Sistemas sociales.

El ser humano debe ser entendido como un ser social, eso hemos de tenerlo presente ya como un hecho verdadero, ya desde hace bastante tiempo, pero tal característica del ser humano ha de ser entendida como una necesidad y no como un deseo. El individuo no puede vivir en aislamiento total con respecto de los otros, porque no podría subsistir; si bien la autosuficiencia parece ser una meta deseable para el sujeto, es en la realidad una meta imposible y, por lo tanto, la pretensión de alcanzarla en términos de absolutidad es en todo sentido siempre frustrada de algún modo. El proceso de socialización debe entenderse así como un proceso naturalmente necesario, más que deseable, pues aunque exista en algunos una cierta tendencia hacia la hurañía, deben establecer determinadas relaciones con los otros para poder sobrevivir en el mundo, en el que la vida se desarrolla necesariamente en sociedad.

Lo anterior debe su causa a la manera en que se desenvuelve el comportamiento dentro de los grupos sociales, de forma sistémica, lo que quiere decir, en todo caso, que los individuos, como elementos componentes del sistema, se encuentran en relación necesariamente interdependiente. La interrelación existente entre las conductas individuales es lo que realmente da forma al carácter de una sociedad o un grupo social determinado; puede ser útil revisar lo dispuesto en Mecánica Social. En este sentido, el establecimiento de una costumbre puede comprenderse a través de una repetición más o menos periódica de comportamiento o actuación de la colectividad, con el ejercicio continuado de una cierta práctica en conjunto de un grupo de individuos en un lugar determinado.

El individuo, separado de la colectividad en la que se desarrolla, abstraído del ente social al que pertenece sin opción a no hacerlo, se ve obligado con ello a otorgar un cierto valor a los otros, en tanto que no puede ser sin su circunstancia, de modo que dispone y pondera a los otros en su propio escenario social, que no puede nunca ser totalmente personal. Con base en los valores que establece a través del tiempo, y que siempre están en estado de variación, se relaciona con ellos a través de medios elegidos por él mismo y hacia sus propios fines, nunca pudiendo dejar de considerar al otro en la ecuación.

La otredad, con todo ello, se vuelve primordial para la comprensión del individuo, el sujeto no puede en ningún momento asumir ningún rol sin relación con los otros, pues a final de cuentas no tendría sentido. Los seres humanos, entonces, se encuentran así unidos por una cierta naturaleza común, además de la naturaleza biológica que los une como especie, y hacerse consciente de ello otorga sentido a las relaciones establecidas con los otros. Intentar aislarse de todo sistema y de toda otredad sólo puede resultar en fracaso, de manera similar al frustrado intento de Kierkegaard por ser “el individuo”.

Partiendo de aquello, la sociedad debe concebirse como un conjunto de individuos en necesaria interacción reunidos en grupos de diversos significados y distintas dimensiones; en interacción, porque las acciones que se ejercen individualmente se ejercen de manera recíproca, en menor o mayor grado unos repercuten en los otros. Los efectos de tal interacción se consolidan en una cierta organización social que es siempre diferente entre una sociedad y otra, pues aunque haya similitudes evolutivas o devolutivas en cuanto a determinados ámbitos, como pasa por ejemplo entre las naciones latinoamericanas, sobre todo en ciertos periodos históricos, siempre existe una diferencia, aunque sea ligera, de matices.

Esta organización social se legitima a través de la formación y el mantenimiento de estructuras sociales, las cuales permiten la continuidad del ente social total, pues ha de tenerse por innegable que tales estructuras perduran más allá de los hombres que las componen, y debido a tal inmortalidad la vida social permanece a través de las generaciones, con la muerte y el nacimiento de los seres humanos que las forman por medio de las relaciones que ellos mismos establecen por necesidad. De esta manera es que la sociedad no puede morir, a menos de que ocurra la extinción definitiva del ser humano, y en este sentido es que hemos de cederles un poco de certeza a los antiguos sociólogos organicistas cuando veían en la sociedad a un ser vivo y a los individuos como células del organismo social, pues si bien no es la sociedad realmente un ser vivo, las relaciones aquí descritas, de carácter naturalmente necesario, obligan a ver al ente social total como un ente natural, casi orgánico.

Los grupos sociales son, en la organización social, componentes complejos, complejos por el hecho de estar formados por los elementos más simples del sistema, que son los individuos. Si se quisiera ir más lejos con la retrotracción de las visiones organicistas podrían los grupos sociales equivaler a los tejidos del cuerpo humano que estudia la biología, pues con el grupo social nos referimos a un conjunto de individuos cuyas relaciones van articulando las estructuras sociales, de la misma forma en que en el cuerpo humano cada uno de los diversos agregados de células de misma naturaleza, regularmente ordenadas y diferenciadas entre sí de un cierto modo, actúan en conjunto hacia una determinada función.

A partir de tal analogía, habrá de quedar claro que en la sociedad o ente social total diversos agregados de individuos conforman los grupos sociales, y que los individuos componentes de un grupo social comparten características similares que los unen bajo un orden particular, actuando bajo patrones establecidos a través del tiempo, y generalmente con fines o aspiraciones en común. Las personas que constituyen, mediante relaciones entre sí, un grupo social, mantienen un trato frecuente, y están generalmente conscientes de la existencia de una identidad común; tal trato puede no ser regular o muy frecuente, pero tiene efectos duraderos que se reflejan eventualmente en el grupo social de que participan. La identidad común que comparten, además, se consolida en un sentimiento de pertenencia que los identifica también en su individualidad, un sentido de “nosotros”.

El grupo social, como componente social complejo, puede adoptar diversas formas y puede adquirir un carácter primario o secundario con respecto de su naturaleza: primario cuando sus miembros se conocen bien entre sí con la conservación de relaciones estrechas por un tiempo prolongado, generando con ello una cierta carga afectiva, como en la familia, el grupo primario esencial; grupo social secundario cuando los miembros se integran únicamente para el ejercicio de una tarea específica o para el cumplimiento de objetivos particulares, sin el interés primordial de elevar el trato a una intimidad afectiva o de trascender hacia un conocimiento personal profundo, como se da en el caso de un equipo de trabajo.

Si la integración de individuos no se da bajo las características de ninguno de los grupos descritos en el párrafo anterior no puede hablarse ya de un grupo social constituido, sino de la formación provisional y superficial de un simple agregado social. Bajo esta forma se pueden encontrar en ciertos momentos algunos grupos de personas, reunidas en un cierto espacio físico por periodos breves o transitorios, con posible contacto físico, pero sin relacionarse de forma significativa, careciendo de organización estructural alguna y con una comunicación mutua bastante precaria o incluso nula, debido solamente a algún motivo externo y en ocasiones con una fuerte excitación común, como en el caso de una multitud que huye de un edificio en llamas, una turba agresiva que busca el linchamiento de algún individuo, el auditorio espectador de una representación teatral o el público participante de un programa televisivo.

Estos agregados sociales no son requisito indispensable para la supervivencia de una sociedad, los grupos sociales sí. Para tal supervivencia, en primer término, la población debe reproducirse y los miembros de dicha población deben de socializar entre sí, cosa que además se vuelve siempre necesaria; el cumplimiento de este último requisito está asegurado, no siendo así del todo el de reproducción, aunque es bastante improbable su incumplimiento absoluto. En cualquier caso, más allá de tales necesidades deberá haber también bienes y servicios producidos y distribuidos a través de un sistema económico, el orden debe ser mantenido a través de un sistema de gobierno, el dinamismo social debe ser dirigido por un sistema educativo, y los tres sistemas deben coordinarse para el adecuado funcionamiento del sistema social total, de la sociedad en su conjunto, considerando además a todos los subsistemas necesarios, como el laboral o el legal, y a todas las instituciones emanadas de los sistemas y subsistemas, como las empresas, las dependencias de gobierno, las escuelas, los sindicatos, entre otras.

Las instituciones sociales se caracterizan por apegarse a ciertos conjuntos de normas o pautas de comportamiento para guiar sus acciones hacia la satisfacción de determinadas necesidades, siempre en retribución del sistema o subsistema al que pertenezcan y, en última y esencial instancia en retribución de la sociedad. Las instituciones son interdependientes como parte de su subsistema o de su sistema, como los subsistemas y los sistemas son interdependientes dentro del sistema social total.

Tradicionalmente, se han considerado como instituciones a los sistemas sociales, que son el económico, el político y el educativo, considerando, también tradicionalmente, a la religión y a la familia, como instituciones sociales. Sin embargo, bajo estas teorías, y atendiendo a la visión sistémica que se ha estado desarrollando, las mencionadas no son instituciones, sino sistemas; las instituciones deben ser, en cambio, entendidas como la representación social más próxima del sistema ante el individuo, edificándose de tal modo de una manera mucho más tangible, son la unidad mínima en la que se depositan los sistemas y los subsistemas.

En este sentido, diríamos que el sistema educativo tiene como institución principal a la escuela, la institución educativa, pero no es la escuela el sistema educativo, sino la institución a través de la cual el sistema educativo se pone en contacto directo con el individuo, a través de la cual se hace efectivamente presente en la sociedad. Por otra parte, siguiendo con la misma discrepancia con respecto de la visión tradicional, la familia no es aquí tratada de la misma forma en que se ha tratado y la religión es desprovista de todo papel social, restándole así autoridad como institución, como sistema o como cualquier ente derechohabiente de intervención alguna en el funcionamiento del sistema social total.

Familia.

La familia ha sido representada como institución social, pero no lo es, porque ella no representa a ninguno de los sistemas sociales, erróneamente confundidos por mucho tiempo con sus instituciones, sino que es el grupo primario esencial, la unidad primaria o mínima del conjunto social total, y no es así el punto de contacto de ningún sistema con los individuos en sociedad, es en realidad más el depositario ultimado de todos los sistemas sociales, el fundamento primario de la sociedad, su base esencial. Debe entenderse como el grupo social primario esencial porque es este grupo el que asegura los dos requisitos prrincipales para la continuidad de la vida social en el tiempo, la reproducción y la socialización.

El individuo, dicho sea de paso, como abstracción de tal sistema total, no puede ser la unidad mínima de la sociedad, en tanto que en su individualidad se desprende de todo carácter social; es necesaria la socialización del mismo para considerarse ente social, el más simple de todos los que constituyen al ente social total. Tal socialización no puede ser vaga, sino concreta, pues como se ha mencionado anteriormente la formación de simples agregados sociales no aporta a la supervivencia de la sociedad, los grupos sociales son los que hacen una aportación importante, y para su formación se hace necesaria una socialización mejor definida. No puede, entonces, separarse al individuo de su circunstancia, y en ella se incluyen, sin posibilidad de negación, los otros; no podemos prescindir de las circunstancias, se nos imponen desde el nacimiento, debemos elegir y elegirnos dentro de ellas, sin opción.

Convencionalmente, aunque de manera equivocada, se ha concebido a la familia como una institución social, la más importante de todas, y es en realidad, como ya se ha entendido, el grupo social primario esencial. A través de ella, además de asegurarse los requisitos fundamentales para la perduración del ente social total, la sexualidad adquiere un papel social significativo, elevándose así la procreación a un nivel cultural. Este grupo social es el grupo inicial en el que se fundamenta una sociedad, pues es en él donde se da el proceso de socialización primordial, sintetizado en la idea de hogar, que no es más que la consolidación de una domesticidad colectiva por medio de la convivencia cotidiana duradera; el hogar es también el centro de una economía compartida que representa el inicio primero de la economía, el modelo más elemental del sistema económico total.

De esto que en muchos de los casos en los que el individuo no crece en un entorno familiar, o no crece en uno ideal o adecuado, se generen en su persona una serie de actitudes o características que bien podrían considerarse como disfuncionales, en el sentido de que sus procesos de socialización no se dan de la manera socialmente aceptada o apropiada, de la forma más adecuada para la evolución social, incluso llegando a lo asocial o hasta lo antisocial.

Siguiendo con el carácter esencial de la familia, de acuerdo al artículo décimo sexto de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada y proclamada en París por la Asamblea General de las Naciones Unidas, en diciembre de 1948, “la familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado”. En tal sentido no puede ser maltratada, violada, esclavizada, ignorada, desterrada u odiada bajo ninguna condición.

Sin embargo, en tal declaración no se definen realmente las características condicionantes para otorgar el título de “familia” a uno u otro grupo, más allá de señalar que es el “elemento natural y fundamental de la sociedad” y del derecho que tiene a ser protegida, que en todo caso representa una obligación correlativa del Estado de protegerla. Podrían aquí considerarse, de la misma forma en que se aclara en el pasado escrito sobre Determinismo Sexual, en su tercera sección y en lo referente a la jurisprudencia ahí analizada, los puntos siguientes:

  1. Que en la ley mexicana, como en tal declaración, no se alude ni se requiere un tipo específico de familia, con base en el cual pueda afirmarse que ésta se constituye exclusivamente por el matrimonio entre una mujer y un hombre, o por una fórmula única o específica.
  2. Que cualquier ley estatal mexicana que considere como la finalidad de la familia a la procreación, o que la defina por la unión entre un hombre y una mujer, es inconstitucional.
  3. Que la definición legal del matrimonio que considere a la procreación como su finalidad vulnera el principio de no discriminación.

Como también se explica en el mencionado escrito, estos puntos, en conjunto, obedecen al carácter democrático que presume el Estado mexicano, haciéndose lógicamente necesario el respeto a la pluralidad, de tal manera que considerar a la procreación como la finalidad de la familia, equivaldría a la imposición de un obstáculo para la protección de la familia en todas sus manifestaciones, generando con ello, por ejemplo, discriminación con respecto de la orientación sexual de los individuos, o incluso a parejas heterosexuales que no quisieran tener hijos o que prefirieran o tuvieran que adoptar en lugar de procrear los propios.

El matrimonio, considerado como el origen o el punto de partida para la construcción de la familia, no es siquiera, sin embargo, indispensable para la formación de tal ente social, como muchos pudieran malinterpretar. Los lazos familiares pueden constituirse por medio de vínculos de afinidad, conformados a través del reconocimiento social, precisamente como en el caso del matrimonio; o por vínculos de consanguinidad, como en el caso de padres e hijos. Una familia puede también constituirse, a través de vínculos de afinidad, por personas sin un lazo familiar formal o consanguíneo, sin parentesco alguno, que viviendo juntas en un mismo espacio por un tiempo considerable, desarrollan entre sí sentimientos de convivencia, solidaridad, entre otros. Esto último, por ejemplo, en el caso de amigos compartiendo un departamento o en el caso de relaciones de unión libre en las que no existe el matrimonio; los lazos, en tales casos, son puramente afectivos, más que legales o sanguíneos, no obstante válidos y legítimos.

La mera consanguinidad, además, no garantiza el establecimiento automático de los lazos solidarios con los que se suele caracterizar a la familia, siguiendo con la misma línea de desprestigio sobre la visión conservadora de la mencionada figura. Si los lazos familiares fueran equivalentes a los lazos consanguíneos un niño adoptado nunca podría establecer una relación fuerte con sus padres adoptivos, pues sus “instintos familiares”, aludiendo a la supuesta “familia natural” defendida por los conservadores, le llevarían a rechazarlos y a buscar la protección de los padres biológicos. En muchos de estos casos, por el contrario, sí se forman lazos afectivos entre los padres adoptivos y el hijo putativo, e incluso hay casos en los que se genera un cierto rechazo hacia los padres biológicos.

De tal manera, los lazos familiares deben ser entendidos como el resultado de un proceso de interacción entre una persona y los individuos a los que reconoce como familia, y dentro del contexto específico de la sociedad de que se trate; para la constitución de una comunidad no deben compartirse, necesariamente, determinadas tradiciones y principios, sino actos y hechos. Si bien, la visión conservadora ha reducido a la familia a un fenómeno puramente biológico con el estancamiento del término entre los límites de la procreación, es en realidad un fenómeno que trasciende tales fronteras, es en realidad una construcción cultural, en adaptación, sin solución de continuidad, de acuerdo a las necesidades sociales y las visiones sociales predominantes, en la situación social de un espacio y un tiempo dados.

La familia, no como institución social, que no es, sino meramente como el grupo social primario esencial, se construye continuamente por la sociedad, es absurdo negarse a su dinamismo, que no puede ni debe parar conforme al propio dinamismo social general. Tenemos, por ejemplo, que en la administración del hogar comienza la economía, comprobándose incluso desde la propia etimología de la misma; la familia, partiendo de ello, es la unidad básica del sistema económico, su modelo original, y siendo tal sistema el más importante o el preponderante de los tres sistemas sociales, es innegable el papel esencial que juega la figura de la familia como grupo social primario, aunque no llegando a ser una institución social.

Por otra parte, en la concepción tradicional del ente aquí analizado, existen también ciertas falacias o fallas que es necesario señalar, para tumbar del pedestal a su rigurosa defensa dotada de inmensa terquedad. El apego a los roles tradicionales y a sus correspondientes perspectivas ha traído ya bastantes conflictos para la sociedad actual, que se han vuelto difíciles de resolver con el nuevo cambio de ideas, sobre todo con el determinismo sexual que caracteriza a nuestra era.

Tradicionalmente, de acuerdo a tales roles y a la fórmula conservadora de hombre y mujer en matrimonio, el hombre tiende a ver el hogar como lugar de descanso y la mujer como lugar de trabajo, lo que llega a generar conflictos en la relación, reforzado esto además con el apego exagerado a tales roles, envolviéndose psicológicamente el individuo en la falsa idea de que transgredir dichos moldes significaría perder su esencia como mujer o como hombre, reducir la importancia del papel que se le ha asignado. El papel se interioriza hasta convertirse en una especie de cárcel personal, hasta sacrificar la propia libertad por el mantenimiento del personaje.

Otro elemento a considerar con respecto de esta visión estancada, es el hecho de que el rol tradicional de la figura paterna reduce al hombre, en muchos casos, a una mera función de proveeduría, que si bien es cierto que tal función se adquiere como responsabilidad desde la constitución consciente del hogar, no es tampoco exclusiva del hombre o, en determinados momentos, ni siquiera exclusiva de los padres (padres y madres). La creencia de que la ejecución de tal función correspondía exclusivamente al hombre como padre de familia y cabeza del hogar, ha ocasionado, como consecuencia lógica, que como el único depositario de tal responsabilidad, su tiempo y sus esfuerzos se vieran invadidos por el mercado laboral, mutilando poco a poco su papel como padre, en su sentido total, reduciendo sus capacidades en el sentido afectivo y social. No puede ser así el padre de familia solamente la cabeza del hogar; podía ser cabeza del hogar, desde el tradicionalismo, solamente entendiéndose ello en el aspecto económico.

Para esto, también debe considerarse el hecho de que, encima de tal reducción del hombre como padre, el ama de casa ha sido la encargada, en una gran cantidad de casos, de la administración del hogar, incluyendo en ella a la administración financiera, organizando el ingreso ganado por el hombre de familia. Es así, que en lo falaz del determinismo sexual, muchos patriarcados son matriarcados haciéndose la víctima, en medio de la guerra absurda por la conquista de los distintos escenarios sociales entre hombres y mujeres que ha ganado fuerza últimamente con tanta absurdidad. Por el otro lado, también en gran cantidad de casos, se ha observado un control financiero riguroso del hombre con respecto de las ganacias generadas por él y a veces también por la mujer, con tintes que bien podrían calificarse de machistas, objetivamente; esto como otro cariz del determinismo sexual.

La influencia femenina, de cualquier manera, y sin lugar a dudas, es decisiva, pues todo inicia por la madre, que es también la hermana, y que después será la gran abuela, en toda familia. Pero esta influencia femenina no puede ser independiente, sino necesariamente complementaria de la influencia masculina, que es también decisiva, sin lugar a dudas. Ello sin considerar que la formación del hogar, como se ha visto anteriormente, no tiene que ser por requisito a través de la unión entre hombres y mujeres, pudiendo ser una unión de carácter homosexual. 

Hablando del caso concreto de la constitución familiar por medio de uniones entre personas homosexuales, y como paréntesis que cabe ser mencionado sobre el tema, el matrimonio debería serles otorgado sin modificación alguna de la naturaleza del término, pues además de ser un derecho establecido en ley, es un derecho del que depende otra serie importante de derechos que no se pueden negar por orientación sexual, pues de ser así se estarían vulnerando sus derechos bajo una clara violación del principio de no discriminación que se presume rector de las disposiciones legales.

Además, si tomamos en cuenta a la torcida naturaleza humana, sabremos que toda relación es susceptible de distorsión, por lo que el matrimonio, más allá de los prejuicios individuales que se puedan tener, es necesario en tanto contrato social y la ley debe abrir el paso para el aseguramiento de una relación cordial entre las partes, sea cual sea su género o la forma en la que ejercen su sexualidad. Para algunos de estos puntos es conveniente revisar lo tratado sobre determinismo sexual, en el enlace que más arriba se ha colocado con relación a ello.

Por otro lado, el retrato familiar, en general, pregona una realidad que no coincide del todo con la que se vive entre las paredes del hogar, el culto hacia la forma por encima del fondo generado también por el apego obsesivo con la formación del hogar ideal, diseñado por la visión conservadora como el fundado por hombre y mujer bajo roles rigurosamente establecidos, ha derivado también en esa discordancia entre la imagen y la realidad, la necesidad de transmitir lo que haga falta para entrar en la norma, muy a pesar de que en el fondo todo se esté derrumbando. Esto no sólo se queda en el terreno de lo social, llega a afectar hasta los rincones más profundos de los individuos involucrados, y una familia que pretende lo que no es por el absurdo objetivo de parecer estar bien ocasiona a la larga una tremenda disfunción social, lo que no pasa con una familia que no entra dentro de los moldes tradicionales, pero que parece lo que efectivamente es, y lo que es no es una estructura decadente o arruinada.

Sistema Educativo.

El sistema ha de entenderse como un conjunto de elementos relacionados entre sí, el fin de este sistema específico es educar de una manera uniforme a los individuos; sus principales instituciones son las escuelas o colegios, con su propio conjunto de normas. El sistema educativo posee unas finalidades y una organización y estructura propias para diseñar y desarrollar sus propios programas, abarcando un amplio número de medios para influir en la sociedad.

Este sistema puede adoptar distintas formas de organización dependiendo del país determinado en el que emerja, dividiéndose en distintos niveles de acuerdo al avance logrado por el individuo. Generalmente, tales niveles están determinados por actos legislativos o ejecutivos en cada país, en menor o mayor detalle; los más comunes o básicos son: educación preescolar, primaria, secundaria, y educación superior.

Los ciclos de estudio, establecidos como obligatorios en la mayoría de los países del mundo como parte del sistema formal de educación, corresponden a edades o rangos de edades específicos dependiendo del avance en el proceso de aprendizaje pretendido. En los primeros niveles se instruye sobre el proceso de comunicación a través del juego y la interacción apropiada entre los individuos, con ayuda de materiales adecuados para la realización de actividades con el objetivo de orientar al educando en la comprensión y el uso de diversos lenguajes: matemáticas, ciencias, idiomas, cómputo, artes, conducta social o educación cívica, entre otros.

El fin primordial de este sistema debe tender hacia el aseguramiento de la correcta alfabetización de la población sobre la que opera, proporcionando a todos los alumnos una formación común que posibilite el desarrollo de capacidades individuales motrices, de equilibrio personal, de relación interpersonal y de actuación social, por medio de la adquisición de conocimientos y el entendimiento de conceptos culturales importantes dentro del contexto social en el que se lleva a cabo. Es elemental la estructuración de este sistema en las disposiciones legales, que permita un cierto grado de estandarización en cuanto a los programas educativos, los métodos empleados, los procesos seguidos, etcétera; en un ambiente de autonomía total de las instituciones educativas, se caería inevitablemente en un territorio de organización esencialmente anárquica, que no puede darse en términos aceptables en una sociedad incapaz de controlarse sin medios de control externos y objetivos, como las leyes o la oligarquía sistémica.

Tomando una posición mucho más idealista, lo más deseable sería una personalización absoluta de los planes educativos con una consideración total y objetiva de la circunstancia de cada individuo, en búsqueda de una adaptación práctica a sus propios intereses, a sus habilidades más fuertes y a sus propios ritmos de aprendizaje, así como a los métodos que más se acomoden a su manera de aprender. Esto es, sin embargo, una tarea imposible y tendría, además, que resultar en un sistema bastante costoso, fuera de todo presupuesto nacional. Si bien hemos ya aceptado que la igualdad no puede ni debe existir en ningún ámbito (conveniente revisar para ello el escrito sobre el Sistema Político en el Ente Social), no debe verse a la estandarización señalada como una contradicción a tal supuesto, porque los fines de tal estandarización no consisten en la obtención de la igualdad entre los individuos en cuanto al ámbito educativo, sino al logro de un cierto equilibrio entre las desigualdades; si se intentara la personalización extrema del sistema en cuestión no habría dicho equilibrio, sino el reino de la desigualdad con la contraproducente exaltación de la diferencia.

Como en todos los sistemas o subsistemas sociales, exceptuando al económico, en el caso del sistema educativo no pueden ni deben entrar todos los individuos sin discriminación alguna, debido a diversos factores, como la capacidad infraestructural o la limitación de los recursos disponibles, entre otros. Existen, debido a ello, una serie de filtros que permiten la selección de aquellas personas en condiciones de introducción a este sistema, desde el requerimiento de una cierta edad cumplida para cada nivel específico hasta mecanismos de selección de postulantes basados en el rendimiento escolar previo a cada nivel por medio de exámenes de admisión. Según el país tales mecanismos pueden corresponder al ámbito estatal, local o universitario.

A esto debe sumarse el hecho de que la educación es tal vez el sistema social más descuidado, su objetivo es a menudo confundido entre el ilustramiento y el adoctrinamiento, enjaulándose en una eterna discusión entre ambos enfoques, cuando lo que habría que hacer es buscar allende tales paredes, que en lugar del sano planteamiento de las dudas, juegan entre respuestas conformistas y soluciones enlatadas. Aquí es donde yace el otro lado de la estandarización, las desventajas del cumplimiento de los estándares del sistema educativo dentro de las instituciones educativas, pues ello puede degenerar en una coerción de su autonomía, viéndose en la necesidad impuesta de cubrir los programas curriculares aun debiendo sacrificar para ello los alcances del conocimiento, poniéndole trabas al deseable descubrimiento del alumno en manos del maestro.

Si bien el sistema educativo es efectivamente un sistema, la educación, como elemento fundamental del avance evolutivo de la sociedad, no puede aferrarse a una limitada visión sistémica, pues es claro que en esa perspectiva da como resultado una mala clasificación entre los costos y las inversiones en materia educativa. Es cierto que la complejidad social hace imposible el concebir un sistema perfecto que funcione en su totalidad y que produzca los efectos deseados todo el tiempo, pero las restricciones del sistema educativo han violado ya las fronteras de lo debidamente aceptable al hablar de algo tan importante como la educación en cualquier sociedad, desapoderando a alumnos y a profesores entre costumbres sistémicas que ya parecen evolucionar a una velocidad insuficiente con respecto del individuo y los grupos sociales actuales.

Como se ha entendido ya que la igualdad no existe, podemos concluir perfectamente que la capacidad de comprensión entre los individuos no puede ni tiene que ser universal, aunque la estandarización de este sistema en particular, echada encima de las instituciones educativas como una carga pesada, siga con la necia postura de hacerlos encajar a todos en los mismos moldes. No se quiere decir con esto que la educación deba tender hacia la personalización extrema de sus programas, pues sería también imposible adaptarlos a cada individuo en particular como ya se dijo, pero hay todavía un amplio campo de libertad al que no se ha dejado pasar, la autonomía de las universidades parece ser ahorcada por todos estos sucesos, y ello no debería ser si dicha autonomía representa el impulso potencial del individuo más allá de los patrones en que se le quiere hacer encajar.

Esto también debe pensarse a favor de una mayor diversidad del conocimiento, por supuesto enriquecedora, todo ello muy a pesar de que sea imposible que programa educativo alguno disuelva eficazmente las diferencias culturales, como se pretende hacer con la moda de la inclusión que invade todos los ámbitos en la actualidad. Las diferencias culturales son naturales y están ahí aunque se quieran evadir por temor a la ofensa ajena o a la violación de susceptibilidades que no tienen razón de ser, porque la existencia de las diferencias, además de ser evidente, no representa en sí misma una diferencia de calidad, sino de cualidad. Es necesario y enriquecedor entender y asimilar las diferencias de hecho existentes entre los diferentes grupos sociales, para entender el valor del propio frente a los ajenos, que no es más ni menos, sino diferente en cuanto a aciertos y desaciertos. No se puede así eliminar la diferencia cultural, es un error inclinarse hacia la consecución de tal fin, pues es imposible y estúpido.

A fin de cuentas, como en todo sistema, la gran falla de este que se trata ahora es el individuo, el gran problema de la educación es que muchos maestros no llenan su escritorio y muchos alumnos no salen de las cuatro paredes del salón, lo que ya se había dispuesto antes en este perfil sobre educación. Ha de tenerse claro que el sistema educativo, como todos los otros, requiere de un tiempo considerable y de esfuerzos pocas veces implementados para evolucionar estructuralmente, y si el sujeto involucrado lo entiende ha de entender también que, si se quiere progresar más allá de las limitaciones impuestas, debe salir de ellas por sus propios medios. La propia crianza le corresponde a uno mismo, entonces, debiendo uno cultivarse bajo estricto control, con medios definidos y hacia fines determinados, recopilando conocimientos para el desarrollo de su propio juicio crítico y bajo el régimen de la objetividad. Comprendiendo que el ser humano no es un ser lógico, se sabrá de cierto que a la lógica no acceden todos, que el sistema educativo no es garantía infalible del desarrollo mental, para a partir de ello avanzar.

En otras parcelas del mismo terreno, la educación se encuentra indirectamente al servicio del sistema económico, y con ello de la propia sociedad, con la producción de profesionistas que se integran posteriormente al mercado laboral o al sistema laboral, el subsistema fundamental de la economía. Esta capacitación continuada por un determinado número de años tiene por objeto la incorporación de los individuos en el mercado laboral. En este sentido, el fin último consiste en el desarrollo de habilidades y aptitudes individuales que deriven en un buen desenvolvimiento laboral; el trabajo es así una forma de retribución entre el individuo y la sociedad. Por esto, durante esta preparación se fomenta la formación de la personalidad integral del alumno, con especial atención en los aspectos relacionados con el desempeño de éste en su papel como ciudadano, su papel de individuo entre individuos. 

El título académico, de cualquier forma, no define realmente al individuo, pues lo que hace de éste el sistema educativo es deformado o, en sistemas educativos fracasados, las más de las veces, formado de cero por el mercado laboral. Este subsistema del sistema económico se apodera de los frutos del educativo, y al trascender tal frontera el amor de la sabiduría se apaga o se transforma a favor de la generación de ganancias, derivando con ello en un campo de trabajo donde se confunden o se mezclan los alcances de las diversas disciplinas; la división entre ellas se vuelve difusa y a menudo las actividades laborales traspasan los límites de la preparación académica. La educación, partiendo de esto, se ha visto reducida, en buena parte de las sociedades actuales a un proceso burocrático, a un trámite de duración prolongada, a un requisito meramente administrativo.

Sistema Político.

Viendo al Estado como la estructura de poder constituida sobre un territorio determinado y gobernando a la población comprendida dentro de tal territorio, se pueden identificar tres componentes básicos como características esenciales del sistema político, a saber: el poder, cuya máxima expresión en la esfera política se encuentra depositada en la soberanía de los pueblos, su capacidad para autodeterminarse en interdependencia con los otros; el territorio, como el espacio físico en donde es ejercido el poder del Estado, y que debe delimitarse claramente con respecto de los Estados externos; y la población, referida al conjunto de los habitantes de dicho territorio.

Los tres elementos del Estado aquí considerados actúan, como en el caso de los demás sistemas, como parte del funcionamiento sistémico de la política, a través de un conjunto de instituciones que se distribuyen en la nación para distribuir, a su vez, la autoridad gubernamental de manera efectiva por medio de la delegación de facultades. El sistema político es el sistema social con el mayor número de instituciones y con el nivel más complejo de organización y distribución, por la gran cantidad de instituciones que emanan de él. Es así que como parte de su despliegue institucional se pueden ver fuerzas armadas, tribunales, cuerpos policiales, diversas dependencias de gobierno, el congreso, entre otros.

Esto se debe, en parte, a la división del poder dentro de la estructura, normalmente dividido en un nivel ejecutivo, uno legislativo y uno judicial; a cada uno de ellos han de corresponder distintas facultades, para lo que se hace necesario que cada uno cuente con instituciones sociales que permitan su adecuado funcionamiento en el cumplimiento de las tareas que se le asignan. Por otro lado, ya que el sistema político es el encargado esencial, de los tres sistemas sociales principales, de llevar un control del ente social total mediante la regulación adecuada del funcionamiento interdependiente de todos los sistemas y subsistemas, sus instituciones deben también crearse no sólo en tanto la división de poderes, sino también en tanto que existen diversos ámbitos en la sociedad que se gobierna que deben atenderse, tanto en el aspecto económico como educativo, así como en el ámbito laboral, en el aspecto legal, etcétera.

Adicionalmente algunas cuestiones a señalarse se encuentran entre los elementos ya descritos. Si se acepta que el Estado, como estructura fundamental del sistema político, debe contar con los componentes tratados (poder, territorio y población), también se acepta entonces el hecho de que son tres los elementos constituyentes de la estructura: el elemento humano, respectivo de la población; el elemento espacial, respectivo del territorio; el elemento gubernamental, respectivo del poder. Se hablará ahora de cada uno de estos elementos en el orden en que han sido enlistados.

En cuanto a la población, es imperativo, de la misma forma en que la soberanía es tema inevitable en relación con el poder, hablar de la idea de nación, pudiendo entender con ello a la comunidad humana que se conforma entre la población de un cierto territorio como consecuencia del establecimiento de elementos culturales en común: costumbres, tradiciones, historia, rasgos culturales, lengua, etnia. El elemento esencial de la población es el ser humano, la unión de los seres humanos unidos a través de vínculos materiales y espirituales es lo que construye la idea de nación, el sentimiento de pertenencia ante la misma es lo que se llama nacionalismo, y va mucho más allá de la nacionalidad del individuo.

El territorio habitado por la población bajo el mando del Estado debe contar con el elemento espacial, lo que quiere decir que debe estar enmarcado geográficamente dentro de fronteras o límites bien definidos, comprendiendo tanto zonas terrestres como marítimas e incluso aéreas. Empero, existen espacios situados fuera de las fronteras nacionales, que legalmente forman parte del territorio del Estado, como serían los aviones o barcos del país que se encuentren en algún otro territorio. El territorio no es, por tanto, un espacio estático ni concreto en sentido estricto, por el hecho de que no es estrictamente necesario que se comprenda como parte de sí sólo lo que está dentro de sí, pues además de lo que se menciona sobre espacios situados en el extranjero considerados aún como nacionales en vista de ley, también habrá ocasiones en que las disposiciones legales del territorio nacional apliquen en territorio extranjero, o en que las disposiciones legales de algún territorio extranjero apliquen en territorio nacional, dependiendo del caso, lo que evidentemente atañería al derecho internacional privado.

En relación con el poder se tiene que hablar en todo momento sobre la soberanía, que si bien representa la máxima expresión de poder de un determinado pueblo, no es tampoco del todo como se ha querido mostrar en la teoría tradicional, y dista mucho de los poderes efectivamente ejercidos por la élite política dentro de una u otra nación para con la misma población sobre la que actúan y no hablando de una nación frente a las otras; esto se retomará más adelante. El elemento gubernamental, constituyente del poder como componente del Estado, no puede darse si no se cumple como condición esencial la existencia del elemento humano y del elemento espacial, y es el elemento más importante del sistema político, lo que lleva también a la conclusión de que el poder es el componente principal del Estado.

El elemento humano es necesario por la obvia razón de que no puede establecerse ningún sistema de gobierno si no hay individuos para gobernar ni para ser gobernados, el ser humano es el elemento más simple de todo sistema y, por lo tanto, sin el individuo no es posible la conformación de ninguno. El elemento espacial es necesario porque sin un espacio debidamente delimitado en el que los seres humanos se asienten por un periodo más o menos prolongado, que permita una construcción histórica de ciertos vínculos, no se forma nación alguna. Más allá de esto, no se hacen necesarios ninguno de los elementos mencionados, por lo que debe rechazarse la consideración de que se requiere también el reconocimiento de los individuos gobernados hacia los gobernantes para que el gobierno exista y para que éste regule las relaciones sociales. El Estado necesita sí de seres humanos y de un territorio en el que habiten, pero no necesita ser reconocido por la totalidad de la población para ejercer el poder político a través de la legislación, la administración pública y la resolución de conflictos jurídicos al interior de la sociedad en la que impera.

Por otra parte, debido a la complejidad del sistema político y las necesidades sistémicas que se originan de sus funciones, el gobierno nunca puede ser ni monárquico ni republicano ni autoritario o totalitario en términos absolutos. Para su debido funcionamiento un solo individuo nunca podrá ser el despositario único de las funciones del Estado, todo gobierno es de naturaleza oligárquica por ese mismo hecho de que no puede ser controlado por una sola persona, sino que siempre está detrás un grupúsculo con poder e influencia sobre los distintos sectores sociales, ya sea en un nivel de subordinación o en una dirección jerárquica horizontal para con el titular del ejecutivo.

Esto quiere decir que no existe ni puede existir la monarquía, porque el jefe del Estado es siempre respaldado por algún grupo minoritario que apoya en sus decisiones e incluso llega a aportar en la toma de decisiones, de manera formal o arbitraria. La existencia de este grupúsculo, el grupo de poder que se forma en toda sociedad, no significa, sin embargo, que el gobierno se asuma realmente como una república, figura que supone que el poder de tal grupúsculo se le es otorgado por el pueblo o la propia nación a través de las elecciones, o a través de los supuestos representantes del pueblo en el parlamento o congreso; estas suposiciones son falsas.

Mientras tanto, puede también rechazarse la idea del totalitarismo o el autoritarismo, porque ningún gobierno, aunque tenga la firme intención de privilegiar los intereses estatales por encima de los derechos humanos de la población, puede efectivamente cumplir con dichos objetivos. Si se entiende ya la visión sistémica de la sociedad, y además se tiene presente que el grupúsculo del sistema político es también parte de la propia sociedad, no existiendo como un ente externo o ajeno a ella, se tiene que aceptar que de una u otra forma las acciones de este grupo afectan también inevitablemente a los demás grupos sociales. Con las decisiones enfocadas a la exaltación de intereses puramente estatales algunos saldrán beneficiados y otros no, pero es imposible que sólo los intereses estatales se cumplan, que sólo el sistema político se beneficie o se perjudique, ya que es un elemento más en interdependencia con los otros dentro del ente social total, aun si no se quisiera de esa forma.

Es cierto que el Estado debería aspirar al beneficio de todos y de cada uno de los miembros del conjunto social en el que funciona, debería aspirar a ese bien común como su fin esencial, pero en la realidad, en la mayoría de los casos, tampoco es así. El Estado cuenta para ello con la soberanía, por lo que se gobierna a sí mismo y se conduce en sus relaciones exteriores sin estar subordinado a otro Estado o autoridad externa, en situación de autonomía e independencia frente a los otros Estados. La soberanía, expresada en la capacidad del Estado para resolver sus propios asuntos, tanto internos como externos, puede presentarse a plenitud cuando el Estado cuenta con todo el poder para la determinación de su forma de gobierno, la formulación de sus leyes y el ejercicio de su poder judicial; o puede presentarse en forma mutilada cuando el Estado está sometido a otro, como en el caso de Puerto Rico a Estados Unidos, Islas Bermudas a Reino Unido, Guayana Francesa a Francia.

Pasando hacia otros términos, si el sistema educativo es el más descuidado, el político tiene que asumirse como el más corrompido por la naturaleza humana. La política se ha asentado poco a poco, a través de la historia, en un gran juego de ajedrez con tintes teatreros, en el que el pueblo no pasa de ser un simple peón utilizado por los trebejos más grandes. En la política mexicana tres son los subsistemas primordiales del sistema político: el partidista, el electoral y el legal, éste último siendo el más importante, y tal vez el único realmente válido y funcional en los sistemas políticos actuales. A continuación las consideraciones a observar sobre cada uno de ellos.

Los clivajes partidistas conforman una discusión que ya debería ser superada por la crítica política, pues es claro que la corrupción está presente en el interior de cada uno de ellos, sin excepción. La ideología política mexicana murió hace ya tiempo en un socavón del subsistema partidista nacional, hasta el punto de considerarse el apartidismo como una postura inevitable, como el punto de vista más sensato u objetivo. Estos clivajes partidistas han ido degenerando en fanatismos absurdos, casi religiosos, en medio de una guerra sucia en la que todos los partidos juegan su papel.

Es así que en la política actual ha de superarse ya la indecisión entre supuestas rutas, izquierdas o derechas, entre un partido y otro, pues está claro que los temas de la actualidad trascienden dichas limitaciones. La clase política es una sola disociada en distintos partidos, pero asociados ellos a través de pactos, algunos explícitos y otros por debajo del tablero, en los que sólo entra la clase política y no el vulgo. El discurso político se ha convertido, de esta manera, es un solo discurso en el que se funden todas las ideologías, a favor de una posición oportunista, en aras del pragmatismo circunstancial. Por estas razones es que el subsistema partidista se reduce, en muchos de los casos, a una simple clasificación práctica que ya ni siquiera parece contar con criterios válidos para la división entre los distintos partidos políticos.

La muerte de la ideología también vierte sus dominios sobre el subsistema electoral, sobre los intereses del propio electorado, un electorado que también bajo una filosofía puramente pragmática ha contaminado sus propios intereses. El voto siempre representa, de una u otra manera, una decisión equivocada, pues el costo del voto supera la mayor parte de las veces a los beneficios obtenidos. Entre los candidatos circula una politiquería de proliferación epidémica, convirtiendo al voto casi en picadura venenosa, como si los pulgares morados después del ejercicio del sufragio fueran, más allá de la huella de un poder ejercido por el ciudadano, la picadura venenosa de la política.

El voto, a final de cuentas, no es lo que mueve a los reyes entre los escaques, ni alfiles ni caballos ni torres, los ciudadanos no eligen a sus representantes. En este sentido, el subsistema electoral se ha reducido, básicamente, a un sistema dosificador de poder, de ilusión de poder, en el que el voto, como la representación más álgida de esa ilusión, se distribuye a gotas para la sociedad civil, a la que se le vende como poder auténtico bajo una publicidad bastante engañosa. El programa electoral es, de esta suerte, sólo un paquete de promesas, en el que la mayor parte de ellas no progresa de simple palabrería.

En esta suerte, el conjunto de las disposiciones legales conforma el subsistema político más importante de cualquier nación y, por lo que se observa con respecto de los otros dos, tal vez el subsistema político con mayor validez, en tanto que emana de él la forma y las pautas para el control regulatorio de la sociedad en que se apoya. En México, sin embargo, el subsistema legal, a pesar de ser uno de los mejores a nivel internacional, por la suficiencia de leyes sobre casi cualquier materia y la claridad con la que se establecen los preceptos, parece quedarse en letra muerta, pues en los terrenos de la realidad la obligatoriedad y la universalidad de las leyes parece no respetarse como es debido, los individuos en muchos casos las aplican conforme a su voluntad o no las aplican siquiera, muchas veces por ignorancia o desconocimiento.

Se tiene, por ejemplo, la conocida práctica de los “pagos facilitadores”, casi como parte esencial de los presupuestos, a pesar de especificaciones legales, conformándose como leyes no escritas del mundo empresarial mexicano, pagos que se utilizan para evadir o agilizar trámites, dependiendo de la cantidad cedida: entre más pagos facilitadores, menos trámites. Aunque la teoría y la práctica se confundan, las leyes no tienen la culpa de su aplicación errónea o de su inaplicación, esto es lo que las condena a la muerte, y pareciera que las leyes mexicanas nacen para morirse casi desde el momento de su publicación. Por ejemplo, como ya se vio acerca de la Víctima en México, las leyes en la materia parecen ser solamente poemas dedicados a las víctimas, como hermosas odas al sufrimiento y al dolor, pero nada más.

Las instituciones principales correspondientes a cada uno de los subsistemas comentados serían entonces: el partido político, con todas las secretarías que lo constituyan; la campaña electoral, con todos los comités establecidos; y el Congreso de la Unión, dividido en la Cámara de Senadores y la de Diputados. Aparte de las mencionadas, la instituciones sociales pertenecientes directamente al sistema político general son también las instituciones del poder judicial y las diferentes secretarías o dependencias de gobierno en funcionamiento, que también encuentran entre sus facultades una relación con los subsistemas políticos, como en el caso en México del Instituto Nacional Electoral.

El fin de las ideologías es el punto central sobre el que gira la nueva configuración del sistema político nacional. El debate entre la izquierda y la derecha ha perdido ya toda vigencia, pues las características de una y otra han perdido toda exclusividad con respecto al lado al que antes pudieron haberse asociado. La izquierda mexicana ha pasado de ser, hace bastante tiempo, una auténtica oposición, a formar parte de la inmensa horda de falsos ídolos de la época, que elevan al parecer por encima del ser. En la actualidad el hecho de limitarse o de aferrarse a un extremo o a alguno de los lados del tablero representa una clara subestimación de la complejidad real del juego. Los hemisferios han dejado de importar frente a la coordinación entre los bandos, ora de forma abiertamente pública, ora de forma secreta u oculta, pues entre supuestas izquierdas y derechas todos hacen y deshacen a su antojo.

Ni en el socialismo ni en el capitalismo, pues, está asegurado el progreso social, ya que el gobierno, de cualquier tipo, en tanto formado por individuos, no puede merecer jamás la confianza plena en cuanto a su efectividad, entendiendo lo mencionado ya en varias ocasiones en este perfil: el ser humano es la causa original de toda falla sistémica. De cualquier manera, más allá de pretendidas izquierdas o derechas, no es mala ninguna de las posiciones por sí solas, sino en la medida en que tal o cual posición es en realidad una posición incongruente o hipócrita con respecto de los hechos. Es evidente que los extremos han fallado ante el necesario control de la sociedad, por lo que debe considerarse caducado cualquier mapa que pretenda colocarlos dentro de sí dotándolos de vigencia.

Como ni la izquierda ni la derecha ni los liberales ni los conservadores ni los capitalistas ni los comunistas han triunfado en la presunción de la supuesta verdad absoluta, la justicia en la doctrina política de hoy en día debe buscarse entre los movimientos de tercera vía, no dentro de los radicalismos ideológicos, sino entre ellos; inveterarse no debe la política en el pensamiento clásico, sino adaptarse a la situación específica de la sociedad concreta de la nación determinada.

Al margen de las ideologías políticas, ha surgido entonces el populismo, en busca de la vehemente atracción de las clases populares, con soluciones simples y poco fundadas; si ya no es posible la adopción de una ideología exclusiva en un mercado electoral cada vez más difícil de segmentar, ahora se busca atraer a la máxima cantidad posible de tal mercado sin importar los medios requeridos. En ciertas circunstancias, ahora, todos los políticos, y sobre todo aquellos que se encuentran en calidad de candidatos para uno u otro puesto dentro del sistema, se adhieren al populismo, defendiendo con tal comportamiento político los intereses de las clases populares, aunque no pasando casi siempre de la mera demagogia.

El diálogo en México, partiendo de ello, se ha convertido en un disfraz políticamente correcto para la inacción y la falta de autoridad, reduciendo la actividad del político a una función casi puramente ornamental, enfocada en el adorno de sus discursos, sin pasar nunca de esto; la acción política ha derivado así en una dilución de la evolución social en diálogos y papel, en negocios y billetes, como meros tratamientos homeopáticos que no resuelven nada, pero que cuestan demasiado. El discurso demagógico se ha arraigado ya como una realidad vital para el candidato político, aun siendo ni tan real ni tan vital, pues lo que a menudo contienen los discursos se basa en oportunas mentiras, dispuestas bajo una perspectiva utilitaria, que además no es tampoco imprescindible, pues hablan mucho mejor los actos o hechos, en términos de resultados, pero eso es difícil de apreciar.

En el espectro político, las voces tienden cada vez más, en suma, a la calificación del adversario con una definición precaria del propio orador, acercándose más a una guerra absurda e infantil, en lugar de a una clara disposición de las posturas de interés público. Esta demagogia imperante termina por no proponer nada concreto ni defender causa alguna con determinación, el líder pregona el cumplimiento de la voluntad del pueblo, pero es él mismo quien la define y quien decide sobre sus deseos, implementando un control basado en la promesa de falsos beneficios. 

La política, frente al pueblo, es así, en esencia, simulación, casi en su totalidad, una suerte de escenario teatral en el que las ideologías representan escenas en mutación permanente; podemos observar que el acto político tiende cada vez más hacia la espectacularización, reduciendo al candidato y, a la vez, elevándolo a través de los medios como el actor principal de una puesta en escena. La muerte de la ideología y la agonía del partido político derivada de aquélla constituyen los fundamentos históricos del auge del candidato político, que ahora toma mucha mayor importancia por encima de su partido o de la ideología que pregone su partido, llegando así al punto en que los periodos electorales se han vuelto una competencia entre individuos casi absolutamente abstraidos de sus afiliaciones políticas, derivando casi en una simple competencia de telegenia; la comunicación política toma más fuerza en cuanto a la forma del mensaje, y el contenido se pierde.

Debido a lo anterior es que la realidad política, ante los ojos del pueblo, no puede trascender la mera percepción, como si el pueblo fuera quien viviera encerrado en la caverna de Platón y sólo viera del sistema político apenas algunas sombras. Si bien el escrutinio público exige del político un comportamiento ético muy por encima de lo que habitualmente se exige de cualquier ciudadano común, el político sólo pisa y recorre las calles cuando quiere figurar como uno más entre las masas, pero no se enfrenta jamás a sus rincones oscuros ni las camina descalzo, de tal forma que nunca comprende ni puede juzgar adecuadamente lo que el pueblo realmente necesita.

Ello, no obstante, sería además imposible, porque las masas no pueden incorporarse a la política, ya que sería imposible reunirlos a todos en tal sistema para la toma de decisiones, lo que acabaría por empeorar la situación en lugar de resolverla con supuesta inclusión, una de las falacias de la época. Así como el ser humano es, por naturaleza, falible, el sistema político, como los otros, también lo es por naturaleza; habrá que entender, con ello, que la imposible incorporación de las masas en el sistema político y la imposible representación política más allá de la ilusión de una democracia, siempre utópica, concluyen en la imposibilidad, también, de satisfacer las ingenuas esperanzas del pueblo, al menos en su totalidad y en todo momento. Sobre esto y otros temas relacionados con este sistema en particular, conviene observar lo dispuesto en Sistema Político en el Ente Social.

En este ambiente, la democracia no es más que un mito muy bien contado que a veces resulta creíble, pero que nunca es, pues el poder nunca está verdaderamente en el pueblo, sino en manos del gobierno en turno. No hay gobierno democrático ni país que lo consiga del todo, porque ni siquiera es posible, el pueblo nunca tiene voz de peso en las decisiones y la soberanía no puede asumirse como suya. Para esto debe tenerse muy claro que la igualdad social no existe ni puede existir jamás, lo cual se había comentado anteriormente. En adición a esto, la corrupción, contaminante de todos los niveles de gobierno, en todos los partidos, enferma los pretendidos intentos de democracia, encima de los obstáculos naturales, entendiendo entre ellos al ser humano, a la naturaleza humana, como la falla de todo sistema.

Si se acepta que la soberanía no reside realmente en el pueblo, pues el poder no dimana de él ni lo beneficia a él, se tendrá que aceptar de igual forma que la república es mentira, como ya se había dicho, aunque con otras palabras: el pan es el voto, el circo las elecciones. A pesar de que el poder no es monopolio del sistema político, extendiéndose en el terreno fáctico de la sociedad entera, presente en toda relación interpersonal, en el ámbito político el poder, como poder político, no está jamás en el pueblo, sino en sus supuestos representantes, en la élite participante al interior de la esfera política, aunque la supuesta representación del pueblo sea sólo una mera pretensión.

Este poder político es el supremo poder, el poder que rige a todos los demás poderes existentes entre las relaciones interpersonales dadas en sociedad, pues el poder político se ejerce como necesario control entre los hombres y los grupos sociales que forman como parte de su sociedad, en vías de la regulación del funcionamiento entre los sistemas sociales, ya que sin medios de control el hombre no puede subsistir, se destruiría a sí mismo. Ha de tenerse muy en serio, seguido de esto, lo que Hobbes adaptó de Plauto, de su obra Asinaria: “Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit”; esto popularizado bajo la aseveración de que el hombre es el lobo del hombre, un lobo para el hombre.

Debe concebirse, asimismo, como en las teorías del filósofo inglés, al egoísmo como parte de la naturaleza humana, manifestado en el comportamiento individual, aunque no debe aceptarse la idea de que la solución es el establecimiento de una monarquía absoluta, pues como se ha dejado claro, ni la monarquía ni el absolutismo existen ni pueden existir en la realidad. Es debido al egoísmo presente y la clara falibilidad del ser humano en todo sistema social, que se requiere de la corrección continua del comportamiento de los hombres a favor de la convivencia social a través de un sistema político efectivo.

La división de poderes, no obstante, a pesar de la clara definición de facultades por medio de las disposiciones legales que confieren ciertas potestades bien diferenciadas entre uno y otro, es tan ilusoria como la idea de soberanía, pues en los hechos se pueden encontrar, así como se encuentran entre los partidos políticos, diversos nexos fraudulentos que actúan por influencia de determinados intereses. El poder se ejerce por el grupo político como uno solo, pero disociado en los tres niveles y, en este sentido, el poder ejecutivo se convierte en titiritero, el legislativo se reduce a escribanía y el judicial a un simple utensilio. Esto también, como todo lo demás, parte del ser humano, el problema de todo sistema, y atendiendo a ello toda forma de gobierno puede convertirse en tiranía, y toda dosis de poder puede derivar, y de hecho lo hace en gran parte de los casos, en corrupción.

Siguiendo con la misma línea, también ello se ve reflejado, por ejemplo, en el subsistema electoral, pues así como se ha observado que los impuestos son desviados para el enriquecimiento ilícito, también se desvía al sufragio, ello en medio de la errónea creencia de que el ciudadano ejerce poder al votar, lo cual no es así. De cualquier manera, el poco o mucho poder de que pueda sentir posesión el ciudadano común no podrá jamás llegar a más allá del ejercicio del voto. En el sistema político no hay curul para el ciudadano en las decisiones, no existe escaño en el que se pueda asentar su participación, esto en adición a la innegable imposibilidad de incluir a todo ciudadano. El valor del voto es casi nulo, y eso sin considerar que muchas veces el proceso electoral se da de manera bastante cuestionable; el poder jamás es del pueblo y los políticos no representan de manera efectiva a la población sobre la que se pretende gobernar. Partiendo de todo esto, puede afirmarse y confirmarse que la democracia es realmente una engañosa forma de ver la realidad, pero que se ha arraigado en el pueblo a través de traviesa publicidad institucional.

Objetivamente, el sistema político debería contar con los filtros adecuados para que accedieran a él los individuos más capaces para el ejercicio de las funciones que sean necesarias, pues no todo mundo debe considerarse apto para tales encargos de máxima importancia, razón también por la cual no puede concebirse el ingreso efectivo de las masas al sistema, de ninguna manera. Sin embargo, incluso contando con ciertos filtros, tal vez no lo suficientemente adecuados o implementados, aun no entrando ahí cualquier ciudadano común, muchos políticos no tienen los conocimientos ni las capacidades requeridas, al menos en un nivel de desarrollo aceptable, para tomar decisiones tan importantes como las que en este ámbito deben tomarse, ejerciendo el poder que se les otorga de forma ineficiente y en calidad de ignaros funcionales. La ignorancia, no obstante, y esto se supone bien entendido por todos, no debería nunca gobernar, la mezcla de ignorancia y poder político sólo puede derivar en un gobierno derrumbado encima del pueblo al que presume dirigir.

Por todos estos señalamientos se hace cada vez menos objetiva la observancia de partido político cualquiera como la salvación de la nación, ni de candidato alguno como profeta salvador. El análisis objetivo del escenario político es la única herramienta efectiva que pudiera empoderar al ciudadano frente al grupo gobernante y, sin embargo, la mayor parte de la población se deja llevar por subjetividades y desinformación, sin analizar ni recabar datos probatorios para la formación de su criterio personal. Esto es igual de decepcionante que la corrupta incompetencia del gobierno, pues la ignorancia del ciudadano común sólo alimenta sus intereses.

El actual sistema político mexicano parece haberse convertido en un holgazán tirado en su sofá, tragándose los recursos públicos mientras mira la tragicomedia del pueblo en su televisión. Es evidente que la delincuencia, organizada y desorganizada, se ha infiltrado ya en los tres niveles de gobierno y en todos los partidos políticos. Un gobierno y un pueblo que, aparte de esto, no son capaces de analizar objetivamente a la realidad y de reconocer las necesidades sistémicas dentro de su contexto, prefiriendo disfrazarse de democracia en lugar de aceptar el carácter oligárquico natural del sistema, que el pueblo siempre está ajeno a la toma de decisiones y que no puede ser de otra forma, lo que involucraría una mayor responsabilidad que tampoco quieren cargar.

La indiferencia de parte de gobernantes y gobernados, el apoliticismo que parece ser un resultado bastante malo de la inconformidad general en sociedad, es en todo caso una irresponsabilidad de los individuos, una abstracción de sí mismos de la sociedad en la que se desarrollan, una desatención de su entorno, una evasión de su circunstancia. Si los que se suponen representantes del pueblo no lo representan efectivamente, pero tampoco el pueblo se hace representar, el interés personal terminará por reinar y la sociedad terminará por degenerar en una sociedad plagada de reyes. En tal sociedad de masas acríticas, de individuos ignorantes hasta de sí mismos, la dominación de la clase política no se verá obligada jamás a progresar de su demagogia, pues la vulgar repetición de consignas sencillas bastará.

Para empezar habría que cuestionar de manera más firme a las promesas de campaña que se quedan en muchos casos en frases bastante vacías o demasiado ambiguas para medir resultado alguno. Deben incluirse cuanto antes de manera mucho más directa como parte de la teoría general de las obligaciones, en el sentido de que deben ser reguladas, vigiladas y sancionadas, de la misma forma en que se hace en el caso de la publicidad engañosa. Cada persona, habiente derecho, tiene también designadas ciertas obligaciones, y en esta dualidad esencial es que el individuo adopta su carácter de ciudadano. En el ejercicio de sus derechos y la realización de sus deberes, la participación política, activa y pasiva (véase acerca de Participación Política), representa un eje central del dinamismo social de toda época y lugar.

Sistema Económico.

El sistema principal de la sociedad es definitivamente el sistema económico, el mecanismo social a través del cual se organiza la producción de bienes en un territorio determinado para la posterior distribución de los mismos entre la población de tal territorio. De esto se tiene que el principal problema a resolver por este sistema es la satisfacción de las necesidades básicas, considerando en todo momento el carácter limitado de los recursos, y siempre hacia el beneficio del ente social total.

Este sistema, compuesto por un conjunto estructurado de formaciones sociales, es el más fuerte e importante de la sociedad, incluso más que el político, pues la interdependencia de sus elementos es aún mayor y el involucramiento de la sociedad misma es más extenso, abarcando a la totalidad de la población de manera mucho más directa que los otros, a través del mercado laboral y del consumo, ámbitos en los que participan cada uno de los habitantes en diferentes formas. Este sistema, mucho más profundo y complejo, es el que realmente define la dinámica interna de la sociedad, y la posición de ésta frente a los otros Estados.

Debido a que la situación específica de cada sociedad deriva de su propia experiencia histórica, la actividad económica de un país determinado debe analizarse en detalle mediante la agrupación de características con respecto de su forma de organización y los cambios sufridos en periodos anteriores, así como el seguimiento del mismo proceso para sociedades externas en periodos homogéneos. Los fenómenos económicos en una sociedad se diferencian de aquellos generados por los otros sistemas sociales en el hecho de que la costumbre, en el sistema económico, posee un papel mucho más importante, y en el hecho de que el mercado, como escenario económico en el ente social total, es sin duda la autoridad central para todos los demás sistemas y subsistemas sociales.

Las actividades económicas se llevan a cabo bajo ciertos usos y reglas aceptadas por la sociedad en la que se realizan, constituyéndose así un orden subyacente que se construye a través del tiempo y, ahora, en necesaria conexión con las prácticas económicas de otras sociedades, atendiendo al proceso de globalización. Este sistema encuentra sus principales interacciones sistémicas en sociedad con el sistema político, y es en tal interacción que surgen los problemas más grandes de la economía nacional. El mercado se convierte así en un terreno en disputa, pues el Estado, como el moderador social encargado de regular el correcto funcionamiento de los sistemas sociales en general, mete sus manos entre los factores de producción, rebasando sus potestades en muchos casos hasta convertirse en un agente económico relevante, lo cual no debería ser de esa manera.

Las manipulaciones del mercado, usualmente por medio de planes económicos periódicos, establecen pautas de control político sobre sumistro de servicios, métodos de producción, inversiones en infraestructura, variaciones de salario, entre otras cosas, incorporándose con esto la política en la economía de forma más o menos forzosa. El sistema económico se ve invadido por modelos y propuestas generales de otro sistema que no lo comprende a fondo, y que somete a sus prácticas a una regulación casi siempre extrema, debatiéndose entre la propiedad privada y la propiedad comunitaria. El control estatal sobre el mercado libre tiende a degenerar en intervenciones incisivas so pretexto de un supuesto bienestar social.

El bienestar buscado no es precisamente retratado en la realidad, donde los diversos matices sociales dejan ver claramente una distribución irregular de los recursos económicos, lo que no quiere decir necesariamente que sea injusta. En efecto, sería totalmente injusto si la distribución de riqueza presentara una equidad absoluta, pues la forma en que los individuos aportan a la sociedad a través del sistema económico no es jamás de igual magnitud, si dicha equidad existiera es evidente que unos vivirían a costa de otros, por lo que la responsabilidad de la economía nacional pesaría mucho más en unos hombros que en otros.

Traer a colación los aspectos psicológicos del individuo se vuelve mucho más importante aquí, pues en este sistema el individuo adquiere un papel mucho más protagónico que en los otros al participar en él de una forma mucho más directa y trascendental. Debido a que la economía es considerada por el sujeto, en primer término, como el escenario más próximo para medirse frente a los otros, es también donde reside, en el propio universo personal, la prueba más evidente de injusticia percibida en la sociedad en general. Bajo la percepción de la gran mayoría la riqueza de pocos está fundada en la pobreza de muchos, posiblemente por la asociación que existe entre la economía y la política, a causa del control político de la economía y de las diversas dependencias políticas que existen sobre este sistema.

Esto, aunado a una visión equivocada del  éxito, que lo tiende a ver erróneamente como acumulación, genera la conversión de los individuos en consumidores irresponsables de fatuas aspiraciones que ven el triunfo en la recolección de cosas vanas. Sin embargo, y por más que la importancia del sistema económico lo pueda sugerir, la situación económica de la persona no es un elemento sustancial de la misma, sino meramente accidental, lo que quiere decir que no es uno lo que tiene. El sujeto, a pesar de poder llegar a entender tal cosa, ha ido convirtiendo en los últimos tiempos a sus adquisiciones materiales en parte esencial de su ser, gastando continuamente en diversos artículos y servicios que no necesita del todo para una engañosa construcción identitaria.

Envuelto el individuo en el consumismo, de esa forma, se ha ido llenando de productos que no aportan realmente a la satisfacción de sus prioridades fundamentales, o que van mucho más allá de ellas cuando no es realmente necesario rebasarlas, siendo aplastado poco a poco por la acumulación de objetos, incluso sobrepasando en muchos casos las posibilidades del estilo de vida que se posee, en relación con su situación socioeconómica. La persona no alcanza a ver que detrás de la transacción monetaria de la compra, también entra en juego el tiempo y el esfuerzo que tuvieron que haberse invertido para la obtención del dinero entregado a cambio; se gasta mucho más de lo que normalmente se piensa.

Esta acumulación que, traducida al ámbito psicológico individual, busca llenar los vacíos existenciales, genera con el tiempo, en realidad, una multiplicación de los mismos o una enfatización de los mismos, porque el espejismo de querer llenarse con algo que no puede satisfacer más allá de un cierto periodo corto, nos dirige inevitablemente hacia el camino opuesto, a la interminable insatisfacción del más es más. El individualismo del sistema económico es aprovechado para el consumo vital del propio sistema, para su subsistencia, degenerando en egoísmo con la invaluable ayuda de la psicología humana, siempre retorciéndose.

El consumismo, en este sentido, debe ser entendido como el efecto negativo de la manipulación del consumo, por medio de la obsolescencia programada de los productos, por ejemplo, o con el diseño de la publicidad ajustado a conveniencias empresariales donde no se habla, por supuesto, de costos sociales o ecológicos. Considérese a la Navidad, que no es más que una expresión, casi paródica, del comercialismo de la fiesta, que no puede ser producido sino en un ambiente en el que predominen los consumidores irresponsables. El consumismo podría ser considerado en este contexto como la obra maestra de la posmodernidad, el comercio se ha convertido en un arte y cualquiera que lo maneje con inteligencia, sean comerciantes o sociedades mercantiles, bien podría adjudicarse el papel de artista.

La publicidad es la herramienta principal con la que se lleva a cabo tal manipulación, generalmente elaborada con exageraciones fantasiosas que buscan disfrazar a la realidad para el gusto del consumidor. El mercado, como el escenario en el que el sistema económico alcanza al escenario social, y que de hecho alcanza en su extensión al ente social total, incluyendo en su funcionamiento la participacioón de la población total de la sociedad, satisface las necesidades sistémicas de la economía por medio de la rentabilización de las necesidades humanas, envolviendo al consumidor en su propio hedonismo. La manipulación de ese hedonismo conlleva un cierto control sistémico de la identidad del individuo, aprovechando la construcción débil de sí mismo con la oferta del goce efímero que proporciona el consumo irresponsable. La fabricación de deseos, como método efectivo para tal manipulación, moldea los hábitos de consumo con el manejo de actitudes y creencias a su servicio.

La sofisticación cada vez mayor de la publicidad estimula en el individuo una identificación con las marcas, lo que ayuda también a la transformación de los productos en extensiones del sujeto por el mismo sujeto, a través de asociaciones psicológicas: recuerdos de la infancia, esperanzas personales, etcétera; la necesidad de pertenencia o la tendencia natural hacia la imitación pueden jugar un papel importante, lo que llega a ser incluso aterrador. El consumo, que se presume en libertad, es en realidad bastante dependiente de los artificios publicitarios, en un mercado manipulado que termina traduciéndose en la venta de estilos de vida y en la compra de formas de ser. Las soluciones que brinda este mercado a lo mucho sólo logran evadir los problemas del consumidor, que se cree satisfecho hasta cierto punto, guiado por razones que no entiende hacia preferencias adquiridas con falsas promesas.

Esta engañosa satisfacción efímera de lo material es como un precipicio en el que el individuo termina cayendo al brincar de la necesidad al deseo, viviendo en la falsa creencia de que los productos lo definen. Aun teniendo las propias necesidades en claro, la persona parece creer que la oferta lo sabe mejor y compra basándose en los deseos que ésta fabrica, satisfaciendo a medias sus necesidades con productos y servicios que pueden ser en realidad pura chatarra. Es a partir de esto que debe admitirse el punto final a la discusión gastada con respecto de la creación de necesidades, pues las necesidades no se pueden crear, sino que existen ya de por sí, lo que se crea son los deseos, que han de ser comprendidos como las formas de solución a la necesidad.

En este sentido, el deseo es menos importante que la necesidad, porque más allá de la satisfacción de la necesidad cualquier deseo es infundado; es decir, el deseo que no se diseñe especialmente para la satisfacción de una necesidad real no tiene razón de ser. El fomento del consumo responsable debe partir, considerando todo esto, de la organización de las necesidades individuales y el diseño adecuado de deseos que las satisfagan. Por otra parte, no puede haber intención alguna de eliminar el consumo, sino solamente de dotar al individuo de responsabilidad en términos de consumo, pues el consumo es, por naturaleza, insaciable, y en tanto que no puede no ser insaciable, el mercado no puede morir, es eterno. Esto lleva, de manera inminente, hacia una equivalencia casi total entre la historia social, la del ente social total, con la historia del mercado, la del sistema económico en el ente social, abarcado en su totalidad por aquél.

Retomando el tema de la globalización, es necesario tomar en cuenta el incremento en el nivel de complejidad del sistema económico de cualquier sociedad. La obligada integración sistémica internacional, que provoca el proceso de globalización, es a menudo entendida bajo un determinismo claramente económico, tal vez debido a la preponderancia del sistema económico en la sociedad de cualquier tipo, reduciendo muchas veces el impacto de la globalización a cuestiones comerciales. La dimensión creciente de los mercados se agiganta cada vez más entre las manos del Estado, lo que trae como consecuencia el aumento imparable de la dependencia entre sociedades, que podría llevar hacia la destrucción de la propia sociedad, convirtiéndose a sí misma en un sistema de un ente social mayor que devendría inmanejable. Debe aceptarse, además, que el crecimiento económico, a pesar de que se puede llegar a confundir, no es sinónimo de desarrollo social ni genera por definición el alcance de bienestar social.

La administración de la riqueza, en el contexto de una globalización que no puede ser negada por ninguna nación en el actual ámbito internacional, se complica, siendo ya de por sí siempre injusta, generándose muchas carencias inmerecidas y muchas abundancias innecesarias, entre diversas medidas administrativas y la restricción de libertades individuales en el mercado, bajo el supuesto ya comentado varias veces de la imposibilidad de alcanzar la igualdad de cualquier manera; con mérito o sin él, unos encontrarán prosperidad y otros se verán exiliados de ella.

El subsistema fundamental del sistema económico es el subsistema laboral, esencial para la subsistencia del consumo, por medio de la fabricación de bienes y la producción de servicios, y esencial para la participación del individuo como ciudadano, siendo además un subsistema en el que se conjuntan esfuerzos sistémicos del ámbito educativo y político al servicio de la economía, y con ello al servicio del ente social total. Las instituciones esenciales de este subsistema y del sistema económico total son las empresas, la institución económica básica, diferente de unidad económica elemental, lo cual definiría más bien a la familia, que no es a su vez institución social, como ya se vio.

Como subsistema del sistema económico puede hablarse también de la existencia de un mercado laboral en el que el consumo cuenta también con un carácter vital, en el que el intercambio se da entre capacidades individuales y retribuciones monetarias, obteniendo como producto final bienes o servicios que a su vez forman parte del ciclo de consumo general del sistema económico total. Más allá del marxismo ortodoxo, bien se podría considerar al subsistema laboral, en este sentido, como la infraestructura de la sociedad, y al sistema económico como su superestructura.

El funcionalismo, como teoría sociológica, que debe ser revitalizado, mutatis mutandis, es aplicable a la sociedad actual de una manera deformada. El mercado laboral, que es regulado por el sistema político a través de su subsistema legal en materia laboral, tiende a reducir al individuo al papel de una simple herramienta con métodos bastante arbitrarios, pues además, siendo tan noblemente proteccionista el Derecho Laboral para con el trabajador, no es explorado ni aprovechado por éste. La utilización del individuo en su papel de trabajador, implica la supresión de la esencia de aquél como individuo a favor de su capacidad para servir frente al otro. La utilidad del individuo, siempre dependiente de la percepción ajena sobre las capacidades propias, se agota en el servicio ante los otros. Este subsistema ha sido diseñado así para la selección de los mejores en áreas cada vez más específicas, y al perder tal condición el individuo es desechado por el propio sistema.

Esta objetificación de los sujetos basada en sus ocupaciones contribuye al aislamiento entre los mismos, los trabajadores rinden sus esfuerzos sumisos ante elogios constantes de sus empleadores en una secuencia continua de instrucciones de variable variabilidad que constituye sus funciones laborales; cualquier trabajo se conforma de esta manera. Esta programabilidad del sujeto lo convierte en objeto, una herramienta mecanizada para el logro de fines muchas veces ajenos a sus propias aspiraciones personales. El trabajo no puede ser, en este sentido, ni una garantía de libertad individual ni un medio para la dignificación del sujeto, como se suele alegar. El individuo, en principio, jamás puede emanciparse del ente social total en el que se desarrolla, por la necesaria inclusión de los otros en su circunstancia, y la independencia económica que generalmente busca con la introducción en el mercado laboral viene a cambio de esta dependencia social que surge en la obligada participación en este sistema.

Por otra parte, es también un mercado con las mismas deformidades que se observan en el consumo general, pueden verse aquí también los estragos psicológicos del individuo. Esto sin considerar el hecho de que hay también problemas análogos a las fallas sistémicas del ámbito político. Obsérvese, por ejemplo, el peso de las relaciones interpersonales que, en el auge en el que se encuentra, contamina también el mercado laboral, pues bajo la sobrevaloración que se le concede parece quitarle importancia a criterios mucho más objetivos o justos para la selección de personal.

El problema más grande de este subsistema, por encima de lo anterior es tal vez la creación de sindicatos, que surge también en la interacción existente entre el sistema político y el sistema económico, pues si bien puede no ser entendido como una forma de control político sobre el mercado laboral, ya que lo que pretende es la asociación de trabajadores para su defensa frente al Estado, degenera en casi todos los casos en un disfraz para ese mismo control de una forma bastante corrupta; se ha visto a esta figura fracasar en gran cantidad de territorios y de muy diversas maneras a lo largo de la historia de la sociedad.

El sindicato actual ha derivado ya en una suerte de parásito social que debe eliminarse y que va muy de la mano con la corrupción del sistema político a través de su subsistema partidista, habiéndose ya conocido antes algunos nexos entre partidos y sindicatos por intereses políticos y económicos. A esto habría que sumar el hecho de que los trabajadores sindicalizados, con un apoyo mucho más grande por parte del sistema político, contando a menudo con mejores prestaciones y una mayor protección legal, encuentran más oportunidades en determinados sectores, muy a pesar de que en muchos casos ofrezcan mucho menos al mercado laboral que muchos otros que se encuentran fuera de tales círculos. Las retribuciones, por ejemplo, tienden a ser mejores para los sindicalizados en algunos rubros, cuando es evidente que los salarios para el trabajador promedio no alcanzan el nivel de suficiencia con respecto del estado actual de la economía nacional, ya muy perjudicada; a unos los sobrevaloran, a otros los subestiman.

Religión.

La religión no es tampoco una institución social como erróneamente se le ha querido calificar, de la misma manera en que no lo son los sistemas ya tratados y la familia, ya habiendo entendido a lo que debemos referirnos con instituciones. Sí es, sin embargo, un sistema, funcionando a través de la interacción de elementos interdependientes, y constituyendo igualmente un conjunto de instituciones sobre las que despliega sus actividades sistémicas directamente en la sociedad, las instituciones religiosas o iglesias.

El sistema religioso busca regular la conducta del hombre en términos morales por medio de la manipulación de sus creencias, y por su natural necesidad sistémica de establecer instituciones sociales, las iglesias, podría hablarse, en reducidas palabras, de una institucionalización de las creencias. Todo esto independientemente del hecho de que no exista ningún dios o ser superior en dominio del mundo o de las fuerzas de la naturaleza, y del hecho de que este sistema es el más obsoleto de todos, debiendo ya desterrarse del funcionamiento social de cualquier lugar, cosa que se ha demorado más de lo necesario. 

El destierro que se propone no considera las creencias individuales, en seres superiores o en cualquier otra cosa en el que el individuo deposite su fe, sino que se propone como simple extinción de la institucionalización de las creencias, siendo en todo caso una manipulación arbitraria de las creencias del ser humano en sociedad. Muchos creyentes habrá que estén de acuerdo, pues para el ejercicio de la fe no es necesaria una institución, pudiendo constituirse, y así debería de ser, como el establecimiento de un compromiso de la persona consigo misma.

Las creencias individuales sobre las que la religión intenta ejercer su autoridad tratan, en esencia, del significado fundamental de la vida, lo cual sería además mucho mejor entendido o sobrellevado con ayuda de otras materias como la filosofía o la psicología, lo que la descalifica, ya en principio, como la única forma posible de entender la propia existencia sobre el mundo, la propia espiritualidad. Basándose, de manera arbitraria y objetivamente infundada, en un orden divino o sobrenatural, la religión intenta proporcionar proyectos de conducta social dirigidos hacia una supuesta trascendencia. Todas las religiones presentan una cierta similitud en cuanto a su intervención en la vida social humana, con características, elementos e implicaciones comunes.

Como individuos, los seres humanos que conforman cualquier tejido social pueden estar comprometidos con su fe, del tipo que sea, siendo o no partidarios de la existencia de algún dios cualquiera, si así lo desean o lo conciben. Esto no puede ser discutible, pues el hecho de adoptar una posición contraria indicaría con seguridad un atentado a la libertad individual y con ello a los derechos humanos, habría que revisar por ejemplo la libertad de culto que es parte importante de lineamientos internacionales, encontrándose también establecida en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Lo que se discute aquí, en cambio, es la validez de la religión en tanto institucionalización de creencias, que afecta sin duda el comportamiento de los miembros de la sociedad, con una organización sistémica que traspasa muchas veces el límite de las facultades que se le confieren para involucrarse en otros sistemas o esferas sociales que no le competen.

Esto se hace mucho más claro en la interacción existente, aún en la actualidad, entre el sistema político y el sistema religioso, pues aun a pesar de la presunción de laicidad que se supone como característica del Estado, parece haber un halo de autoridad sobre la política por parte de la Iglesia, o al menos un cierto interés sobre la opinión o la posición de la Iglesia acerca de los asuntos políticos del Estado. Basta con darle un repaso a la historia para saber que la mezcla arbitraria entre ambas esferas trae consigo consecuencias poco deseables para el funcionamiento del ente social total, sobre todo en materia de derechos humanos.

No hay, si se observa con detenimiento, ni un sólo personaje político, al menos en el escenario político mexicano, que en alguno de sus discursos no mencione a algún dios o haga referencia a la Iglesia o algún asunto religioso. No se quiere suprimir con esto la libertad del político, como individuo, de expresarse en términos de sus propias creencias o que éstas no deban ser respetadas, sino que no deberían formar parte de discursos políticos, pues en la política no tendría que meterse la religión, en ningún sentido más allá de la libertad de culto establecida en ley. Las creencias personales son, sin duda, respetables en todo momento, pero su intervención como herramientas de politiquería populista por medio de la demagogia no debe ejecutarse por ningún personaje político que se precie de ejercer con objetividad su labor como político.

Más allá de la presencia de elementos religiosos en el discurso político, existe también la aterradora posibilidad de que la legislación se vea contaminada por el sistema religioso, cuando jamás debe admitirse que ningún partido político siquiera pretenda legislar con biblia en mano, con lo que las leyes terminarían deformadas por tintes moralistas que ningún bien le hacen. Ya de por sí existen numerosos artículos en las leyes que establecen como causa de algún agravio o delito el hecho de atentar contra la moral, sin siquiera definir en términos de ley lo que es la moral o lo que se considera como un atentado a la misma; este nivel de ambigüedad y su carácter tan poco objetivo, carácter que se supone debería tener todo precepto legal, no debería estar presente en legislación.

En contra de todo esto, aceptando que la religión no debe tocar a la política, se hallan a menudo intervenciones de la Iglesia en el Estado. Esta relación sistémica cumple, por un lado, una labor apaciguadora dentro del ente social total, consistente en el soporte recíproco proporcionado en un sentido por la manipulación de las creencias ejercida al servicio del sistema político en cuanto a su facultad primordial, la regulación del comportamiento social en vías de su papel de moderador en el funcionamiento entre los sistemas sociales; en el otro sentido, por el soporte que brinda el control político sobre el comportamiento social al servicio del sistema religioso, que obtiene de aquí una cierta legitimación de su existencia, consiguiendo con ello mantenerse como sistema en funcionamiento.

En ambos sistemas está presente un elemento en común, importante para entender la unión establecida entre ellos y aún subsistente, a saber: la relación entre el poder de la autoridad y la obediencia del subordinado, que termina por constituir el escenario de una disonancia cognitiva en el individuo, enfrentándose con el mundo social. En ambos sistemas se puede observar un adiestramiento del sistema hacia el individuo, y una dependencia generada del individuo hacia el sistema, como un apropiamiento mutuo que bien podría traducirse en términos de la dialéctica del amo y el esclavo que Hegel describía en sus teorías.

Existe, de esta manera, una especie de juego de reconocimiento entre el sistema social, como amo, y el individuo, como esclavo; sin el reconocimiento del esclavo hacia su amo, la autoridad de éste perdería sentido, y sin el reconocimiento del amo hacia el esclavo, la obediencia de éste carecería de fundamento. Se desarrolla, por medio de estrategias sistémicas, una relación de dependencia entre los roles sociales asignados al ciudadano, en medio de su papel como sujeto de preceptos religiosos, impuestos además con ayuda de otros ámbitos como el sistema educativo o el subsistema laboral, y bajo el soporte natural de la socialización del individuo, todo esto en aras del mantenimiento del sistema.

Aprovechando el encadenamiento naturalmente necesario entre el individuo y su circunstancia, influyéndose inevitablemente el uno al otro, se construye un juego entre amo y esclavo. En la religión esto se hace presente de una forma mucho más intensiva que en los demás sistemas sociales. El poder de la Iglesia ejerce una intensa influencia sobre la cultura propagando infundada idolatría entre los individuos, utilizando para ello la manipulación en uno de los ámbitos de mayor susceptibilidad del individuo: sus creencias, su psicología. Los sujetos, utilizados por la Iglesia bajo una deformación del contexto, transgrediendo y malinterpretando a la realidad, se vuelven con esto esclavos de las aserciones religiosas.

Es así que el punto de vista psicológico vuelve a tomar importancia, como en todo sistema, por estar formado, antes que otra cosa, de individuos. El creyente lleva en su personalidad la percepción de inseguridad, la sensación de incompletitud, y busca en el dios al que se rinde una subsanación de tal condición, un refugio ante sus propios vacíos, como una suerte de bastón para sobrellevar la propia existencia. En estas teorías, y ya que el tema que se trata es el de la religión como sistema, o como institucionalización de creencias, nos referimos a dios como el dios personificado y crucificado del catolicismo o del cristianismo, pero fuera de este ámbito ha de considerarse como dios no sólo a dicho dios, sino a cualquier persona, objeto o ente que sea interpretado por el individuo como ídolo o guía transpersonal y ante la cual adopta una cierta subordinación obediente, fuera de toda objetividad o argumentación válida. Cualquier dios debe ser desterrado. 

La religión, como ente social, puede ser vista como una forma potenciada de superstición basada en una suerte de mitología que es dotada de veracidad en el terreno de la realidad; en esta especie de bosque encantado el creyente se pierde entre sus propias esperanzas, que son siempre frustradas. Depositan su fe en las promesas de la religión, sacrificando su propia razón en el ejercicio de rituales de veneración y la repetición de oraciones, lo que no puede ser otra cosa sino el signo de una moral inculta e inmadura por parte del individuo, que se ha dejado engañar por las instituciones religiosas, y que muchas veces se rinde ante ellas impulsado por el temor que éstas le siembran, con la divinización de la nada y la santificación de la voluntad sistémica de la Iglesia. De esta forma, el individuo es abastecido, por la religión, de pecados, de culpas, de ofensas, que lo obligan a encadenarse a la moral, exigiéndole la búsqueda de perdón, llevándolo a ver en la Iglesia una fuente de tranquilidad, lo cual es falso y psicológicamente disfuncional, aunque sí psicológicamente práctico.

Es cierto que cada quien es libre de creer en lo que decida, como ya se ha dicho, ya sea que el otro pueda considerarlo una simple superstición o no, ya sea que crea en el dios crucificado, en la brujería, en el vudú, en un personaje político, en un artista, o hasta en la hipótesis de la simulación. Empero, en todo caso, y sobre todo en el caso del dios sacrificado que se ha adoptado en las religiones principales o mayoritarias, el individuo se somete ante un ente del que no tiene certeza sobre su existencia en términos objetivos y reales, descansando su fe en algo superior, a veces movido por el deseo de recompensa o el terror al castigo, a veces como una forma de regular su propia conducta al sentirse incapaz de hacerlo sin el apoyo de estructuras externas a sí mismo. Una creencia basada en la utilidad del objeto o sujeto depositario de la fe y no en la certeza de su existencia y validez, no representa nada más que un insulto al intelecto humano.

La selección de un dios y la devoción que se le confiere, cuando es con el objetivo de liberarse de la propia existencia, o de evadirse a uno mismo apoyándose en ello, no es nada más que una irresponsabilidad del individuo sobre sí mismo, un simple placebo ante las náuseas descritas por Sartre. Esta religiosidad, en la que la ficción parece llenar los vacíos del espíritu, debe sucumbir ante un estado de irreligión en el que el individuo puede encontrarse a sí mismo sin falsas ayudas, pues en el distanciamiento en relación con los dioses se abre paso hacia la aceptación de su responsabilidad como encargado en todo momento de sus propias decisiones y de las consecuencias derivadas, en el angustioso desamparo de su gran soledad, en medio de la necesaria, y en gran parte tortuosa, relación con los otros.

La introspección objetiva del individuo es desviada por su fe, razón por la que muchos soportan lo que no habría que soportar, y en este sentido su fe traiciona la confianza que éste le otorga; el individuo de fe se engaña a sí mismo, la fe es el verdadero demonio. La voluntad santificada de la Iglesia, por la misma Iglesia, es así sólo la divinización de una luminosa oscuridad en la que vagan las personas, como ciegos por convicción, esperando todo y nada, negándose a caminar por su cuenta. No hay dios que ilumine a ninguno, el creyente se aprisiona a sí mismo en la torre de la religión, buscando en tal ilusión la complementación de sus huecos de conocimiento, la explicación de sus misterios, la justificación de su ignorancia. Más atinada es siempre la utilización de la razón, como instrumento para la construcción de uno mismo, que la fe, pues dejarse llevar por ésta ha de ser considerado siempre una decisión inmoralmente caprichosa.

El único dios existente es así uno mismo, el único responsable de las propias decisiones, el único encargado de la construcción personal propia. Sin embargo, la religión ha logrado alcanzar un posicionamiento sólido y duradero en la sociedad, probando fehacientemente que para el éxito de un sistema, a pesar de estar en ruinas, o para el éxito de una ideología, a pesar de ser incongruente y engañosa, no se necesita que tal sistema o ideología sean fidedignos, pues el individuo que se asume seguidor de la iglesia como institución social parece poseer una razón maleable, un intelecto crudo.

En otros temas, esta institución social cobra a los fieles, hambrienta de dinero, por sus supuestos servicios, entregando falsas promesas y contando historias exageradas, otorgándole al sujeto supuestas indulgencias para su propio caos mental y explicaciones pobres para sus dudas. Adjudicándose, mientras tanto, una autoridad sobre la vida del individuo en sociedad, cosa que no tiene, a través de la vigilancia y el castigo basados en valores y conceptos que tuercen a su conveniencia. Todo aquel que observe este sistema con objetividad, podrá llegar a la conclusión de que la iglesia, como la institución social emanada del sistema religioso, funcionando todavía aunque en obsolescencia, es reducible, en todo caso, sea de la religión que sea, a un negocio bien disfrazado, el mejor disfrazado de todos, viviendo a costa del pueblo en el que se erige a través de la ruin manipulación de sus creencias, de sus esperanzas, de su fe. No obstante, no paga impuestos como debiera.

En observancia de estas instituciones y siguiendo con estos temas, puede asegurarse, sin temor a equivocación, que sacerdotes y monjas, construyendo sobre cimientos invisibles, se dan mejores vidas en términos económicos que aquellos que contribuyen a su parasitario mantenimiento. Estos personajes religiosos, al igual que el politiquero o el rey, se mantienen del pueblo, a través de la manipulación social, por el hurto cínico del producto de su trabajo. De hecho, absurdamente, la figura del rey aún está presente en algunos lugares, y es tan inútil como la del propio Papa, el rey del sistema religioso, pues el poder que se les confiere es inmerecido e infundado, soberana injusticia social. La figura de este rey religioso es la más inútil de todos los personajes inmiscuidos en el ámbito de la religión como sistema, y adquiere su idolatría imponiéndose de forma arbitraria sobre las demás. El Papa es así el rey de los parásitos sociales, el mayor de los mantenidos, el verdadero falso profeta, el auténtico manipulador de la fe.

La religión es, en resumidas cuentas, una superstición entrometida alimentada de las debilidades de los crédulos, una forma primitiva de filosofía dando respuestas simplistas sin escrutinio alguno, un sistema obsoleto de premisas básicas brindando falsas referencias, un conjunto de fundamentos endebles deformando el contexto. Entendiendo esto debe desecharse la promesa de bienestar social que trae consigo toda religión, asegurando la paz bajo el apego a ciertas normas puritanistas con medios oportunistas y hacia fines proselitistas, tal como se da en el caso de la politiquería. Las creencias religiosas, entendidas como aquellas que se someten ante la devoción hacia la institución religiosa, carecen de justificación racional derivando en locura con la alimentación del delirio.

Si se logra aceptar todo esto, con el necesario apego a la objetividad, habrá que aceptarse también que la autoridad religiosa es cuestionable, y por lo tanto inválida, siendo en tal sentido un deber moral la desconfianza en sus proclamadas verdades y la discusión de sus ineficaces prácticas; se tendría que aceptar el hecho de que la religión es simplemente un accidente de la historia, y es hora de erradicar sus secuelas, que siguen representando un freno a la razón, un freno al avance de la humanidad por el necio abrazo al misticismo.

El individuo debe comprender, para esta necesaria reforma social, la relación de carácter directamente proporcional que existe entre la credibilidad de la información y la calidad de la evidencia que la apoya. Partiendo de esto, ninguna teoría basada en fe, anécdotas o cualquier otra fuente poco veraz o que no se apoye en pruebas demostrables, puede tomarse en serio. Las historias bíblicas son, de hecho, historias de dudosa veracidad, de soporte argumentativo indocumentado, y su valor ha de juzgarse mucho más legendario que histórico. Incluso más allá de la religión,  ningún dogma, en absoluto, debe considerarse como la solución de la existencia, pues el estancamiento en cualquiera provocaría la limitación del cuestionamiento, y con ello también un freno al progreso del pensamiento.

El destierro propuesto de toda divinidad representa, entonces, una extensión de las posibilidades, una ampliación del horizonte social y una apreciación más clara del ente social total en su particular complejidad. La moral no es un ente natural, sino una creación cultural que va moldeando el propio pueblo a través de su historia, el canon moral es un invento de la falible costumbre de los pueblos, en la que se ha introducido con fuerza la religión. Por lo tanto, se entiende que la moral no atiende precisamente a la razón, pero el sujeto se subyuga a la voluntad social contaminada por ella a través de las instituciones religiosas, aun cuando el bien y el mal se pierden en sus contradicciones. La creencia siempre se basa en datos insuficientes, por lo que estancarse en ella implica hasta una cierta mediocridad intelectual, que se rehúsa a desvestirse de preceptos, a arrancarse del catálogo, a desencajarse del molde.

De esto, hemos de afirmar también la inexistencia del pecado, derivada de la invalidez del precepto religioso, y hemos así de condenar como injusto e indebido el juicio despectivo hacia cualquiera que se suponga como su transgresor. El propio dogmatismo religioso está basado en libros llenos de crueldad y normas de moral ambigua que se presumen sagrados, pero en la historia descansa la evidencia del papel de asesina que ha jugado la Iglesia a través de la manipulación de la ignorancia del pueblo, por medio de ideologías engañosas legitimadas en la impresionabilidad de la gente.

Las instituciones religiosas se apoyan en esto, y la fidelidad que se les confiere, sobre todo ante posiciones de demente fundamentalismo, debe tenerse por peligrosa, pues se observa hasta en la actualidad la existencia de conflictos sociales a causa de la religión y su estancada argumentación. El argumento teologal, de cualquier forma, no puede triunfar frente al argumento racional, y la libertad del cuestionamiento del individuo jamás permitirá la conciliación entre ambos. La razón, como ente en busca de conocimiento, no logra empatar con la rigurosa realidad hipotética de la religión, concebida por fe.

 

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