Sobre la justicia.

¿Qué es lo justo?

La justicia es el orden de convivencia humana que consiste en la igualdad de todos los miembros de la comunidad[1]. Este orden de convivencia humana no puede existir como término absoluto, es mejor entendido como relativo, pues no hay un concepto de justicia aplicable para todo el mundo, y no todo el mundo tomará en consideración los mismos valores para juzgar un hecho, lo cual es necesario, ya que no podemos juzgar sin atender a los valores. Entendemos, entonces, que la justicia es relativa y moral.

Sin embargo, el hecho de que ese orden de convivencia humana consista en la igualdad de todos los miembros de una comunidad, genera confusión en cuanto a la relatividad de la justicia, ya que con lograr la igualdad de todos, el concepto pretende que a través de ella, que como ya vimos es algo relativo y moral, lleguemos a lo absoluto. Esto es imposible, pues no se puede generar lo absoluto a partir de lo relativo; como se ha mencionado en el primer párrafo, no existe un concepto aplicable para todos y lo que es justo para uno, no es justo para otro. Esto quiere decir, por lo tanto, que ese orden de convivencia humana, que es la justicia, no puede lograr la igualdad de toda una colectividad; pues, objetivamente hablando, nadie es igual, lo justo no es universal ni absoluto.

Lo justo, a partir del concepto de justicia estudiado, es entonces aquello que busca la igualdad de todos los miembros de la comunidad. Pero aún determinando lo anterior, seguimos confundidos con todo lo ya visto.

 

Lo proporcional; la esencia de lo justo.

Otro concepto de lo justo que podemos analizar para llegar a una conclusión concreta, puede ser el propuesto por Aristóteles en su Ética Nicomáquea, en la que afirma que lo justo es lo proporcional, entendiendo desde un punto de vista con tintes matemáticos a la justicia, como proporción geométrica, que podemos resumir en la siguiente cita:

[…] lo justo es entonces un medio entre extremos desproporcionados, porque lo proporcional es un medio, y lo justo es lo proporcional. […] lo injusto lo que está fuera de la proporción, lo cual puede ser en más y en menos.[2]

Esta visión aristotélica sugiere que con lo justo nos estamos refiriendo a un equilibrio o punto medio entre extremos; por lo tanto, aplicando este punto de vista a nuestro concepto inicial, podríamos decir que la justicia es aquel orden de convivencia humana que consiste en el equilibrio de condiciones, deseos, necesidades, y demás, de todos los miembros de una comunidad. Con esto se modifica nuestra definición, de lo absoluto (igualdad de todos) pasamos a lo relativo (equilibrio entre todos); reducimos entonces nuestra confusión y ahora es un poco más lógico pensar en la justicia logrando el equilibrio y no la igualdad de todos, es decir, lo relativo a partir de lo relativo.

Por otro lado, Aristóteles nos confirma esta modificación a nuestro concepto cuando nos habla de la esencia de lo justo.

Es [la justicia] la virtud perfecta […] porque el que la posee puede practicar la virtud con relación a otro, y no sólo para sí mismo, porque muchos pueden practicar la virtud en sus propios asuntos, pero no en sus relaciones con otro. […] La justicia así entendida no es una parte de la virtud, como la injusticia contraria no es una parte del vicio, sino el vicio todo. […] La virtud y la justicia son lo mismo en su existir, pero en su esencia lógica no son lo mismo, sino que, en cuanto es para otro, es justicia, y en cuanto es tal hábito en absoluto, es virtud.[3]

Aristóteles se refiere en grandes rasgos al simple hecho de que es justo aquel que piensa en lo mejor, no sólo para sí mismo, sino tomando en cuenta a los demás, y esto es precisamente el equilibrio que busca ese orden de convivencia humana que es la justicia; no se logrará la igualdad de todos porque sería algo imposible, pero se llegará a un equilibrio que tome en cuenta a cada uno de los miembros de la comunidad en cuestión.

Cabe mencionar, que esta esencia de la justicia de la que habla el gran filósofo, sigue vigente, pues los valores son inmutables, mañana seguirá siendo lo mismo; empero, la gente sí cambia, por lo que los valores se respetan en mayor o menor medida con el paso del tiempo y las generaciones. La gente respeta menos el valor de la justicia y por ello se percibe diferente, sin que esto signifique que el valor en sí mismo haya modificado su concepto.

 

Determinación de lo que es justo.

Procederemos ahora a las fórmulas vacías de la justicia[4], propuestas por Kelsen como ayuda para la determinación de lo que es justo:

  1. Principio “a cada quién lo suyo”:
    ¿Qué es lo que cada uno puede considerar realmente como “lo suyo”?
  2. Principio de represalia (bien por bien, mal por mal):
    ¿Qué es lo bueno? ¿Qué es lo malo?
  3. Principio de igualdad:
    ¿Cuáles son las diferencias a considerar y cuáles no?

Se podría decir que estas fórmulas ayudan a determinar realmente lo que es justo, que a través de ellas llegamos a la justicia; sin embargo, esto es falso, porque en realidad nos llevan nuevamente a la relatividad de la justicia. Como se muestra en las fórmulas vacías de la justicia, cada uno de los principios remite a una pregunta, y las respuestas correspondientes son relativas, distintas para cada individuo.

Esto nos lleva a pensar sobre la duda metódica de Descartes, quien mientras se dedica a dudar de todo para poder llegar a la verdad, decide crear un método, una moral provisional que rija su vida, refiriéndose con esto a una moral probable, imperfecta y cambiante que consiste en dudar de todo aquello que no tenga certezas absolutas. Como el título completo de su obra sugiere, las tres máximas de este método, son adoptadas por Descartes para conducir bien la propia razón y buscar la verdad en las ciencias[5], mismas que se presentan a continuación en forma resumida:[6]

  1. Obedecer las leyes y costumbres de mi país, siguiendo las opiniones de los más sensatos y conservando la religión, lo cual no daña nuestra moral y nos permite vivir en tranquilidad, libertad y con aceptación social.
  2. Seguir las opciones como las más verdaderas una vez elegidas, sean malas o buenas, mostrándose lo más firme y decidido y aprendiendo de los errores propios sin culpar a nadie, para saber actuar con madurez.
  3. Sólo nuestros pensamientos nos pertenecen; hay que cambiar nuestros deseos antes que el orden del mundo, para no desear lo que no está a nuestro alcance y mantenernos felices.

Además de estas tres máximas propuestas por Descartes, podríamos incluso hablar de una cuarta, como algunos autores manifiestan, la cual estaría inmersa en la conclusión que él mismo propone, y que sería la conclusión de la moral cartesiana:

  • Cultivar la razón para progresar en el conocimiento de la verdad a través del método, fundamentando las máximas morales.[7]

Si nos apegamos a lo que nos dice el método que Descartes propone y asume, para encontrar la verdad acerca de lo que es realmente la justicia, notaríamos entonces que lo justo dependería de las leyes en que se rige cada individuo, de las decisiones individuales y de los deseos que cada uno anhele, además de qué tanto cada quien se cultive. Regresamos, de esta manera, a nuestro concepto y reafirmamos que la justicia es algo relativo, nada es justo para la totalidad de los individuos, cada quien su justicia.

La justicia es aquel orden de convivencia humana que consiste en el equilibrio de las condiciones, necesidades, deseos, y demás, entre todos los miembros de una comunidad. La justicia para el escritor de este texto no es la misma para su lector; el lector seguramente sabrá lo que es justo para sí mismo, y su concepto tal vez se parecerá al del escritor, pero nunca será igual.

[…] ¿cuál es la moral de esta filosofía relativista de la justicia? ¿Es que tiene moral alguna? ¿No es acaso el relativismo amoral o inmoral como muchos afirman?[8]

 

El relativismo y la justicia.

El relativismo reduce, como se ha visto, el carácter absoluto del conocimiento, hace depender al conocimiento del sujeto que conoce, pero esto no da pie a considerarlo como una teoría filosófica amoral o inmoral, porque el individuo tiende a tomar en consideración el comportamiento colectivo para regular el suyo propio en función del juego de ambivalencias entre bien y mal, el sujeto es consciente de su obrar.

Atender a una filosofía relativista de la justicia nos remite a una observancia obligatoria de la moral, tal filosofía es innegablemente moral porque la justicia en sí misma tiene valor moral. El relativismo no niega la existencia de valores absolutos, sino que, más allá de tal absolutismo, enaltece a la interpretación individual, la convierte en reina.

Esta interpretación reinante, tan propia de la época en que se vive hoy, no destruye a los valores absolutos, parte de ellos para tomar caminos personalizados. Sin embargo, la multiplicación excesiva de los caminos, si cada quien reconstruye los valores como quiere, sí produce cierta desorientación y la flexibilización extrema del pensamiento le pone bastantes trampas al conocimiento, que en la inmensa variedad de opciones adopta a veces actitudes oportunistas o convenencieras; esta adaptación permisiva lleva a generar posturas débiles y deformes, el sujeto vaga a la deriva sin construir camino alguno, sino que va tomando las rutas que ya existen como más le convenga.

Oponerse a esta personalización en crecimiento exponencial representa, para muchos de los contemporáneos, un atentado a la libertad individual, ven en tal oposición posturas radicales, pero mucha de esa oposición está basada en la construcción responsable del propio individuo, que se construye conscientemente a sí mismo respetando sus propias posturas y asumiendo las responsabilidades. Como bien lo expresa Sartre: “El hombre es ante todo un proyecto que se vive subjetivamente”.[9]

Para entender realmente la justicia como orden de convivencia humana y encontrar el equilibrio que se busca, las posturas individuales deben ser controladas a partir del concepto absoluto al que tanto se le teme ahora. Kelsen, por ejemplo, en sus disertaciones, con sobredosis de relativismo, no encuentra nunca una respuesta, como la justicia puede ser cualquier cosa termina por no ser nada, en cierto sentido la ningunea.

Resulta entonces más viable obedecer al método cartesiano para determinar lo que es justo y encontrar un ancla para fijar el rumbo, para dejar de estar perdidos a la deriva entre el inmenso y profundo mar de las percepciones personales. Las leyes, como medio de control social, constituyen un conjunto de normas bastante bien estructurado, respetarlas nos acerca más a un concepto de justicia mejor definido, y procuran una vida tranquila, libre y aceptable en la medida de lo posible.

Teniendo ese punto de referencia legal que bien facilita la regulación del comportamiento humano, habrá que asumir las consecuencias de las decisiones y afrontarlas con responsabilidad, es así que la adaptación a este sistema jurídico es necesaria para la armonía de la comunidad.

El relativismo siempre estará presente al hablar de individuos, porque el individuo, por más apego que pueda tener a la objetividad, siempre está prendido de su subjetividad, siempre se verá torcido por sus propios determinismos, incluso buscando lo contrario. Atendiendo de nuevo a Sartre, el subjetivismo se constituye como una “elección del sujeto individual por sí mismo”,[10] un constante elegir que lo encadena a la responsabilidad de hacerse cargo de las consecuencias de tal elegir. Empero, la objetividad debe gobernar sobre la subjetividad, debe trazarle límites, para contrarrestar al menos un poco esa terrible “imposibilidad de sobrepasar la subjetividad humana”.[11]

 


[1] Diccionario de la Lengua Española y de Nombres Propios. Barcelona: ed. Océano, V. p. 446

[2] V. Aristóteles, Ética Nicomáquea. México, ed. Porrúa, 2000. V. Libro V, De La Justicia.

[3] Ibidem: Aristóteles.

[4] Apud: Kelsen, ¿Qué es la justicia? V. cp.

[5] i.e. Discours de la méthode pour bien conduire sa raison, et chercher la vérité dans les sciences, título completo de la obra.

[6] Apud: René Descartes, El Discurso del método. México, ed. Porrúa, 1998, Tercera Parte.

[7] Ibidem: Descartes.

[8] Hans Kelsen, ¿Qué es la justicia? México, Distribuciones Fontamara, 1991, V. p. 76

[9] V. Sartre, El Existencialismo es un Humanismo. México, ed. Tomo, 2014.

[10] Ibidem: Sartre.

[11] Ibidem: Sartre.

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