sin tanto detenimiento; que no tenía mucho caso estudiarlo o analizarlo todo, cada película vista ni cada palabra escuchada ni cada cosa que uno hace. Parecía, tal vez, que Antonio vivía quejándose de todo, todo el tiempo, pero no era así. Vivía atormentándose, sí; pero no se quejaba, era más bien, lo de él, un sufrimiento callado de náufrago. No se dejaba hundir, no se ahogaba por convicción, sino que nadaba y nadaba, buscando con desesperación alguna tierra que pisar con seguridad. Era el cansancio, de nadar y nadar y no llegar a ningún lado, lo que lo tenía en ese estado. Eran las aguas frías y oscuras que se había tragado intentando entender qué hacía viviendo, o por qué, para qué.

Para interrumpir el estancamiento de la contemplación sacó su libro y se puso a leer. Antonio era en realidad un ser callado y tranquilo, incluso monótono o aburrido, como muchos. Para matar el tiempo casi siempre caminaba un rato hasta encontrar un buen lugar para leer, tranquilo y sin mucha gente o con algo de ruido, porque no podía leer si no era en voz alta, y le daba pena que le escucharan. Después de una o dos horas empezó a chispear, se sentía también algo más de frío. Guardó su libro en la mochila y se paró de la banca, acostumbraba caminar desde la plaza hasta su casa, unos veinte o treinta minutos. También le gustaba sentir la lluvia, le gustaba empaparse, tanto que le daba por sonreír o hasta reír cuando eso pasaba, y la gente lo miraba con rareza.

Llegó a su casa, ya era más tarde que temprano, el día pronto acabaría. Pensaba en las tardes, que le parecían un poco deprimentes siempre, esas horas en las que la luz se ve agonizante y la oscuridad todavía no germina; esas horas que ya no caminan, pero tampoco paran, que se arrastran penosamente hasta el final. Comió algo en la cocina, cansado y en silencio, mientras los demás hablaban. Subió a su recámara y siguió leyendo un rato, pero el vacío que el día le había traído, que se había magnificado aquel día, lo seguía oprimiendo. Estuvo llorando esa noche, y no durmió.

A través de su ventana vio a la noche ceder ante el sol, poco a poco. La ventana de su cuarto era un gran cuadrado, y frente a ella había una casa vacía, de paredes blancas. Bajó a encender el calentador para meterse a bañar, y al abrir la puerta del cuarto de lavado, donde se hallaba el calentador, vio a sus perros tirados en el piso, de forma extraña, con las patas extendidas y tiesas. Antonio les llamó varias veces, pensando que despertarían, pero no lo hicieron. Se había fugado el gas durante la noche, sus perros habían muerto.

Bajó su hermano al cabo de unos minutos, y luego todos se enteraron. Antonio encendió el calentador, y subió a prepararse, se bañó. Salió de su casa, caminó unos veinte o treinta minutos hacia la plaza, tomó el camión. Llegó a la cafetería, saludó a sus compañeros, se prepararon para la apertura. Como todos los días, cada uno se hizo el café de su agrado en un rato libre, sin gente, y uno de ellos compró algo de pan dulce, platicaban y reían. Y Antonio se sentía entonces como una roca lanzada por el tiempo, dando saltos en la superficie del mar. Tal vez algún día caiga en alguna isla, o se hunda sin más, en un último golpe contra el agua.

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