El autor le pregunta a la muerte.

Me la pa­so pen­san­do en ti y en la si­t­ua­ción que nos en­v­uel­ve, los obs­tá­cu­los que mi­nan el ca­mi­no pa­ra es­tar jun­tos. Ca­mi­no en ci­clos de ocho pa­sos, voy con­tán­do­los; no es­tar con­ti­go es ca­mi­nar en cír­cu­los, ine­vi­ta­ble­men­te. Voy acos­tán­do­me en pas­tos o va­gan­do por las ca­lles, des­ve­lán­do­me pa­ra es­pe­rar ab­sur­da­men­te que to­q­ues la puer­ta o te tr­ai­ga al­go a mi ven­ta­na. Me an­gus­t­ia tu au­sen­c­ia, me an­gus­t­ia su eternidad, su presencia perpetua. Qui­s­ie­ra rom­per las ca­de­nas y es­ti­rar las ra­í­ces has­ta lle­gar a ti. Después de conocerte mi am­bi­ción se vol­vió me­d­io­cre, los de­se­os se vol­v­ie­ron va­c­uos.

Oja­lá me re­c­uer­des cuan­do no te veo ni te es­cri­bo ni te ha­blo. Po­dría ser ego­ís­ta que­rer ocu­par un lu­gar de tu men­te, tal vez me so­bres­ti­mo de­ma­s­ia­do, se­gu­ra­men­te tie­nes mu­chas co­sas en qué pen­sar por en­ci­ma de mí. Sien­to que te ex­tra­ño; me sien­to de­ses­pe­ra­do, im­pa­c­ien­te, te­me­ro­so. Me da mie­do ver­te y me da mie­do no ha­cer­lo nun­ca. Qui­s­ie­ra rom­per mis ca­de­nas y es­ti­rar mis ra­í­ces has­ta lle­gar a ti, no de­be­rí­a­mos vi­vir así. Qui­s­ie­ra des­per­tar de es­te sue­ño, soy pa­té­ti­ca­men­te con­su­mi­do por él. Me con­su­me la es­pe­ra, mi­ro la vi­da pa­sar, es­pe­ran­do fundirme contigo. No le te­mo a la na­tu­ra­le­za utó­pi­ca de la re­ci­pro­ci­dad, no im­por­ta si yo te qu­ie­ro me­nos o te qu­ie­ro más, por­q­ue in­clu­so lo me­nos se­ría mu­chí­si­mo, in­clu­so si no me qui­s­ie­ras te que­rría ig­ual. Qui­s­ie­ra es­ca­par de mis pa­re­des, sa­lir por la ven­ta­na pa­ra bus­car­te, pa­ra de­jar el des­con­ten­to y cal­mar­me un po­co, para obtener un poco de paz.

Aunque intente ignorar a las voces internas, lo que te escribo le tira sal a la he­ri­da, es­tá bai­lan­do fla­men­co so­bre ella con ta­co­nes de pu­ta, mien­tras me me­zo en la mi­se­r­ia de mi des­ti­no. Lo ex­tra­ño de es­te no­so­tros es lo in­te­re­san­te de nues­tro en­can­to, la pe­na que va­le aquí es tris­te­za son­r­ien­te con que ha­bla­mos, son­ri­sa de­cep­c­io­na­da cuan­do ca­lla­mos. Aunque la es­pe­ran­za se ponga ines­ta­ble, siempre si­g­ue ha­blan­do. Le ha­ces fal­ta a es­ta ciu­dad abu­rri­da. ¿Si el al­ma es es­tú­pi­da y el cuer­po es jau­la, a qué la­do me ti­ro?

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