Hay un hombre.

Frente al espejo hay un rostro
de mirada sin forma y sin fondo,
de pupilas negras como apagadas,
como perdidas, como náufragos.

Frente al espejo hay un hombre
tirado en el asfalto, enterrado,
de costillas quebradas que duelen,
con las piernas y los brazos rotos.

Frente al espejo una triste sonrisa,
unas encías sangrantes y enfermas,
una lengua agonizante y enclenque,
migas rancias taladrando los dientes.

Frente al espejo unos pies cansados,
muslos resecos, irritados codos;
un fulano arañándose la cara,
tapándosela fuerte, espantado.

Frente al espejo hay un hombre
arrastrándose penosamente,
entre los días insípidos y crueles,
entre las horas indiferentes.

Frente al espejo hay un rostro
aguardando el terrible alud,
la pesadez del laberíntico vacío,
la vastedad de la nimia nada.

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