Comunicación en el ente social.

La expresión parte de una selección de la realidad con la posibilidad de ser complementada o modificada por una serie de elementos y una cierta sintaxis, entendida ésta como una manifestación de orden entre los elementos que contiene y sus significados. Considerando esto como punto de origen de la expresión, habría que reconocer la existencia de dos procesos importantes en su génesis, sin los cuales sería imposible concebirla.

El primero de ellos es la percepción, que ha de entenderse como un proceso de naturaleza empírica por medio del cual captamos la realidad a través de los sentidos. Éste es el primer proceso que debemos reconocer, pues si aceptamos que la expresión parte de una selección de la realidad, forzosamente tendríamos que captar primero la realidad de la cual hemos de seleccionar lo que nos interesa. A partir de la percepción entonces podemos generar una expresión, es decir, seleccionar de la realidad los aspectos que determinemos, selección que constituye el siguiente proceso: la representación. Este segundo proceso dentro de la generación de la expresión se refiere a la exposición de los aspectos de la realidad, que por medio de las referencias a la propia realidad logra informar acerca de ella lo que el individuo quiere resaltar, refiriéndose a ella para interpretarla de una cierta manera.

Esta representación consiste pues en una modelización de la realidad, que bien podría dividirse en una modelización analógica y una simbólica: la primera cuando se busca retratar a la realidad, la segunda cuando se atiende a un sentido más interpretativo de la imagen, pues busca generar a través de diversos elementos modificadores una serie de determinados significados que podrían ejercer una función crítica de la realidad o transferir a ella una serie de juicios o declaraciones, trascendiendo con ello el mero retrato de lo que se percibe.

La modelización analógica produciría así imágenes mentales o naturales que no son manipuladas por el sujeto que las genera, no son contaminadas de la subjetividad individual, sino apegadas a la percepción objetiva de lo que se retrata; es decir, que con respecto del fin que se busca, se tiende a la objetividad. Mientras tanto, la modelización simbólica implicaría imágenes creadas, que partiendo de un proceso de registro de la realidad (percepción), son manipuladas desde la subjetividad del individuo que las crea, con la firme determinación de expresar tal subjetividad, y en tanto que son creadas por el sujeto desde su subjetividad, la expresión se convierte en un vehículo de comunicación que refleja una cierta interpretación intencional de la realidad; la imagen producida adquiere significación, complejidad significante. Es así que de la modelización analógica a la simbólica, los referentes a la realidad transitan de ser meramente los fines a convertirse en los medios en el proceso de la generación de una cierta interpretación de la realidad en la imagen que se construye, una vez siendo expresado el pensamiento del individuo que se comunica.

Centrándonos en la modelización simbólica, que se realiza a partir de la subjetividad del creador, utilizando conscientemente a la realidad como un referente, de modo que la realidad se convierte decididamente en un medio para comunicar perspectivas individuales, la comunicación puede entenderse como el diseño de la información; es decir, la comunicación implica siempre una manipulación de lo percibido. Incluso cuando la modelización es analógica y no parte de la subjetividad, sí lleva en sí un cierto carácter subjetivo, pues la selección que se hace de la realidad para ser ésta retratada, depende innegablemente del sujeto que la retrate. Diríamos entonces que tanto la modelización analógica como la simbólica llevan consigo un cierto grado de subjetividad, la diferencia radicaría pues en que tal subjetividad es en el primer caso no prioritaria o consciente, mientras que en el segundo sí es totalmente consciente y volitiva.

Si la realidad es tomada como referente para dotarla de una organización estructural distinta, la presentación de esos datos constituye una interpretación de los hechos y en tal interpretación se produce la postulación de juicios acerca de los mismos. Es decir, que la información es reconstruida, a pesar de una posible apariencia o pretensión de neutralidad, con una especie de labor planificadora de la elocuencia que el mismo sujeto hace de manera más o menos consciente en el proceso de comunicación. Por lo tanto tenemos que, a través de la comunicación se da una reconstrucción perpetua de la información por medio de artificios retóricos.

La comunicación es, entendida así, una herramienta objetiva, pero inevitablemente en función de una cierta subjetividad, por lo que la transmisión del mensaje se ve siempre envuelta en una serie de intereses personales. Al comunicar, inevitablemente, se interpreta; comunicar equivale a expresar la interpretación de la realidad que hace el sujeto comunicante, por medio de recursos retóricos que producen, al ser construido y expresado el mensaje, una imagen particular de lo real. Es decir, que la comunicación acaba siendo un proceso continuo de interpretación de la realidad que al estarse construyendo va construyendo también a la misma realidad: las percepciones comunicadas sobre la realidad producen así las ideas de lo que es considerado como real y, por la propia dialéctica comunicativa, las ideas de lo que no es real. El proceso comunicativo, visto entonces como esa segmentación, selección e interpretación sobre la realidad, se convierte en todo un mecanismo que partiendo de una producción de creencias, o de un reforzamiento de creencias, construye la naturaleza de la vida social.

De este modo, la comunicación no puede ser estudiada sin considerar a la teoría retórica, admitiendo que si aceptamos la premisa básica de que todo comunica, además hemos de admitir que toda comunicación lleva consigo un carácter interpretativo y argumentativo dirigido a la realidad que comunica, pues en todo discurso siempre se puede encontrar una cierta intención persuasiva que no permite a ningún mensaje ser total o plenamente objetivo. El lenguaje, como herramienta para facilitar la transmisión de los mensajes, contribuye aquí a hacer visible la realidad, pero no una realidad objetiva con datos establecidos, sino una realidad percibida, dependiente en gran proporción del sujeto que la observa.

La cognición, bajo esta conceptualización, resulta de la aprehensión objetiva de los sentidos sometida a la facultad perceptiva del sujeto que conoce: el objeto conocido es transformado por el sujeto que conoce, e incluso desarrollado por el sujeto que conoce. La realidad considerada real, entonces, es aquella que es aceptada por la mayoría a través del intercambio discursivo que se origina entre las relaciones interpersonales dadas en la sociedad en que esa mayoría se desenvuelve. La realidad es en realidad, por ende, siempre el resultado de una construcción continua de lo que es real por medio del proceso comunicativo, por lo que debemos considerar a la propia realidad como una mera posibilidad, termina siempre siendo un ente que se parece a sí mismo y no llega nunca a ser del todo él, un ente siempre en potencia y no en acto.

Esta comprensión de la realidad como ente que se construye a través del discurso es legitimada por medio del propio hacer de la comunicación valiéndose de la persuasión, de una gestión utilitaria de la elocuencia en la información comunicada. Esta gestión consiste en una ponderación de los elementos primordiales de significación del discurso para posteriormente disponerlos de tal manera que logren la representación del mensaje que se busca transmitir. De ello tenemos pues que el mensaje vendría a constituirse como un esquema de simbolización elaborado a partir de los acuerdos tácitos que se tejen a nivel social con respecto de los significados que a tales elementos ponderados se han ya atribuido. El código en el que se ensambla el mensaje así diseñado debe ser aprehensible por la percepción del sujeto que lo recibe, la convencionalización de los signos utilizados implica por lo tanto un mayor grado de legibilidad.

De ello se sigue que cualquier información debe considerarse manipulable en función de los objetivos de significación del emisor, organizada y reorganizada sin solución de continuidad, generándose con ello nuevos lugares, que a su vez pueden servir como nuevos puntos de partida para la evolución o involución de la realidad percibida por las masas. La comunicación, con todo lo expuesto hasta ahora, es evidentemente indispensable para el descubrimiento de nuevos caminos en la comprensión e interpretación del mundo social, un recurso importante para la expansión y la reinvención de tal mundo, y peligroso cuando se sabe utilizar y se utiliza para fines incorrectos.

Determinismo comunicacional en
el proceso cognitivo del individuo;
concepción de realidad.

La contribución del estudio de la comunicación en el entendimiento del proceso cognitivo del individuo viene precisamente de la esencia retórica de dicha materia, manifestada tanto en la escritura como en el habla o en las artes visuales bajo los mismos modelos, mutatis mutandis. Si el pensamiento del sujeto es inevitablemente filtrado a través de su propia gestión, más o menos consciente, de la elocuencia, en aras de expresar su propia visión de la realidad, la información es siempre acomodada de acuerdo a su subjetividad particular. Este acomodo de elementos considerados importantes por el sujeto emisor, importantes ya en principio por haber sido decididamente expresados, implica necesariamente también el establecimiento de una relación entre ellos a través de determinados fenómenos, que en conjunto resultan en la expresión explícita de un pensamiento significativo.

Esto que se comenta define el papel primordial del proceso comunicativo en el proceso cognitivo del individuo, determinado en cierta medida éste por aquél, pues si hablamos de que el sujeto emisor filtra la realidad a través de su propia forma de verla, y la expresa bajo esa propia perspectiva interpretativa, el sujeto receptor, a su vez, reinterpreta el mensaje recibido, ya modificado por una cierta subjetividad, y lo vuelve a filtrar, integrando y adaptando los elementos elegidos por sí mismo a su propio sistema de saber. La naturaleza de tal sistema, constituido como resultado del propio desarrollo continuo del proceso cognitivo individual, es así inevitablemente cambiante, y en tal saber siempre dinámico se construye una realidad que nunca se consolida fijamente.

De tal forma que la realidad adquiere legitimidad únicamente cuando lo que se ha percibido como real es efectivamente expresado a través del proceso comunicativo, que por medio de una gestión sutil de la elocuencia lingüística, de recursos retóricos utilizados de manera consciente e inconsciente, genera una idea o imagen del pensamiento individual, que a mayor escala va moldeando el imaginario colectivo de la sociedad, rebasando con ello al final la materialidad de lo expresado a nivel interpersonal para establecer de modo orgánico y casi imperceptible las bases conceptuales sobre las que la sociedad fundamenta su actividad. Esto quiere decir que toda información se ve involucrada con la retórica en mayor o menor medida, toda comunicación se ve contaminada siempre de un cierto grado de subjetividad, pues ni siquiera en la mera selección de la realidad al momento de percibirla, ni siquiera en esa abstracción inicial, se puede prescindir de un cierto sesgo personalista, que se va acrecentando conforme el sujeto le da forma para poder expresarla en sus términos.

Haría falta considerar, entonces, una suerte de revitalización del empirismo como sistema filosófico, como principio organizador del pensamiento y orientador en último término de la construcción social, hecho perfectamente entendible si se tiene que la realidad para ser construida precisa de ser comunicada, y el primer paso para ser comunicada es que ésta sea percibida, lo cual no puede realizarse por ningún otro medio que no sean los sentidos. Lo único que realmente podemos comprender como individuos es aquello que podemos asimilar empíricamente, a través de la experiencia de uno mismo en el todo social, por lo que la experiencia se convierte en el motor que impulsa la confección del lenguaje simbólico bajo el cual se va tejiendo la realidad social.

El lenguaje, confirmando lo ya dicho sobre él anteriormente, es efectivamente la herramienta comunicativa capaz de hacer visible la realidad, pero no de manera objetiva como también afirmábamos antes, sino una realidad contaminada de subjetividad. Los sentidos se constituyen así como la herramienta primaria para el conocimiento de lo real, pero un conocimiento siempre deformado por el sujeto que percibe, de modo que el proceso cognitivo se va modificando conforme el individuo se desarrolla en sociedad, comunicándose con los otros. Se confirma, también, que el proceso comunicativo determina en gran medida al proceso cognitivo del sujeto, así como que tal proceso comunicativo puede entenderse como diseño de información. Si la información es diseñada y rediseñada constantemente hemos de aceptar, además, la imposibilidad de alcanzar la objetividad en términos absolutos, lo que también se había comentado ya.

Parece que siempre ha habido un intento, sobre todo en los círculos intelectuales, de aproximarse más hacia la objetividad, un intento de vencer la imposibilidad de alcanzarla, hasta el punto de que la subjetividad ha sido vista por muchos como un factor contaminante del conocimiento, como aquí mismo se ha manifestado, y lo es, en el sentido de que la visión personal modifica la forma en la que la realidad es percibida por el sujeto. Empero, habremos también de señalar el resultado que se obtendría al conseguir tal objetividad, en términos absolutos, claro está, pues si bien la subjetividad deforma la realidad, es cierto que ello también ha contribuido en alto grado a diversificar el pensamiento, enriqueciendo con ello el conocimiento, que se aprehendería llanamente y sin mayor desarrollo de ser captado por la simple percepción y sin pie a mayores especulaciones.

Lograr la objetividad absoluta implicaría la reducción de la realidad a sus formas meramente esquemáticas, una representación plana de personas, objetos y situaciones, que terminarían siendo transformadas en estructuras simplistas. Es cierto que llegar a tal objetividad probablemente desembocaría en la constitución de un lenguaje mucho más universal, o universal en totalidad, incluso independiente o emancipado de diferencias culturales e idiomáticas. La narración de los hechos dados en la realidad sería una impresión idéntica de aquéllos, por lo tanto la expresión se convertiría en una especie de reproducción sintética de lo que es percibido. La realidad sería acaso una grande llanura en la que los signos se vaciarían de cualquier valor simbólico. Acaso con todo esto nos encontraríamos con la muerte definitiva del arte.

No obstante, aun suponiendo que tal suerte de comprensión universal fuera posible, es precisamente lo concerniente a las diferencias culturales lo que debe detener a aquellos que se propongan el vago sueño de ser completa y tajantemente objetivos, porque así como la objetividad es imposible, es imposible también llegar a una igualdad absoluta, como se ha visto ya en otros escritos de este perfil. Un lenguaje universal, construido sobre una base de absoluta objetividad, bajo el que las diferencias culturales se difuminaran, desembocaría en la disolución de la cultura en general. El ente social sería neutralizado en un sistema único de operaciones mecánicas en la que los engranajes girarían en un movimiento carente de gracia. Es necesario reconsiderar la funcionalidad de la capacidad de simbolización del ser humano, con ayuda de la cual se ha construido ya tanto, y que sin duda sería reprimida al eliminar la imaginación y la posibilidad de interpretar al otro y a lo demás, al mundo en el que se desenvuelve.

La neutralidad a la que llevaría el hecho de alcanzar tal grado de objetividad, supondría la anulación de cualquier intento de interpretación por parte del sujeto, lo que llevaría a una racionalización total de los fenómenos, el entendimiento inmediato y llano de lo que se vive, sin posibilidad de desarrollar el pensamiento, porque si lo que se percibe es una impresión exacta de aquello que es percibido, no hay necesidad de pensarlo, pues no hay nada más qué descubrir o inventar, las ideas se estancarían en la percepción árida y estática de lo que sucede. La objetividad entonces, además de que no puede alcanzarse en plenitud, no debe alcanzarse, porque ello significaría una limitación al desarrollo ideológico de la humanidad, la capacidad de pensar se vería inutilizada, y hemos de considerar que ha sido tal capacidad, de imaginar, de crear, de indagar, lo que nos ha permitido fundar sociedad, construir los sistemas sobre los que gira el ente social, así como los moldes culturales sobre los que se han establecido.

Ahora bien, si la retórica no puede desaparecer de ninguna manera dentro del proceso comunicativo, y por tanto tampoco dentro el proceso cognitivo de los individuos, hablaremos entonces no de la presencia o ausencia de ésta, sino de un despliegue de diferentes grados de notoriedad de los recursos retóricos en dichos procesos. A mayor reconocimiento de los recursos retóricos utilizados, menor poder de tales recursos para persuadir en el proceso comunicativo; de igual forma, una menor posibilidad de reconocimiento de los recursos retóricos utilizados conlleva un incremento en la capacidad de persuasión del discurso comunicado.

La pretensión de neutralidad en la expresión del sujeto podría incluso considerarse en sí misma como una suerte de artificio retórico, pues en cierto sentido con ello se intenta demostrar una percepción objetiva de los hechos; aunque es indudable que la interpretación subjetiva es imposible de eliminarse en totalidad, como hasta ahora hemos visto, con la demostración de una supuesta objetividad puede disfrazarse el discurso de manera efectiva, volviéndolo con ello más poderoso. No se trataría pues de convertirse en científico de la objetividad, un científico enloquecido en la búsqueda de algo que jamás podrá descubrir, sino de consolidarse de alguna manera como una especie de artista de la subjetividad bien comunicada, a través de la adecuada gestión de la elocuencia, en la que las habilidades persuasivas del individuo ayuden a hacer una correcta utilización de los recursos retóricos disponibles.

Queda claro que una función diseñadora de la información se encuentra unida a la comunicación como una extensión de su ser, dotándola siempre de determinado grado de subjetividad. La realidad, como organización estructurada de datos, se funda así en una postulación de juicios más o menos conscientes sobre lo que sucede en el mundo, una producción constante de juicios que ocurre precisamente en el proceso de comunicación que se da de forma interpersonal y trasciende hasta perpetuarse en la conciencia colectiva dentro del ente social.

Empero, debido a que cada uno percibe los hechos desde una posición específica y cada uno los interpreta en función de esa posición y con ayuda de sus propias herramientas, la realidad pierde fiabilidad, a menos de que tales interpretaciones específicas sean escondidas ingeniosamente frente al público receptor del mensaje que se comunica. Como se sugiere, la subjetividad parece mermar la fiabilidad de la realidad que el sujeto comunica, en parte entendible si se sabe que la objetividad parece ser valorada por la colectividad como una virtud, en el sentido de que la persona que comunica parece ser más creíble cuando sus opiniones son percibidas bajo una postura imparcial o alejada de prejuicios o juicios personales acerca de hechos.

Siendo de ese modo, la comunicación sólo logra ser convincente cuando la subjetividad es escondida o disfrazada por el emisor adecuadamente, lo que quiere decir que el comunicador más hábil será aquel que construya sus mensajes de la forma más natural posible, hasta convertirse en una suerte de artista de la persuasión cuyas obras logren no ser identificadas como tal, sino que se logren fundir como parte del todo. Esto habla, además, de que incluso la objetividad, entendida como un valor del discurso que brinda la apariencia de neutralidad en lo que se comunica, implica un determinado esfuerzo de elocuencia, y por lo tanto la utilización de artificios retóricos motivados por la subjetividad del individuo comunicante.

La construcción del concepto de realidad, si se admite lo ya comentado, entre otras cosas que ésta se funda en una postulación continua de juicios, se basa pues en la producción de creencias, por lo que la percepción de las cosas está subordinada a la creencia en ellas o en las creencias alrededor de ellas, lo cual quiere decir que por encima de la percepción de la realidad, se encuentran las creencias sobre la realidad, expresadas a través de dichos juicios. De esta manera, la realidad termina siendo un compendio de creencias sobre lo que se piensa como real, las creencias influyen en la formación de los juicios sobre lo real y a través de ello terminan deformando a la realidad percibida. El discurso del individuo se va así configurando a través de una reconstrucción constante de los argumentos que constituyen sus propias teorías, y de la comunicación de aquéllas entre los individuos se configura también el discurso colectivo en el ente social.

Retomando la sugerida revitalización del empirismo y los componentes de la expresión tratados al principio, conforme a lo que ya se decía sobre el papel de los sentidos, que constituyen el único medio a través del cual puede percibirse la realidad, un papel esencial entonces en el proceso comunicativo, y por lo tanto también en la construcción de la realidad, éstos, no obstante, no pueden hacer más que funcionar como receptores aprehensivos. A partir de esta percepción, en el proceso de representación de la comunicación, al modelizar precisamente a la realidad, las facultades interpretativas del individuo son motivadas a manera de traductoras de abstracciones, y es en este segundo proceso de la expresión, que se da la construcción de la realidad, generándose con ello el proceso cognitivo del individuo.

Estas facultades interpretativas pueden estar más o menos desarrolladas en cada sujeto, pero jamás pueden ser nulificadas del todo, y en ellas interviene además el estado psicológico del sujeto. Este estado determina indirectamente qué elementos de lo que se percibe serán tomados en cuenta como componentes de la idea de lo real; la realidad nunca es enteramente aceptada como es, es imposible conocer así una realidad objetiva, por mucho que podamos aproximarnos a ella. Estas interpretaciones, además de ser influidas por el estado psicológico, son filtradas por medio de las habilidades sintácticas del individuo, que contribuyen a la fabricación más o menos concreta y coherente del mensaje que se quiere comunicar. La sintaxis aparece aquí como una función del subproceso de la representación, dentro del proceso comunicativo, en el que se determina la disposición de los significados que conforman la totalidad del mensaje, ponderándolos de tal forma que sigan un orden lógico, lo que implica que tal ponderación debe hacerse de forma que exista una especie de acuerdo implícito entre los mismos, obteniendo como resultado el establecimiento de un cierto esquema de simbolización que puede ser decodificado por el individuo o el público receptor.

Los sentidos entonces, como meros receptores aprehensivos, no son capaces de descifrar los mensajes, sino únicamente de percibirlos o captarlos, de tal forma que si sólo contáramos con ellos el aprendizaje del ser humano sería limitado a sus formas más primitivas; es así que, más allá de la simple lectura de los signos que se comunican, la información recibida ha de pasar por algún tipo de análisis por parte del individuo que percibe. El sujeto examina lo que percibe y en ocasiones incluso investiga, más o menos sistemáticamente, entre sus creencias, con el propósito de comprender aquello que percibe.

La dialéctica del mensaje:
relación entre forma y fondo;
la crisis de la realidad.

Dos elementos esenciales se hacen presentes en cualquier mensaje comunicado: la forma y el fondo. Existe en la comunicación una especie de juego dialéctico ininterrumpido entre el contenido de los mensajes y la estética con que éstos son presentados. Como elementos interdependientes estos son configurados de acuerdo al objetivo específico de comunicación que persiga el individuo en su discurso, con la tácita consideración de que todo comunica.

Como puede observarse, la época actual se caracteriza por el triunfo de la forma sobre el fondo, las apariencias han ganado dominio sobre los contenidos, lo que nos lleva a concluir que de alguna manera la percepción se ha erigido como reina y la interpretación ha terminado por convertirse en su amante servil. Nuestras generaciones parecen ser esclavos de dicha jerarquía y en ese sentido se vuelven más susceptibles de ser persuadidos, debido a que a través de la forma se puede disfrazar el contenido; sabiendo comunicar, de cierto, gestionando con inteligencia esta dialéctica comunicativa, la mentira más grande puede hacerse creíble y la verdad más evidente puede resultar inverosímil.

Si bien es cierto que el sujeto no puede huir de sí mismo, cayendo en sus propios determinismos y alejándose con ello de la objetividad, debe aun con esto no posicionarse desmedidamente en el eje de sus juicios. La forma no debe reinar jamás, el respeto a ésta debe perderse si la evolución del fondo requiere su reconstrucción o incluso su rechazo, lo que quiere decir que hemos de ver a la forma desde un punto de vista meramente utilitario. Es, en este orden de datos, un elemento importante que no debemos descartar del todo, ya que el saber comunicarse implica una consideración previa de las posibles interpretaciones, y si la forma es capaz de modificarlas a conveniencia de los objetivos específicos que se persigan, puede contribuir a la modificación de la apariencia del contenido y con ello a que éste funcione de manera adecuada o conveniente.

Por otro lado, como hemos mencionado, la comunicación establecida de forma interpersonal va configurando una cierta realidad social, la comunicación es de naturaleza reticular, un proceso que nos conecta unos con otros. En un contexto en el que existe la libertad de expresión, y aunado a dicha naturaleza reticular, ocurre un enriquecimiento de la opinión en cuanto a la diversidad de posibles interpretaciones, así como un impulso en la circulación de la información, pero la calidad de los mensajes no es necesariamente mejorada e incluso podría verse empeorada, sobre todo en un ambiente en el que la forma se encuentra por encima del fondo, pues en tales circunstancias la calidad, que es más bien una cualidad del contenido, no es valorada apropiadamente.; la cantidad de los mensajes no se liga necesariamente a la calidad del mensaje.

Esta libertad de expresión, beneficiosa para el ente social sin lugar a dudas, trae, empero, una serie de problemáticas. La diversidad de interpretaciones comunicadas puede producir una cierta desorientación en el individuo, al mismo tiempo que contribuye a la formación de una determinada realidad social, provocando en las discusiones o debates sobre temas de interés público una participación asíncrona, dividiéndose la opinión en múltiples encuadres interpretativos y derivando al final en una fragmentación absoluta de la realidad, una realidad hiperfragmentada. En condiciones más estables en las que la interpretación no puede dividirse a tan gran magnitud, el individuo puede orientarse de forma mucho más sencilla, debido a que no hay tantos caminos posibles que se puedan seguir. La libertad del individuo es entonces restringida en cierto sentido por los límites interpretativos que el propio tema impone, de manera que el individuo se adapta a los estándares establecidos y la disonancia cognitiva de las decisiones se ve reducida.

Sin embargo, el ente social actual ha crecido de manera exponencial y con un avance gradual de la libertad de expresión, en gran medida a causa del desarrollo de los medios, y sobre todo con las redes sociales. Esto ha provocado que la libertad de expresión se lleve a cabo de tal forma que corra el peligro, y caiga de hecho en el error, de degenerar en libertinaje expresivo. Agravado este último hecho con el imperio de la forma, tenemos ahora frente a nosotros una proliferación desmedida de mensajes enmascarados que cada uno puede tejer a placer. La comunicación es así manipulada de acuerdo a las circunstancias y sometida a los medios impuestos, maquillando la expresión con artificios particulares.

La libertad de expresión no puede ejercerse sin cierto grado de responsabilidad, pues ni el silencio ni el ruido significan nada sin bases. Con ello se quiere decir que la libertad de expresión debe estar subordinada en todo momento a la libertad de pensamiento, aquélla debe partir entonces de un proceso racional en el que se prepare conscientemente el mensaje, hablando sobre todo de un discurso oral o escrito. Sólo a partir de ello, puede originarse el diálogo, entendiendo el diálogo precisamente como la forma de la comunicación en la que efectivamente se establece una conexión entre los individuos a través de una manifestación de ideas o de afectos tratados de manera apropiada por los interlocutores. Con la constitución del diálogo se genera una construcción consciente de realidad en medio de un ejercicio de reconocimiento del otro, y es por este reconocimiento que la comunicación, bajo la forma del diálogo, contribuye a lo largo de la historia de la humanidad a la unión entre los individuos y a la asociación entre culturas.

Es en el diálogo, en el ejercicio de la conversación, que se va tejiendo el ente social de manera más palpable, pues es principalmente a través de esta forma de comunicación que se conforman las relaciones interpersonales que finalmente derivan en la constitución del todo social: la comunicación, en este sentido, posee de hecho poder, al ser capaz tanto de resolver problemas como de crearlos. La comunicación no puede ser, entendiendo esto, un acto que deba dejarse a la deriva, sino que debe ser realizado con un cierto nivel de inteligencia, una vez comprendiendo su mecánica, de modo que se mezclen con astucia la argumentación y la empatía con el otro. Reafirmamos pues que la libertad de expresión debe subordinarse a la razón.

Entenderlo, no obstante, no es un hecho que venga aisladamente, trae consecuencias para las sociedades actuales, en las que la comunicación es reivindicada como creadora de la realidad social, un contexto social actual en el que las palabras cobran una importancia de dimensiones no vistas con anterioridad. Esta reivindicación ha sido un proceso dado en las últimas décadas que ha desembocado en una deconstrucción total de los hechos, las opiniones y las creencias que hasta hace algún tiempo se habían establecido como moldes tradicionales del comportamiento colectivo del ente social. La mencionada proliferación desmedida de afirmaciones es ocasionada precisamente por este proceso de reinvindicación en el que se ha revelado el carácter artificioso en la construcción de los conceptos que regían el actuar tradicional de los individuos; todo parece revelarse, ante la visión general, como una construcción social.

La sociedad, con todo esto, tambalea ahora en una especie de crisis de realidad, en la que todo parece derrumbarse; en medio de este ambiente de pánico yacen las sociedades de hoy, ansiosas por reconstruirlo todo desde la ruina. Estas ansias que dan pie a tal proliferación de declaraciones llevan al inevitable resultado de provocar aun una mayor desorientación, pues ya que los conceptos parecen haberse quebrado se afirma una y otra cosa, y ninguna de esas afirmaciones llega a ser más que simple supuesto; se observa así, en los tiempos presentes, un grupo reducido de pensadores en medio de un mar de sofistas. Es decir que, al descubrir el carácter artificioso del mundo, cualquier afirmación empieza a perder sentido, haciéndose presente con ello una cierta falibilidad de la realidad en la que se vive, en cada proposición. Además, otra de las consecuencias de esta crisis es la disrupción entre las creencias y lo que se expresa, cosa que ha puesto de manifiesto una grieta en el comportamiento social, agravándose con ello la crisis de realidad, pues se han abierto grietas no ya a nivel social, sino a nivel personal, que han influido en la necesidad de reconstrucción de lo que se pensaba como escenario social consolidado.

Hemos descubierto entonces que todo depende de la forma en que se exprese, de tal manera que con los argumentos válidos y adecuados cualquier opinión puede ser repudiada o enaltecida, independientemente de las consecuencias que implica y fuera de toda estructura moral. La dominación de la palabra se vuelve con ello un arma, ya que con la manipulación ingeniosa de los argumentos puede envenenarse o embelesarse a cualquier público. El individuo en sí mismo se concibe en este nuevo contexto también como una construcción social, definido en buena medida a través de sus palabras, y en la forma en que se comporta en la continua alternancia entre palabra y silencio. El individuo como producto de su espacio y de su tiempo, como el hijo de su contexto sin posibilidad aparente de emancipación.

Debido a que los moldes se han quebrado, la búsqueda de la verdad ha provocado la generación de esta realidad hiperfragmentada de la que se hablaba, y con la reivindicación de los conceptos, dada a través de este reconocimiento de la comunicación como productora de la realidad, ciertos grupos conscientes de dichos procesos imponen en el ente social sus intereses particulares deformando o moldeando a la realidad bajo sus propias perspectivas.

Construcción del lenguaje,
su papel como intermediario
y su personalización.

En la sección introductoria del presente documento se trataba al lenguaje llanamente como una herramienta para facilitar la transmisión de los mensajes, contribuyendo con ello a la visibilización de la realidad. Es decir, consideramos al lenguaje como una herramienta de apoyo dentro del proceso comunicativo a través de la cual los mensajes son diseñados.

Ahora bien, sin el diseño de un mensaje adecuado para el establecimiento de una comunicación entre los individuos, tal comunicación sería imposible, o al menos muy difícil de efectuarse. Los mensajes elaborados con la utilización del lenguaje cumplen precisamente la función de codificar lo que el individuo busca transmitir en información que los receptores pueden a su vez decodificar, logrando un entendimiento mutuo mejor consolidado. Este subproceso comunicativo de codificación y decodificación permite al sujeto la asimilación del mensaje recibido dentro de su propio universo cognitivo, lo que nos lleva a pensar que el lenguaje juega el papel esencial de intermediario entre el proceso comunicativo y el proceso cognitivo, de los que hemos estado comentando.

El lenguaje no puede concebirse simplemente, no obstante, como una llana articulación de sonidos o signos que se tejen para la expresión de una idea, sino como algo mucho más complejo, pues a través del lenguaje utilizado por los sujetos éstos imprimen, aun sin plena consciencia, sus experiencias particulares. En la realidad creada a partir del discurso, siendo así, se van mezclando influencias, experiencias y reflexiones de carácter personalista, sea en el discurso teórico o práctico, hablado o actuado. Debido a esta especie de personalización inevitable del lenguaje que realiza todo sujeto, las definiciones terminan fundiéndose con el contexto social de éste, que bien puede verse reflejado en las acepciones elegidas de las palabras que se utilizan.

De esto se sigue que la elección de las palabras, y la relación que se establece entre ellas, expresa la mitología personal del individuo que las emplea; el lenguaje es siempre contaminado por el entorno social del individuo, es construido tomando como base el contexto en el que se ha desarrollado. El lenguaje debe ser considerado, partiendo de ello, como construcción social, lo que se ha afirmado por otros tantos desde hace algún tiempo. Si esto es aceptado, ha de aceptarse también que toda comunicación es artificial, consistente en una manipulación de signos. Luego, ni las palabras ni los signos en general pueden tratarse como elementos naturales ni inocentes.

En este sentido, el reconocimiento de la comunicación como ciencia y el desarrollo astuto de las habilidades comunicativas, pueden permitir al individuo ser capaz de transformar la realidad a través de la modificación de la perspectiva bajo la que lo miran los otros. Es decir, la comunicación no sólo construye una realidad colectiva en términos del entorno que rodea al individuo, sino que además va creando una realidad interna, el individuo construye con la comunicación, o puede llegar a deconstruir, su propia identidad, así como la imagen que proyecta a partir de tal identidad. De esta manera, la persona va edificando todo un sistema complejo de mensajes, en el que incluso los elementos no esencialmente o no aparentemente sígnicos connotan rasgos identitarios, cuyos significados van evolucionando dentro del contexto del usuario y bajo su propia dirección.

Así pues, la forma en la que el sujeto se comunica refleja la forma en la que su receptor lo percibe, y considerando que el lenguaje no es sólo verbal, el discurso alcanza a expresar mucho más de lo que parece decirse, de manera más o menos consciente. Además, si en algo debe ser apreciada la forma por encima del fondo, como se decía, es por el hecho de que la esculpidura de la forma puede influir en el fondo, de tal modo que éste puede ser modificado frente a la percepción ajena, aunque tal percepción no sea del todo certera con respecto de la esencia real del contenido. Un escritor, por ejemplo, es capaz de arrancarle el carácter de definitivo al final de una historia para transformarla de lleno en una historia en suspenso, sólo con el hecho de agregar dos puntos a un punto que antes era singular, y eso lo puede cambiar todo.

Es claro, entonces, que la persona lleva en sí la responsabilidad de su propia estructura organizativa, aceptando el hecho de que cada uno recibe de manera particular la información del exterior, y cada uno elabora también sus propios contenidos, los cuales deben desarrollarse, idealmente, a partir de la razón. Sólo a partir de un proceso continuo de observación del propio comportamiento, el sujeto será capaz de un ajuste continuo del mismo, con el propósito de lograr una correcta composición de su identidad. A través de ello se puede tomar consciencia sobre la realidad interna que se va construyendo en el discurso, pues es en la construcción de sus propias ideas en donde el individuo define su propio pensamiento, ordenando cada una de esas ideas, de tal forma que logre expresarlas ante los otros, validando con ello su existencia dentro de la colectividad.

Esta validación de la existencia individual en el mundo es afirmada, en efecto, con la expresión del discurso personal ante los otros; esa construcción y ponderación de las propias ideas, al consolidar una identidad particular y permitirnos comunicarla hacia los otros de manera más clara, constituye una forma de darnos sentido a nosotros mismos, logrando encajar en una cierta lógica que pretende interesar. Los puntos de vista fundamentales del sujeto, así como sus principales pensamientos o su arte característico, logran ser así reconocidos por medio del proceso comunicativo. La realidad es construida en el mencionado proceso, y en esa realidad, en ese mismo proceso, el individuo se construye también a sí mismo.

Si el lenguaje no puede huir de la retórica es porque, precisamente, la narración que se crea a partir de los discursos cumple con estas funciones, es decir, que el lenguaje es funcional, pues lo que se crea con él es socialmente útil para el individuo. Los mensajes son fabricados por el sujeto, de tal modo que existe una discriminación, algunas veces consciente y otras no, de los elementos que componen el mensaje que se transmite. Insistiendo con el tema, la subordinación del fondo ante la forma, y la necesaria consideración del hecho de que gran parte del lenguaje no es verbal, y de que, por ende, la forma puede influir en grandes proporciones al fondo, e incluso ocultarlo o disfrazarlo, debe obligarnos a pensar, por encima de una apreciación del poder que las formas han alcanzado, en la gradual desintegración de los contenidos que se está viviendo justo ahora en todos los medios, bajo el yugo de las apariencias, que viven ahora su esplendor.

Esto trae consigo varias consecuencias importantes: entre ellas, lo impreciso que ello vuelve al ente social para el individuo, quien pasmado en frente de un montón de imágenes, abordado por incontables apariencias engañosas durante gran parte del tiempo, no logra definir de forma concreta ni su visión de su propio contexto, ni de los otros ni de sí mismo entre los otros, perdiéndose entre vagos pensamientos sobre lo que podría ser, y solamente lo que podría ser, aquello que percibe. Otra de las consecuencias de esta reconfiguración de la dialéctica entre forma y fondo, puede observarse en el detrimento ocasionado sobre los hábitos de consumo de los sujetos, cuya demanda se ha vuelto también más superflua, inclinada en el diseño más que en la funcionalidad o en la calidad de lo que consume, estancada en las formas. La industria editorial es un gran ejemplo de ello, una industria que, a merced del mercado actual, con los cambios descritos ocurriendo en la demanda del consumidor, ha sucumbido ante la tendencia hacia un consumismo irresponsable y estupidizado, provocando la decadencia de la escritura en favor del auge de la escribiduría. Es cierto, pues, que el individuo se adapta a su tiempo y a su espacio, siempre hijo de su época y de su pueblo, siempre cubierto de su circunstancia.

La naturaleza del lenguaje debe, con todo lo considerado hasta ahora, concebirse como una naturaleza dual y paradójica, es evidente que siendo una construcción social, como generalmente se admite en la actualidad, también es cierto que contribuye en la deconstrucción y reconstrucción de la sociedad que lo construye a él. Ahora bien, si a partir del lenguaje y de los discursos configurados a partir de las relaciones interpersonales es que la sociedad se deconstruye y reconstruye, el lenguaje debe considerarse, no sólo como simple herramienta del proceso comunicativo o como mero intermediario entre el proceso comunicativo y el proceso cognitivo del individuo, sino como la base misma de la filosofía, su materia prima. Es decir, el lenguaje posee un papel esencial dentro del proceso comunicativo, y por lo tanto, dentro del proceso cognitivo del ser humano, adquiriendo a través de su participación en éstos un carácter fundamentalmente formativo.

Reivindicación del empirismo
como filosofía primordial,
y su racionalidad.

En tanto tal, el lenguaje, como elemento constructivo de la realidad social, debe servir como base para el establecimiento de un sistema filosófico primordial, que configure el funcionamiento de los procesos mencionados para la comprensión de dicha realidad. Se proponía, en este sentido, más arriba en este mismo texto, una suerte de revitalización del empirismo. Como se ha mencionado ya, la realidad social se construye en la comunicación, a través de relaciones interpersonales con las que se va tejiendo un discurso a nivel social sobre lo que es real, tanto en apariencia como en contenido.

Se había dicho que, partiendo de lo anterior, la realidad necesita ser comunicada para ser construida (en estricto sentido, deconstruida). La comunicación, como se decía en las primeras líneas, requiere de dos subprocesos para su ejecución, sin los cuales no puede concebirse, y el primero de ellos es la percepción, referida a la captación del mundo realizada a través de los sentidos. De los objetos y fenómenos captados del exterior, el individuo es capaz de elegir aquello que le interesa expresar para representar una cierta realidad bajo su propio foco interpretativo, realidad que no puede ser representada sino por medio del lenguaje, un elemento indispensable para la configuración de los mensajes, dotándolos a éstos de coherencia para su entendimiento por parte de los otros, o dicho de otra forma: un elemento indispensable para la codificación de la información captada y asimilada por el sujeto para su posterior decodificación por parte del receptor.

Si, entonces, se admite que la realidad precisa de ser comunicada para seguir con su proceso de necesaria deconstrucción continua, en primera instancia debería admitirse que la realidad necesita ser percibida para lograr ser deconstruida, y además que después de ser percibida pasa inevitablemente a través de un filtro interpretativo subjetivo, para al final ser plasmada de acuerdo a la experiencia del sujeto que la expresa, configurando así una particular deconstrucción que en última instancia forma parte de la construcción social entendida como realidad general en una sociedad dada, en un tiempo y un espacio determinados. Visto así, la construcción de la realidad, de la que tanto hablamos, en esencia es siempre una deconstrucción de la realidad percibida. Por lo tanto, como mencionábamos también más arriba, lo único que realmente podemos comprender como individuos es aquello que podemos asimilar empíricamente, a través de la experiencia de uno mismo en el todo social, experiencia que se capta y asimila primordialmente, en todo caso, a través de los sentidos.

Sin embargo, debemos repetir aquí que los sentidos sólo pueden funcionar como simples receptores aprehensivos, que no pueden servir más allá de su capacidad para percibir. Para que la realidad sea comunicada, y con ello deconstruida, aquello que es captado por los sentidos debe pasar de manera necesaria por el subproceso de la representación, a través del cual la información recopilada por la percepción es seleccionada e interpretada por el sujeto para la modelización de los mensajes que piensa comunicar. El empirismo no puede ser entonces una filosofía dominante, sino sólo primordial, en el sentido estricto de la palabra, refiriéndonos pues a un sistema filosófico principal o esencial sobre el origen de la realidad.

Estamos más bien ante un empirismo racional: el ser humano no puede conseguir a través de los sentidos algo más allá de lo que aparece frente a él, por lo que a través de la razón se va formando una cierta visión de la realidad a partir de lo que los sentidos parecen decirle, construyendo o simulando con ello modelos de realidad en los que puede acomodarse, rellenando vacíos cognitivos a través de las teorías que se acoplan a su modo de vida y que la sociedad en la que vive le dicta como correctos. El sujeto busca o fabrica la evidencia necesaria que apoye la credibilidad de la información que diseña como realidad, en aras de dotar a sus juicios de sentido. A partir de todo esto, dándose de manera constante en todas partes, es como termina constituyéndose la realidad en el ente social. Un empirismo que pretendiera ser dominante, estar por encima de los demás sistemas filosóficos, y que además no admitiera su carácter racional, caería en el extremismo de convertirse en una dictadura mental, pues reduciría al individuo a la capacidad limitada de los sentidos, subestimando la existencia como un simple producto de la experiencia del sujeto, una experiencia percibida o captada, pero no realmente asimilada.

Por otra parte, si la percepción de la realidad es continuamente reinterpretada desde cada experiencia individual, para la continua deconstrucción, a su vez, de la realidad social, podría aceptarse que los demás y lo demás son, y sólo pueden ser, en función de uno mismo. No obstante, esto se da efectivamente en cada individualidad, y cada una de las experiencias individuales es percibida bajo la luz del contexto social, espacial y temporal, en el que cada individuo se desarrolla, por lo que más allá de considerarse tal afirmación como una promoción siniestra de un individualismo egocéntrico y desconsiderado, debemos tomarlo como una especie de individualismo colectivo: el yo percibe desde sus circunstancias y al expresarse sobre lo percibido, lo reinterpreta y le devuelve a su circunstancia nuevos enfoques, cambios en los enfoques existentes o un reforzamiento de los mismos, configurando él mismo la realidad en la que se desenvuelve y que configura asimismo su individualidad dentro de la colectividad.

Es decir, tanto la realidad del yo, como la realidad de sus circunstancias, parecen ambas ser producto de un trabajo colectivo o conjunto entre los múltiples yoes que conviven directa o indirectamente en una sociedad dada, un producto en deconstrucción permanente, y que además resulta de un proceso paradójicamente silencioso, que se lleva a cabo de maneras tan sutiles a través de la comunicación que los individuos apenas podrían identificarlo, siendo prácticamente imperceptible en el marco microscópico de las relaciones interpersonales en relación con el nivel social que compone cada uno de ellos como unidades elementales de tal ente.

Este individualismo colectivo del que se habla no permite que el observador adquiera todo el poder sobre lo observado, debido a la indeleble relación de interdependencia que existe entre el individuo y la sociedad en la que es y está, entre el yo y su circunstancia. Un individualismo que implique una desconexión entre el sujeto y su sociedad caería en el absurdo de considerar como una posibilidad la capacidad del individuo de disociarse o excluirse del otro y de lo demás, hecho que no puede existir en otro ámbito que no sea la imaginación, y que aun en tal escenario sería difícil concebir. Si el observador pudiera apoderarse completamente de lo que observa, sin la influencia consciente o inconsciente de su entorno, la verdad sería completamente anulada; estaríamos más bien frente a una tiranía de lo subjetivo, que por el bienestar social jamás puede suceder.

En pocas palabras, el ser pensante y el mundo pensado no pueden separarse, el individuo y su entorno necesariamente se complementan, por lo que el sujeto que percibe no puede disociarse de aquello que es percibido, y eso que es percibido se ve inevitablemente invadido por la interpretación subjetiva, moldeada por la sociedad a la que pertenece el sujeto y que a la vez es continuamente remodelada por los filtros interpretativos a través de los cuales se configura el discurso social. Entonces, el empirismo puede así considerarse efectivamente como sistema filosófico primordial, pero sólo si se le dota de un carácter forzosamente racionalista, en el que el individuo cobra importancia solamente si es en función de la indeleble relación de interdependencia que existe entre éste y la colectividad en la que se desarrolla, de la que precisamente no se puede escindir.

Debido a que la realidad es interpretada desde distintas perspectivas sin solución de continuidad, se vuelve imperativo para las generaciones actuales y venideras el resguardo del conocimiento. Con esto nos referimos a la necesaria conservación de la relación de interdependencia entre el conocimiento y el sujeto que conoce, en aras de intentar evitar que dicha relación se distorsione y termine convirtiéndose en una relación de dependencia con respecto del sujeto, lo cual sería perjudicial para la evolución del intelecto humano. Por el bien de las ciencias, tanto naturales como sociales o humanas, la objetividad debe establecerse como directriz de todo experimento, un punto de vista neutral o imparcial debe mantenerse durante el proceso, de modo que las conclusiones obtenidas, así como sus fundamentos, no resulten ser desviados por anécdotas personales que sólo los contaminarían. Es mandatorio, reiteramos, sacrificar al caprichoso subjetivismo en honor a la objetividad, para eliminar con ello el perjuicio de las acciones y omisiones de un individualismo nocivo, con sus visiones tercas, su miopía.

Ahora bien, con esto tampoco aludimos a una objetividad absoluta, que como se ha tratado aquí no puede existir, sino a la necesidad de una tendencia consciente hacia la objetividad, una intención establecida hacia ella, que no permita la intromisión de consideraciones subjetivas, cuando éstas sean el fruto de una valoración individualista egocéntricamente disociada de la colectividad. Es así que dependiendo del contexto social y de la supuesta posición social, las actitudes y las expresiones deben tender hacia la objetividad. Estas consideraciones subjetivas de las que hablamos, deforman la experiencia percibida, y con ello filtran a la realidad bajo dos maneras, al menos: bajo una interpretación apreciativa, o bajo una peyorativa; es decir, se tiende a sobrestimar o a subestimar al objeto o al sujeto valorado en función de un yo tiránico. Contribuyen a una edición engañosa de la realidad, trocándola en una realidad hipersubjetivizada, una realidad hiperfragmentada en múltiples encuadres interpretativos, y por lo tanto condenada a la desorientación.

Es un reflejo de esto el hecho de que cada día sean más abundantes las realidades artificiales, montadas ad hoc para la satisfacción de intereses particulares o grupales; la sociedad se está saturando de guionistas enfermos y grandes directores, premiados todos en la medida en que logran manipular el escenario para beneficiarse de lo otro y de los otros. Una auténtica existencia de la realidad es difuminada frente a lo ilusorio y lo fantasioso que el hiperrelativismo del subjetivismo extremo de la época ha dejado como legado en el pensamiento contemporáneo, fragmentado en puntos de vista que se quiebran a cada kilómetro que se avanza y a cada día que pasa. Es cierto que ningún dogma tiene la capacidad para solucionar todas las dudas de la existencia, que estancarse en alguno no significa otra cosa que la limitación de la capacidad del individuo para cuestionarse sobre la vida. No obstante, encadenarse a una aceptación obligada de la validez de todo y de todos, sin criterio alguno que filtre la información vertida, no sería más que una negación del individuo o de la sociedad para determinarse a sí mismos; en última instancia, una negación de sí mismos, y una sumersión absoluta en la irresponsabilidad al ser incapaces de construirse, envueltos en un nihilismo pésimamente pasivo.

A fin de cuentas, la objetividad no debe eliminarse como una herramienta para la orientación del conocimiento humano, y por tanto como un elemento importante para encauzar la realidad social; y por otro lado, la subjetividad no puede eliminarse como un elemento inherente al proceso mismo de adquisición del conocimiento humano, elemento natural en el moldeamiento y en la modelización de la realidad social, hecho que perfectamente ejemplifican los determinismos que podemos ver en la teoría y en la práctica a través de la historia intelectual del ser humano. La realidad no debe ser apreciada como un simple juego de ambivalencias, sino como un multiverso problemático de experiencias y percepciones, un sistema complejo en el que se relacionan constantemente una gran multiplicidad de elementos y fenómenos que no pueden encasillarse en una lucha reduccionista entre el bien y el mal, y entre los cuales las contradicciones no cesan de aparecer, demostrando un conflicto irresoluto y necesario entre el sujeto y su sociedad.

Es fundamental que la realidad social sea desintegrada en sus aspectos particulares, de modo que pueda ser reconfigurada, permitiendo revolucionar continuamente el pensamiento a través de posiciones hipotéticas, brindadas a través de la comunicación, relaciones interpersonales que sirven a y se sirven de su contexto para remodelarlo a y remodelarse de él. El empirismo racional del que hablamos, por medio de una percepción siempre interpretada, que tienda a la objetividad mientras considera la ineludible subjetividad, en el sentido de lo que debe entenderse como individualismo colectivo, debe contribuir a intentar ordenar las diferentes formas y fondos que adquiere la realidad, en la que indudablemente la normalidad es sólo una cara de la moneda.

Inclusión de lo percibido en
el flujo comunicativo como
validación de su existencia.

En la sección inmediatamente anterior del presente texto, señalábamos: “Si, entonces, se admite que la realidad precisa de ser comunicada para seguir con su proceso de necesaria deconstrucción continua, en primera instancia debería admitirse que la realidad necesita ser percibida para lograr ser deconstruida, y además que después de ser percibida pasa inevitablemente a través de un filtro interpretativo subjetivo, para al final ser plasmada de acuerdo a la experiencia del sujeto que la expresa, configurando así una particular deconstrucción que en última instancia forma parte de la construcción social entendida como realidad general en una sociedad dada, en un tiempo y un espacio determinados”.

En menos palabras, la realidad general concebida por una sociedad dada se conforma de aquello que es percibido (e implícitamente interpretado, desde luego) por dicha sociedad, y que posteriormente es incluido dentro del flujo comunicativo en que se constituye el discurso de la sociedad en cuestión; es en este discurso, que se va componiendo sin cesar, en el que se van conformando los argumentos que terminan por fundamentar lo que se considera como real dentro de la colectividad involucrada, una realidad que por la propia naturaleza del proceso de su deconstrucción, a través de la comunicación, es siempre de un carácter gradualmente dinámico.

Esto implica, acaso, que lo que no logra ser percibido por un grupo significativo de personas dentro de una cierta colectividad no es, por tanto, interpretado o siquiera analizado, y entonces es excluido del flujo comunicativo de la sociedad de que se trate. Es decir, que al no ser percibido no es tampoco, por ello, un aspecto que resalte o que sea tomado en cuenta en la confección de los mensajes que se transmiten dentro de la colectividad, y al no formar parte del flujo comunicativo, al ser excluido de éste, no adquiere validez como ente existente, parece perder calidad de existente. Sin embargo, no podemos con esto llegar a la conclusión extremista de un empirismo exacerbado, y afirmar de forma simplista, pretenciosamente absoluta, que ser equivale a ser percibido, como afirmaría en pocas palabras la filosofía de Berkeley; si ser se reduce a tal, lo que no es percibido no es, o únicamente es en tanto es o está siendo percibido.

Cuando hablábamos del papel determinante de la comunicación en el proceso cognitivo del individuo, describíamos a la comunicación como un proceso en el que el sujeto emisor filtra la realidad a través de su propia perspectiva, mientras que el sujeto receptor reinterpreta el mensaje recibido (una realidad ya modificada por la subjetividad que la emite), filtrándolo también bajo su propia perspectiva. De ese modo, como ya se afirmaba más arriba, el individuo va integrando y adaptando los elementos elegidos por sí mismo a su propio sistema de saber, por tanto un sistema dinámico en deconstrucción continua, que no puede consolidarse fijamente en tanto que el sujeto nunca deja de comunicarse con los otros, y mucho menos consigo mismo.

De esto se tiene que, si el proceso comunicativo determina al proceso cognitivo, en el sentido de que es a través de la comunicación que el individuo interpreta tanto su yo como su entorno, y logra así ir construyendo un cierto sistema de saber, entonces el individuo conoce al comunicarse, sea jugando unilateralmente un papel de emisor o receptor, o un papel bilateral de receptor y emisor al mismo tiempo. Es decir, si como ya hemos visto, para comunicar debe haberse percibido antes, la percepción se convierte no sólo en el elemento fontal de toda comunicación, sino que más allá de eso se convierte en el elemento fontal del conocimiento. Siguiendo tal línea de pensamiento, Berkeley tiene razón, luego, en el sentido de que sólo puede conocerse acerca de lo que es percibido; tanto el sujeto como el objeto sólo pueden adquirir validez como entes reales si en algún momento logran ser percibidos, y dependiendo del nivel de percepción que se tenga de ellos será el grado de calidad de existentes que a éstos se les conceda en la generalidad. Es así que la realidad de un sujeto u objeto depende de la percepción que se tenga del mismo, si no es percibido por una mente de cierta manera no existe tampoco en cierto sentido. Es de tal magnitud la influencia que hemos señalado del proceso comunicativo sobre el proceso cognitivo en lo individual como en lo social.

Sin embargo, de nuevo, no podemos aterrizar con todo ello en un empirismo exacerbado. Es evidente que aun sin percibir o poder percibir directamente ciertos objetos, e incluso fenómenos y sujetos, no podemos por ese sólo hecho negarlos como entes existentes en sí mismos: uno no puede percibir, por ejemplo, a la sociedad de manera concreta o precisa, pero puede admitir ciertamente su existencia. Es evidente asimismo, por otro lado, que aun percibiendo algo de forma directa, es dudoso en ocasiones considerar a ese algo como ente existente: tal es el caso de sucesos mediáticos, en los que en múltiples ocasiones se muestran hechos que pudieran ser sólo una especie de montaje; o el caso, también, de alucinaciones en individuos con determinadas condiciones médicas o enfermedades.

En el primero de los casos señalados en el párrafo anterior, hablamos de objetos, fenómenos o sujetos cuya existencia supera los límites impuestos por la percepción; hablamos pues de gente famosa o reconocida, objetos universalmente conocidos o fenómenos que por leyes de diversa índole se sabe en lo general que suceden, sin posibilidad de negación. En el segundo de los casos, nos referimos a las visiones en pacientes con alguna enfermedad mental, como esquizofrenia, por mencionar algo específico, o a ocasiones en los que la política ha montado escándalos mediáticos con el fin de ocultar o distraer al público de otro tipo de información, cuestiones que parecieran existentes, pero que en realidad son ilusiones manipuladas para parecer reales, que parecen ser y no son del todo, existiendo así en menor grado.

Es por ello que mencionamos arriba que dependiendo del nivel de percepción que se tenga de ellos será el grado de calidad de existentes que a éstos se les conceda en la generalidad; nos atrevemos, pues, a afirmar que la existencia del sujeto y del objeto en la realidad social no puede ser, como no puede no ser, en términos absolutos, sino que existe una cierta gradación de la existencia de las cosas y de los sujetos. Incluso todo lo imaginado y todo lo montado, aunque sólo imaginado o montado, existe; la cuestión sería en qué grado su existencia adquiere validez dentro de la realidad general, pues es claro que la existencia de ciertos dioses o del valor que posee el dinero o de las leyes no tiene el mismo grado de validez que la existencia del amigo imaginario de un infante en particular. Esto sugiere lo siguiente: entre más mentes perciban un objeto o sujeto, mayor será la validez concedida a la existencia del mismo, lo que determina que algo se admita como existente es entonces el grado de consenso que haya en relación con la percepción que de ese algo se tiene en la generalidad.

Así, la percepción pierde fuerza como elemento fontal de la comunicación, y por lo tanto del conocimiento, y tendría que verse así desde el momento en que se observa que la percepción constituye un acto desarrollado en sus raíces en un plano individual y por ende siempre sesgado por la subjetividad; sin embargo, aun con ello, es la percepción el único elemento fontal que podemos identificar de cierto, hasta ahora, para ambos fenómenos. Esto significa que el proceso de deconstrucción de la realidad es siempre imperfecto o incompleto, y por ello la realidad general que se presenta en diversos entes sociales a nivel global parece omitir en ocasiones aspectos importantes de su composición, un fenómeno que parece resolverse de manera orgánica a través de las generaciones y usualmente por medio de grupos que se identifican con tales aspectos omitidos, comenzando con ello una serie de actos de protesta, por ejemplo, para ganar visibilidad sobre tales aspectos. La idea de generar visibilidad lleva entonces una carga comunicativa implícita, en el sentido de que lograr una cierta visibilidad implica llevar a los demás grupos o grupúsculos sociales de una cierta colectividad a percibir tales aspectos (objetos, fenómenos o sujetos omitidos o invisibilizados histórica o tradicionalmente) y en última instancia a introducirlos en el flujo comunicativo de tal sociedad, dotándolos de existencia, en tanto cualidad de los cuerpos o entes percibidos e integrados a la realidad general dada.

Lo que se comunica, luego, se conoce, y por tanto adquiere existencia; dicho de otra manera, lo que se comunica más, existe más, porque se encuentra más presente en el sistema de saber o universo cognitivo de la sociedad. Por ejemplo, la muerte de una persona que nadie está mirando o cuyo círculo social es más reducido es percibida como una pérdida menor ante la muerte de un sujeto que todos conocían o cuyo círculo social es más amplio; el segundo caso trata de alguien que formaba parte de un flujo comunicativo más extenso. Consideramos pues a la existencia como una cualidad de variable gradación tanto en sujetos como en objetos o abstracciones, y esta gradación, el grado en el que ese sujeto u objeto existe, si existe menos o más, depende de la manera y la magnitud con que éste sea incluido en el flujo comunicativo de la sociedad en la que está, y por tanto incluido también en el sistema de saber de tal sociedad, dentro de su panorama cognitivo.

La única salida a esta imperfección y a las injusticias causadas por la omisión y la inclusión arbitrarias de los aspectos que una sociedad refleja como su realidad general podría encontrarse en el complemento racional del empirismo aquí considerado, y en esto es en donde comenzamos a diferir con la teoría que planteaba Berkeley, pues el análisis detallado de lo que se percibe no constituye así un error del individuo, sino una herramienta de apoyo que posee el individuo para pulir en cierto sentido lo que percibe, de modo que objetivamente pueda discernir en ello y llegar a una percepción más certera, convirtiéndose en un emisor responsable y en un receptor más inteligente dentro del flujo comunicativo en el que se desarrolla su entorno.

La equivocación de Berkeley radica en la pretendida idea de una supuesta existencia de percepciones puras, que de acuerdo a su filosofía debían desvestirse de todo pensamiento para lograr llegar a una especie de mundo empírico que él consideraba verdadero. En realidad, como vemos, las percepciones no pueden ser jamás puras, debido al inevitable filtro subjetivo e interpretativo por el que se ven obligadas a pasar, lo que hace imposible concebir un mundo de pureza empírica como el que parecía concebir Berkeley. Es el pensamiento racional el que debe en todo caso mediar entre el mundo percibido y el individuo que lo percibe, precisamente para llegar a algo más cercano a lo verdadero que aquello que la percepción parece decirnos a simple vista. Pensar, en tal sentido, tendría que reivindicarse, más bien, como un proceso de perfeccionamiento de las percepciones.

En cierto sentido, con la pretendida reivindicación que quiere plasmarse aquí del empirismo como filosofía primordial, bajo un enfoque racionalista, lo que admitimos es pues que los sentidos y la razón son herramientas indispensables que corresponden a los dos procesos vitales para el ejercicio de la comunicación: la percepción y la interpretación de lo percibido, respectivamente. Es debido a esto que la razón es aquí dotada de una gran importancia y a ello es a lo que nos referimos al hablar de la tendencia necesaria a la objetividad que suponemos debe incluir el individuo en sus propios procesos comunicativos. La razón debe trascender el proceso comunicativo para ser empleada o implementada de manera mucho más consciente, como atributo especial de la raza humana, para pulir lo que llega al individuo a través del flujo comunicativo en el que está envuelto, y por tanto a través de la percepción, de forma que el sistema de saber que éste se construye sea construido de una manera más sólida y justa.

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