Sistema político en el ente social.

El arte de gobernar un Estado implica dirigir las relaciones con los otros Estados; es decir, la ciencia del gobierno de los Estados se refiere al conjunto de conocimientos ordenados sobre un Estado en particular y sus relaciones con los demás, el Estado como ente aislado y como uno frente al otro. La política, entendida más como ciencia, abraza tales conjuntos, tales términos.

La participación en el poder influye sobre las relaciones en el interior de un Estado y entre los Estados; los grupos humanos que encierra un Estado se configuran por relaciones de poder entre los individuos que lo conforman. Es así que en toda comunidad, sobre todo en las más complejas o numerosas, pueden identificarse jerarquías establecidas entre individuos y entre grupos, que pueden entenderse a través de sus relaciones de autoridad. Tenemos, entonces, que la política puede definirse por medio del poder, el objeto de estudio de las ciencias políticas es éste y los fenómenos nacidos de él y manifestados en una sociedad; trata, sin mayores dificultades, de la autoridad, de los gobernantes, del poder.

Una estructura política, stricto sensu, afecta a varios grupos a la vez, la organización política incluye a un conjunto de grupos que se someten al orden común establecido dentro de jerarquías constituidas. Los problemas políticos se presentan en todo Estado, entendido así, como un conjunto de grupos sometidos a un orden común, independientemente de sus características específicas; por más aislado o restringido que sea un grupo o un conjunto de grupos, se forman dentro de él coaliciones o conglomerados por un proceso natural de diferenciación ideológica, y tal hecho plantea ya en sí mismo un problema propio de la política: la unidad de grupo.

El recurso a las fuerzas materiales o físicas representa también un problema político complicado dentro de la organización social. La política debe saberse como parte de la sociedad, de la totalidad social, pero no como el todo; pertenece a ella en la medida en que logra controlar y regular la utilización de la fuerza para gobernar.

Partiendo de esta regulación, las leyes surgen de la propia naturaleza de los asuntos sociales, como relaciones necesarias para el control de la sociedad; el Derecho es, entonces, el soporte epistemológico de la política. Los estudiosos actuales de las ciencias políticas deben entenderse como observadores participantes de un experimento interminable de limpieza ante la corrupción, de reconstrucción continua de la administración pública.

Relación con la cultura como psicología supraindividual.

El Estado, en la totalidad de las relaciones generadas y fenómenos manifestados, no puede conseguir la igualdad entre todos los seres humanos del conjunto gobernado, como tampoco puede unificar todos los pensamientos en una sola ideología, así como no pueden resolverse todas las secuelas en una sola actualidad. Ni las clases ni los principios ni los ideales se encuentran realmente en lucha, son los hombres peleando por el ejercicio del poder, nada más, distorsionando los caracteres del otro para llegar primero, para ganar; el individuo adopta, de ese modo, la guerra como forma de hacer política, el otro se convierte en enemigo, la política en politiquería. La dificultad no consiste en comprender la evolución social, sino en hallar el sentido, bajo normas válidas y de acuerdo con modelos funcionales.

El hambre primitiva y bárbara del hombre por poder, contaminando cada una de sus relaciones con los otros, conduce a una mala interpretación que se traduce al gobierno de las masas, inadecuadamente, como un hacer creer. Luego, la práctica política pasa de un deber ser a una realidad torcida, de Sócrates a los sofistas: la instrucción en la oratoria pesa más que la capacitación para el desempeño del puesto público, comportarse de tal forma que se ejerza mayor influencia sobre la población pesa más que llevar a cabo las determinadas misiones del puesto de la manera más acertada. El gobierno dirigido así degenera en tiranía, el político a merced de tal régimen es un cerdo, y la razón no forma parte de la realidad del pueblo subyugado por él.

A partir de la teoría del Estado el legislador debe establecer un Derecho determinado, que servirá como una estructura tangible para el ejercicio de la política, el funcionario encargado de tal ejercicio se apoyará en la racional aplicación de tales normas para el control de la sociedad sobre la que gobierna. Estas leyes, además, no se diseñan únicamente desde los conceptos, sino que surgen de la experiencia; la Ley evoluciona de acuerdo con la evolución social, debe adaptarse a las necesidades sociales y políticas a través del tiempo.

Entendemos ya que las operaciones realizadas dentro de la estructura del Estado se encaminan hacia la manipulación de las masas bajo su poder, así como el tejedor mueve los hilos para producir alguna pieza, como el obrero construye una casa con el manejo de ciertos materiales. Para poder hacer esto debe existir una proyección previa de los fines, a los cuales debe apegarse el proceso para que el resultado se acerque lo más posible a tal idealización. La tarea política no debe limitarse a la manipulación de la sociedad y los asuntos naturalmente sociales para satisfacer el hambre de poder, sino que debe ir más allá, hacia la continua dirección controlada de su evolución, a través de las modalidades sociales de actuación, voluntades siempre supeditadas a normas.

La naturaleza humana, inherente a la existencia de los asuntos humanos, debe ser limitada por estas leyes determinadas. El espíritu humano, corrupto y corruptible por naturaleza, se imprime en todo aquello que es tocado por el individuo, conformando cierto sentido que a todos debe preocupar, pues la huella humana tiende a incendiar el terreno pisado. Estas expresiones de lo humano son comprensibles para el propio ser humano, somos capaces de observar el propio comportamiento, de analizar la plenitud de las propias vivencias, de penetrar en nuestra propia mente y en la conducta de los otros. Este indicio representa esperanza, el alivio que trae la búsqueda de una posible cura para los males de la sociedad, más allá de fisicalismos o de materialismos que sólo pueden englobar lo tangible del Estado: hombres, calles, cárceles, industrias.

Los sujetos conforman partes de una misma cultura, para entender a la cultura misma habrá que intentar entendernos a nosotros mismos, no sólo como entes corporales, sino como formaciones no físicas, psicológicamente integradas como un ente con vida propia. Las conexiones interpersonales se materializan así en el reino de la cultura, constituyéndola como una formación de posible aterrizaje en la objetividad, pero sustraída en sus bases desde la arbitrariedad de los individuos, relacionándose éstos a través de la realidad y la coercitividad del poder.

La cultura es, entonces, el terreno donde se admiten y conviven los elementos no corporales de lo social, construido a partir de la psicología del individuo, desenvolviéndose, gracias a la relación entre particulares, hasta obtener una significación tal que se desarrolla una psicología supraindividual, la psicología de la sociedad, la cultura. Esta mezcla de realidades psíquicas con los aspectos físicos de un lugar y un tiempo determinados producen el mundo ideal de una sociedad específica, que sirve como fundamento de su toma de decisiones y como guía para sus resultados objetivos a través de representaciones.

El Estado, sin necesariamente ser comprendido por el sujeto, influye en sus vivencias personales al penetrar en su esfera social, a través de sus órganos visibles y del control jurídico que emana de él. El Estado es apenas uno de los contenidos de la totalidad social que junto con otros muchos factores dota de diferentes texturas y colores los momentos particulares de la vida de los individuos que conforman al todo social, y que por la conexión entre sí van tejiendo un cierto estilo de vida y un estado de cosas: el arte y la ciencia, la economía y la religión, la filosofía y el derecho, las costumbres y las tradiciones.

Estos aspectos, con ayuda de la enriquecedora capacidad humana de reflexión y análisis, abren caminos para el entendimiento de la evolución de la realidad social. La historia se convierte aquí en un poderoso registro de resultados completamente a nuestra disposición para ser evaluados como firme evidencia de lo que los hombres ya han experimentado en la vida en sociedad, tanto en formas como en contenido. La historia como un rastreo de los movimientos de la humanidad, brindándonos una dulce gota de control sobre nuestro camino, en medio del azar al que estamos siempre encadenados.

Contemplando el paisaje en el que se vive, entre sus generalidades y sus singularidades, uno debe ver más allá de la forma para sumergirse en su contenido. Allende las acciones y las pasiones del individuo en su difusa particularidad, se encuentran hechos con cierta periodicidad, comportamientos de acuerdo con ciertas reglas, todo encaminado a un conjunto de ideas y creencias específicas, y a las cuales se recurre bajo las normas jurídicas establecidas y atendiendo a la necesidad de poder, reinante en las relaciones entre los hombres.

El poder como motor de la historia de la sociedad.

La lucha de clases es una lucha social utilizada por la política, pero no es en sí misma una lucha política ni equivale al motor de la humanidad o de su historia. Los diferentes niveles de la estructura del Estado, configurados por una cierta filosofía de la praxis, conforman una posición específica en cuanto a actividad política, una dialéctica particular que no será igual entre las diferentes naciones, sino, a lo sumo, aproximada, y que es adoptada por los habitantes de la nación de forma voluntaria como un elemento de su vida cotidiana en lo práctico e incluso en lo teórico, afectando así sus percepciones sobre el poder mismo y, por ende, sus propias relaciones interpersonales.

En este sentido, la política se vuelve un tema de relevancia histórica al intervenir en la vida del individuo y así de la sociedad en su conjunto. El sistema político, concebido como una estructura dentro del sistema social en su totalidad, se introduce con un protagonismo especial que explica, por medio de la lucha por el poder, el desarrollo de las revoluciones, con todo y sus contrarrevoluciones, que en lo fundamental se muestran como contrastes entre unos y otros, entre adversarios o contrarios, como las ondas se forman en el mar cuando se le lanzan rocas. Un problema de raíz psicológica, trascendido a lo social y aprovechado por el sistema político a manera de lubricante para el continuo movimiento de sus engranes.

La política, claro debe quedar, no debe ni puede limitarse en ningún caso al terreno de la teoría, porque los problemas presentados dentro de sus horizontes requieren del análisis de elementos sociales para construir estrategias o definir las acciones que pueden llevar a la resolución, el conocimiento de las masas como elemento teórico debe traducirse a una serie de actos que la dirijan o la manipulen con fines determinados. El funcionalismo debe reconstruirse como posible alternativa, más allá del marxismo ya superado, como una base para entender al sistema y aprender a manipularlo.

Esta lucha de clases, como concepto explotado ya tanto por los pensadores sociales y políticos, es así dirigida por la práctica política, sin constituir realmente un problema puramente político, sino contaminado por la esfera política. Todo movimiento de clases obedece al deseo de una u otra clase de subir un escalón social por encima de otra o al nivel de alguna otra, con mayores privilegios. Esta toma de poder no es, sin embargo, político, es social; el escenario de tal lucha no llega a abarcar el dominio de la política, pues el fin esencial de su emprendimiento atiende a lo respectivo a la calidad de vida esperada por el individuo para su propio bienestar y el de los que lo acompañan, extrapolado por homogeneidad de grupo a todo un sector específico social que comparte de cierta forma el estilo de vida y con ello sus aspiraciones.

Es bueno que se recuerde que la política es sólo una parte del todo social, por lo que no todo lo social es político, pero sí todo lo político es social. Cuando por lo que se está luchando es por el dominio del poder político, el individuo busca un cierto lugar o posición dentro de la estructura del Estado; en tal estructura no entra una clase o un cierto nivel social, entran individuos de distintas clases que por procesos cada vez más particulares y de carácter a menudo discutible en lo ético y lo objetivamente útil, buscan un poder ya formalmente político, más allá del poder social básico que se quiere conseguir y que siempre está latente entre las relaciones interpersonales, que son base de la sociedad.

Tenemos pues, entre paréntesis, a la democracia, una utopía que ha dejado, en los tercos intentos por alcanzarse, gobiernos mal encaminados que bien podrían calificar sus fallas como distópicas. El estado como fuerza política organizada no podrá relacionarse directamente con todas las clases ni reconciliar las grietas que las dividen en el vasto ámbito social, donde se dan también luchas de otros tipos, dentro de otros sistemas del todo social.

La rebelión social como declaración de guerra ante el gobierno suele malinterpretar a la esfera política y suele partir de temas no propiamente políticos, como la economía o alguna inconformidad de sector, como una cierta aversión de algún impuesto por parte de los fabricantes de una determinada industria, movidos por fines egoístas o personales, frente a normas jurídicas generales que buscan cierta dirección supraindividual.

Es así que, la propiedad de los medios de producción, por ejemplo, puede determinar ciertos patrones de articulación en la estructura total de la sociedad, pero al igual que en el caso político, esta lucha económica no es en sí misma una lucha puramente social. El sistema económico, como el político, constituye una propia estructura con responsabilidades definidas y con sus estrategias determinadas para su conservación. Dentro de tal estructura se mueven engranes que parten de un problema social, pero que se transforman en su interior, el sistema se apropia del problema y en esa metamorfosis también la sociedad se reestructura.

Bajo este enfoque, cada sistema, como el político o económico, con sus propios elementos interdependientes, es en sí mismo un elemento del sistema social total en relación interdependiente con los demás sistemas. Es a partir de esta relación constante e ininterrumpida que la sociedad adquiere un cierto carácter y construye un cierto camino.

El Estado, entendido pues como la estructura política de la sociedad, se desarrolla como el sistema social encargado de controlar las contradicciones entre los diferentes elementos sociales, un sistema en sí mismo cada uno. No obstante, no se encuentra por encima de ellos, sino que trabaja con ellos, intenta disolver las diferencias y resolver los problemas sociales, pero siempre en coordinación con los engranes externos. De esta forma, la economía no es un sistema opuesto al político, sino uno de sus aliados, y no se puede anular el uno al otro. Los problemas sociales encuentran en ese trabajo en equipo un amortiguador, el movimiento adecuado de los engranes impone límites al conflicto. No está, entonces, por encima de la sociedad la política o cualquier otro sistema, sino que forman parte de ella, y en aparente superioridad la controlan; como un par de manos que parecen extrañas, pero son suyas.

En resumen, las necesidades sociales traspasan su propia naturaleza al convertirse en la búsqueda de un poder político, y es ahí donde se cruzan los límites del Estado que se expresan en combates prácticos por un poder que debería, en lo ideal, ser en función de los otros, y no para el beneficio personal, como en la realidad suele ocurrir. Sin embargo, debe tenerse por claro que la unidad de todas las estructuras y entre todas las clases en perfecta armonía es un objetivo inalcanzable. Así, debe entenderse pues que el dominio político surge como parte de la sociedad y para cumplir ciertas funciones sociales en el ámbito de sus capacidades, y no al servicio de esperanzas optimistas o increíblemente altas que ninguna organización social podría mantener, pues exceden lo realísticamente esperable de los grupos humanos, en tanto compuestos por seres humanos.

A través del desarrollo de la sociedad, el motor de su historia no es conformado por la lucha en sí misma, es el individuo el que la mueve. Individuos aislados van constituyendo un grupo, grupos aislados van constituyendo toda una clase, y las clases una masa diseminada de diversidad cultural, pero siempre unidas en relación continua alimentada en todo momento por deseos de poder, ya sea en vías a la superioridad o en búsqueda de equidad, y los fenómenos de ahí emanados: el poder es entonces el motor social, y las clases o partidos se constituyen como un producto de ello, como sus hijos, en un proceso derivado que busca la coalición de fuerzas como una palanca para su obtención.

Las condiciones comunes y los intereses comunes de las masas unen a las clases en la defensa de ciertos valores universales, el enfrentamiento constante de uno con el otro los relaciona y termina por ser, en lo esencial, un enfrentamiento con el espejo, asimilado culturalmente con la moderna idolatría a la diversidad y la tolerancia, de límites difusos y muy discutibles en el estado actual de la sociedad. Los intereses distintos de una clase a otra, terminan de cualquier forma reducidos a la búsqueda individual de poder, analizados hasta su raíz: el hombre haciendo su propia historia.

La conciencia de clase es, básicamente, la expresión dominante de una mayoría de individuos con intereses mucho más similares entre sí, y que han ido organizándose de tal forma que se configura una cierta cultura, un cierto carácter social, de acuerdo a esos intereses. En última instancia, la lucha no es entre las clases, sino entre actos individuales que combaten conscientemente o inconscientemente, pero que son conscientemente o inconscientemente un reflejo de su contricante.

La sociedad se configura siempre bajo la autonomía individual, las relaciones interpersonales, regidas siempre por el poder, construyen lugares y desarrollan funciones que se van ocupando como por un cierto devenir automático. La sociedad es el producto de tales hechos y los sistemas en ella son elementos que se forman para el desahogo de las funciones necesarias para el mantenimiento de sus relaciones internas. La mecánica de las relaciones es lo que constituye la base de la sociedad y, por lo tanto, el Estado mismo debe entrar en tal terreno, para poder administrar sus competencias y la distribución del poder político en vista de intereses colectivos.

Equilibrio entre las desigualdades en lugar de igualdad.

El Estado no es un ente externo a la sociedad ni se le impone a ella como una moral o una razón arbitraria, es la sociedad quien lo crea y lo sostiene como parte de su propio desarrollo, como una forma de deshacerse los nudos que se hacen en el enfrentamiento constante consigo misma, disociándose entre sus diferentes personajes. Esto pasará en toda sociedad de forma irremediable, pero el carácter irreconciliable de sus grietas, las inevitables contrarrevoluciones, tienen un papel primordial en su evolución; el papel del Estado, en este sentido, es dirigirlas por un camino determinado.

Los grupos que bajo el poder o el alcance del Estado estén en pugna deben ser controlados por éste, de modo que haya un cierto orden dentro del caos, pues de no ser así la sociedad acabará por canibalizarse, se derrumbará con sus propios temblores. La estructura política no se alza, pues, por encima de la propia totalidad social, sino que nace de ella, se contruye como una herramienta, como un engranaje necesario para encaminarse, como se había entendido ya; al alejarse, aparentemente, el Estado de la propia sociedad, se pretende simplemente una claridad en el juicio hacia la forma en que se comporta para poder moldear el camino objetivamente.

La gente se va organizando en grupos así como la estructura política se divide en instituciones, que se constituyen como una fuerza pública que trasciende a la fuerza armada en su concepto y aplicación. Esta clase especial de fuerza se desliza entre los diferentes sectores de una manera mucho más estudiada, todo Estado la posee y la ejerce mucho más allá del poder meramente judicial, que conforma, después de las leyes establecidas, un apoyo fundamental para lo político, con la materialización de la coercitividad a través de las instituciones, como lo son las propias cárceles.

A mayor crecimiento y mayor desarrollo sociales, el Estado se fortalece por necesidad, el tamaño y la población guardan una relación directamente proporcional con la vitalidad del sistema político, obligado a enfrentarse con mayor contundencia ante una sociedad cada vez más compleja. Este crecimiento simultáneo no implica una gula voraz capaz de condenar a la sociedad a devorarse a sí misma, la sociedad acabaría por destruirse si no hubiera controles que pudieran crecer a su par para limitar la siempre amenazante naturaleza del ser humano.

Los funcionarios se conforman así como los administradores y operadores de la fuerza pública del Estado, a través de las leyes establecidas y de las instituciones edificadas para tal propósito. El ámbito político se mueve con cierta libertad dentro de la sociedad o conjunto de grupos sobre los que gobierna, e incluso las leyes llegan a otorgar privilegios a los propios funcionarios por encima del ciudadano común. Sin embargo, no deberían recibir otro privilegio que el del respeto, pues reciben ya del pueblo una paga que se extrae de la recaudación de impuestos; la tributación es el principal punto de contacto entre el sistema político y el reinante sistema económico, ambos al servicio de la sociedad.

A pesar de ello y de las percepciones contaminadas por tintes partidistas, que a menudo se diluyen entre fanatismos sin sentido, más cercanos al mundo deportivo que al carácter mucho más serio de la política, la sociedad no es oprimida por este sistema ni por leyes ni por instituciones. El poder político frena los conflictos sociales por medio de reglas, domina las relaciones entre los grupos, la falsa sinonimia asociada con la represión o la explotación es un dramatismo exagerado de ideologías engañosas.

Si bien es cierto que a lo largo de la historia la esclavitud no se ha extinguido, sino que ha evolucionado adoptando nuevas formas o disfraces, la libertad del individuo no es coartada por el poder político y el peso de las responsabilidades derivadas de las decisiones individuales recae sólo en el sujeto. El equilibrio entre las desigualdades sociales no podría lograrse en ningún periodo si se prescinde de la estructura consolidada del Estado, con concedida autonomía dentro de la totalidad social en la que se desarrolla.

Debe tenerse presente, de cualquier forma, que el ser humano es corrupto y corruptible por naturaleza, que es él la raíz de todo problema o falla que pueda surgir en todo sistema. Los funcionarios, en tanto seres humanos, sucumben en cualquier momento ante las tentaciones del poder, como el enriquecimiento fácil, por lo que deben considerarse también mecanismos adecuados, en materia legal e institucional, para prevenir y atender las posibles desviaciones.

El sufragio universal, por su parte, representa ya un intento por prevenir este tipo de problemas, al proponer en lo esencial la elección de los gobernantes por parte del ciudadano, pero también la representación de un índice que puede mostrar en términos generales el humor o la postura de los diferentes sectores sociales cuando se analiza en términos de mercado electoral. Empero, con la decadencia de la ideología en el terreno político, a favor de un partidismo desmoronado y una sobrevaloración del candidato, el voto va perdiendo peso y se convierte, por el propio pueblo, en una herramienta de dudosa validez, en cuanto a su eficiencia y eficacia, en términos de sus resultados, de la calidad de la decisión tomada por la mayoría.

Incluso si la conciencia colectiva de una sociedad no es capaz de reconocer o no tiene clara la presencia del Estado dentro de su funcionamiento interno, el sistema político existe en ella y sus estructuras se ramifican a través de su engranaje. La propia división social en grupos, llega a un cierto nivel de jerarquía en el que el poder traspasa las fronteras del poder meramente social y se constituye como un poder formalmente político, por un dominio implícito sobre los demás. El Estado se desarrolla así en toda sociedad, desde las formas más primitivas hasta las más avanzadas, por una necesidad impulsada hacia el propio desarrollo social, su existencia se produce por necesidad y su evolución se vuelve también necesaria como respuesta ante el dinamismo social al que acompaña, o de otra forma se convertiría en un obstáculo para el desarrollo de la sociedad, como cualquier otro sistema que se estanque o no avance dentro del ente social siempre en movimiento.

Los grupos o clases constituidos en una sociedad no pueden jamás desaparecer, pues ello significaría la inevitable desaparición de la sociedad en su totalidad, ya sea llevando a la misma a una unificación extrema y universal de todas las sociedades y grupos existentes, o a una microsegmentación de la sociedad mundial en grupos reducidos a tal punto que en ninguno haya diferencias significativas; cualquiera de estos dos caminos posibles de una pretendida desaparición de clases es, en principio, una tarea imposible, distópicamente utópica o utópicamente distópica. La asociación libre entre los individuos y los grupos permite la organización y reorganización constante de la sociedad, que de intentarse homogeneizar en su totalidad tendría que coartar de alguna forma tal libertad; de esta manera, la igualdad no puede ni debe perseguirse, por ningún motivo, porque además es absolutamente imposible en términos absolutos, en cualquier caso.

En el respeto a esa libertad, el Estado, así como no puede desaparecer en congruencia con ello, tampoco puede de ninguna forma convertirse en propietario o apropiarse de ningún grupo o industria o institución social, sino que debe regular los elementos contenidos en el ente social sin intervenir activamente en ellos, a menos de que haya algo en lo que pueda aportar para su evolución. Si esto llegara a pasar, llevado al extremo, podría también representar un grave peligro para la sociedad y la amenaza de una destrucción entre los sistemas de la misma y sus funciones como entes autónomos en continuo trabajo compartido.

Las masas se mueven y se moverán por siempre bajo una inevitable fragmentación interna, una reestructuración interminable para mantenerse en medio de un entorno de condiciones cambiantes, para mantener su fuerza como sociedad frente a las circunstancias del mundo globalizado de interdependencia obligada. La política representa entonces una síntesis del poder de una sociedad, un reflejo de las relaciones individuales entre sus miembros, de lo que se deriva la suprema responsabilidad de proteger a la sociedad que le atañe administrando y distribuyendo sus funciones con respecto de la supervivencia de la misma.

Por lo tanto, el Estado no es ni será nunca un elemento superfluo de la sociedad, en el sentido de que la fragmentación social es inevitable y el peso de los grupos no se distribuye de forma equitativa, sino que se pondera entre ellos a través del propio dinamismo social, como un fenómeno natural surgido de la propia sociedad, por lo que la existencia de una estructura política debe actuar como reguladora ante el siempre posible choque entre la sociedad y la naturaleza humana que la envuelve, ante la posible anarquía de los individuos que con sus propias luchas se aplastan unos a otros.

El Estado debe actuar pues de forma independiente al comportamiento social, pero con ojo vigilante sobre el mismo para dirigirse con inteligencia; no debe meterse entre las relaciones sociales de los individuos, pero sí introducirse en aquellos campos donde estas relaciones tan complicadas enreden a la sociedad en callejones de difícil salida. La administración y distribución de las funciones del sistema político no debe así degenerar en un gobierno sobre las personas, sino en un gobierno sobre los procesos sociales con el fin de dirigir hacia mejores condiciones de vida, pues el primero significaría la propia abolición y el segundo representa una posible evolución.

Partiendo de esto es como hay que juzgar y evaluar al Estado como sistema dentro de una sociedad, pues su existencia no debe ser objeto, por el simple hecho de existir, de agitaciones sociales que, más allá de argumentos válidos o fundamentos sólidos, se presentan todo el tiempo por parte de ciertos grupos sociales, desestabilizando su posición frente a lo social de que es parte, provocando solamente un desorden social, un anarquismo caprichoso que deriva muchas veces de sueños infantiles y objetivos inalcanzables que pretenden lograrse en días y que no atienden de ninguna manera la totalidad de las cosas a considerar como parte del problema y su contexto.

Este papel de toscos revolucionarios deja en la historia los rastros de una violencia disfuncional que parte a la sociedad y la destripa. Si bien la revolución, con todo y sus contrarrevoluciones, logra de cierta forma el surgimiento de nuevas etapas en el desarrollo social, no en todos los casos ha llevado precisamente a un nuevo escalón en la evolución de la sociedad, sino que le ha cambiado el tapete al escalón en el que ya se estaba o ha llevado a algún escalón viejo. Estos movimientos sociales, además, a menudo esconden motivos mucho más egoístas o de intereses de grupo, abriéndose camino para la obtención de un poder que les permita el cumplimiento de metas propias por encima de los otros, pero disfrazándose de ideologías de moda falsamente adoptadas.

El resultado puede impulsar una cierta evolución, rompiendo esquemas y generando la posibilidad de cambio en vías de un desarrollo favorable, pero tiende también a provocar una cantidad de violencia muy por encima de la necesaria que deja en ruinas a la sociedad en su conjunto, la victoria se llena de derrota y la reconstrucción requiere de un camino largo en el ámbito intelectual, que en muchas ocasiones no se logra tras caerse los teatros que se montan para la atracción de las masas a sus fines bajo tendencias populistas, tan populares en el ámbito político actual.

La sociedad de una nación, cualquiera que sea, no es capaz nunca de liberarse de su propio desarrollo histórico, de las modificaciones que ya ha sufrido en la particularidad de su propia historia. Estos cambios definen su estado actual, por lo que la actualidad de una sociedad no puede entenderse o estudiarse sin la debida consideración de los sucesos pasados por los que ha atravesado y que han influido de forma significativa en las condiciones de su ahora. Las acciones que deben realizarse en un momento determinado, definidas en su caso por el sistema político, deben tomar en cuenta que las decisiones tomadas ahora deben constituirse como el resultado de la necesaria tensión entre el pasado y el futuro de la sociedad sobre la que se decide. En la medida en que un país comprenda eso, se desarrollará más o menos que los otros, en medio de la diversidad de sociedades que conforman el mundo de hoy y atendiendo a la propia diversidad interna en eterna configuración. La actualidad social, luego, debe sobrellevarse por oposición al futuro y por impulso de lo ya sufrido, transformándose con ayuda de la evolución debidamente imparable de las funciones de su Estado.

Esa tranformación representa la verdadera revolución, el verdadero camino de un estado evolutivo a otro más avanzado. La transición social entre los estados sociales evolutivos, hacia el progreso, debe recaer en la manipulación adecuada de la estructura política para el posterior movimiento de la sociedad que, análogamente a un reloj, lleva en ella toda una serie de engranes que coordinados de forma inteligente y ordenada producen el movimiento de sus manecillas. La conquista de la sociedad sobre sí misma se encuentra en el mantenimiento de su maquinaria.

Cuando el movimiento de sus sistemas, sobre los que se apoya su funcionamiento total no es el adecuado o es perturbado, las condiciones sociales comienzan a decaer en un espiral agobiante de fallas. La política, por ello, debe procurar el adecuado movimiento de los engranes de forma que se siga un curso determinado de los acontecimientos que derive en una participación correcta entre los diferentes sistemas para evitar que el devenir social se estanque. El Estado, en lo fundamental, se hace así necesario por la libertad individual del ser humano y la propia naturaleza humana que la contamina, pues ante tal inevitable hecho habrá de haber una fuerza controladora que evite el colapso. Si se niega al Estado la sociedad se desmoronaría en intereses individuales, por lo que el Estado funciona para regular la libertad manchada del individuo en busca de bienestar colectivo, sin dejar por ello de respetarla. La estructura política de la sociedad está para mediar entre las relaciones de los individuos que la conforman, de forma que tomen provecho de su libertad sin llegar a matarse unos a otros.

Así, los sistemas deben integrarse para que la sociedad en su totalidad pueda seguir caminando, conservando contemplativamente el sello de su pasado para comprender sus más profundas entrañas y poder actuar con bases para el planteamiento de su propios horizontes, siempre bajo el presupuesto de la desigualdad, pues la realidad es la desigualdad social y no podrá jamás resolverse del todo. La distribución justa es un sueño que debe superarse por el pensamiento contemporáneo, el derecho sí trata o debe tratar de forma igualitaria a los ciudadanos que ante él se presenten, pero las condiciones sociales jamás podrán fusionarse en un estado común de cosas, ni en el ámbito laboral ni en el económico ni en el social en general.

Sin embargo, la aplicación de las leyes, de forma igualitaria se debe dar solamente cuando los casos de los diferentes ciudadanos se encuentren en igualdad de circunstancias, por lo que no es realmente igualitario el derecho en términos absolutos, pero no por ello no es justo; incluso lo es con mayor razón, pues debe tenerse bien claro que objetivamente no hay hombres idénticos, por lo tanto tratarlos a todos con absoluta igualdad llevaría a fin de cuentas a una terrible injusticia bajo la incomprensión de la situación personal de cada uno.

El hecho de que unos obtengan más que otros depende, y debe hacerlo, de la participación del individuo frente a su entorno social, pues eso es lo más justo, concluyendo así que las leyes más justas no pueden considerar jamás la igualdad absoluta como parte integrante de su aplicación. Las normas del Derecho, como el principal apoyo epistemológico de la labor política, deben condicionarse a la realidad, aprobada o no por los individuos tan ahogados en su subjetividad. La subordinación de los sujetos ante esta estructura de normas, al servicio del Estado como estructura política de la sociedad, permite la existencia de una cierta armonía en medio de la inevitable división social natural.

El hermetismo de la estructura política.

El proceso de decisión que representa el sufragio, aparentemente en manos de la población general, no le da voz, en realidad, a ninguno de sus grupos, por más que uno u otro quiera hacerse oír por tal medio. Para el Estado el voto termina por reducirse a una herramienta de investigación política, no llegando a representar poder alguno proveniente del ciudadano, el poder del pueblo es mentira, la soberanía es una ficción muy bien montada.

Pese a las afirmaciones de quienes se creen más poderosos de lo que son desde sus pequeñas y particulares trincheras, los grupos que forman el conjunto del todo social no influyen con gran peso en los resultados políticos, ninguno de los grupos es totalmente homogéneo ni constituye un punto de vista unificado y lo suficientemente fuerte como para afectar las decisiones políticas. Influirá alguno, tal vez, en alguna esfera específica de la sociedad, pero en un ámbito exclusivamente social y siempre dejando de lado alguna otra esfera o aspecto de su vida en sociedad. El poder político se cierra a un grupo exclusivo de personas sin un grupo determinado de procedencia, que logran escapar de las menos deseables posibilidades de pertenecer a su entorno social únicamente en función de su individualidad como parte de un todo, ya sea como empresario, como trabajador, como consumidor, como agricultor o como simple votante, desarrollando únicamente un papel circunstancial.

Ninguno de los grupos, por más fuertes o grandes que puedan ser sus intereses, logra jamás ejercer una presión verdaderamente importante sobre la estructura política ya consolidada, ni sobre los partidos ni sobre el congreso ni sobre ninguna de las instituciones políticas. El individuo, sin embargo, podrá encontrar caminos lentos y ordenados, burocráticamente obstaculizados, para poder acceder al Estado bajo lo normativamente establecido en atención a los casos particulares que así lo requieran. Las leyes, surgidas de la propia estructura política, del gobierno, constituyen al poder legislativo, pilar fundamental del Estado total, en una barrera de normas que además de mediar las relaciones sociales, cierra también el ámbito político a un grupo determinado de personas que se configura de formas extrañas y de dudosa validez.

El congreso, entendido como el centro o la fuente suprema del pilar legislativo del Estado, conforma el escribidor oficial de las ideas políticas de una sociedad en particular, moldeando así las decisiones sociales bajo una serie de límites necesarios, pero también excluyentes. El grupo político, el que está al interior de la estructura política de una sociedad, es realmente el único que, siempre con la influencia de intereses de grupo dirige y pondera los intereses particulares de los otros grupos estudiando su composición para la definición de actividades. El Estado analiza o debe analizar, pues, la opinión pública para definir la ruta de navegación que se ha de seguir, obedeciendo a ciertas pretensiones.

La política debe tender a la resolución o la regulación de los asuntos sociales que emerjan de la interacción entre los distintos grupos del todo social, por medio del desarrollo de la fuerza pública a través de una organización inteligentemente diseñada para una cobertura lo suficientemente grande para abarcar a la nación en cuestión y lo suficientemente intensa para controlar todo lo abarcado. La política como un contenedor del individuo para evitar la explosión de su entorno a causa de la naturaleza torcida del hombre; el Estado no como antagónico, sino casi como un héroe protagonista, si se hace de forma ideal y no déspota, pues el despotismo conduce a un mal supraindividual que terminaría por tiranizar a los grupos gobernados, anulando así toda posibilidad de evolución social y llegando sí a una represión real, a un lamentable estancamiento terco.

De cualquier manera, la política, más allá de las formas que pueda adoptar en cuanto a su carácter institucional, debe contemplarse analíticamente en función de la maquinaria que encierra, organizada de modo particular y de puertas bloqueadas con candados indescifrables para la mayoría de los ciudadanos comunes, en condiciones comunes de existencia como parte integrante de su sociedad. La fuerza pública que logra crear y manipular no oprime a la sociedad en su conjunto, aunque consigue sí el posible hacer creer al que cualquier estructura política podría reducirse; el político o el funcionario, frente al mundo social, y la sobrevaloración del mismo por el ciudadano común, por encima de partidos o ideologías, ha traído a las sociedades actuales a una inmerecida estimación exagerada de la forma sobre el fondo.

El crecimiento desmesurado de la sociedad de ahora, aunado a una gigantesca interdependencia entre sociedades, por la eminente globalización que no se puede ya rechazar, provoca la transformación adaptativa de la estructura política y su consecuente fortalecimiento sin interrupción, para el desarrollo posterior de la sociedad en su conjunto, en coordinación con los demás sistemas sociales. Sin embargo, se ha caído en el error de confundir este necesario desarrollo con una intensificación de la burocracia y una fuerza física represora, lo que sólo puede llevar a un entorpecimiento de los procesos que pueden guiar efectivamente hacia el progreso, a la evolución social. Tales extremos, en esencia, en última instancia, conllevan a la lenta constitución del gobierno en dictadura, con conocimiento explícito o no por parte de los propios encargados de tal sistema.

Los grupos del conjunto social exponen diferencias en cuanto a estructura interna y actitudes sociales entre sus miembros, se van construyendo a través del tiempo, adoptando con ello comportamientos propios en busca de su supervivencia colectiva a partir de las creencias de los individuos participantes y mediante procesos determinados de obtención o búsqueda de poder entre sus diversas relaciones, como expresiones unitarias de sus mecanismos de socialización.

Dichos comportamientos o métodos propios de supervivencia presentes en los distintos grupos, en medio de la interacción entre los grupos, configura el comportamiento general de un país, que a su vez interactúa con los demás países. Las aparentes escisiones, por más profundas o perjudiciales que parezcan, sobre todo en lo ideológico, presentan una cierta uniformidad al observarlas y comprenderlas como parte integrante de un solo cuadro social total, pues en su conducta aparecen puntos de coincidencia que se hacen notar al apreciar su historial y definir patrones de discurso o tal vez incluso de conducta.

El problema no es precisamente la disolución de las diferencias o la fusión de los grupos, ya que ello destruiría por completo las contradicciones sin las cuales sería imposible el avance del pensamiento y con ello el avance de la misma sociedad. El problema es, en realidad, la dirección social hacia el progreso, en consideración obligada de las condiciones sociales, y evitando caer en errores comunes, como la horrenda burocracia. Los problemas derivados de ello son formalmente políticos al involucrarse en la ecuación la obtención de poder político o la activa intervención en los asuntos del poder político, cuyo crecimiento no debe traer consigo una obstrucción de las libertades individuales, sino un control respetuoso de tales libertades en busca del bienestar colectivo.

Por otra parte, las aspiraciones de los individuos con respecto del poder político son siempre legítimas, pero no todos los individuos son adecuados para el funcionamiento de la estructura política y no todos pueden gobernar. Las modalidades de actuación del ente social, en el crecimiento imparable del mismo, desembocando ello en el crecimiento de los propios sistemas interiores, son también más complicadas dependiendo del estado actual del sistema, lo que debe provocar también la imposición de filtros mucho más sofisticados para la introducción de los individuos en las distintas estructuras esenciales, como la política. Una relación desproporcional entre el crecimiento de la sociedad y el desarrollo de sus propios sistemas acabaría por resultar en una situación agobiante de desfase, la gigantesca sociedad sería aplastante para sus sistemas y ello generaría un problema de gran magnitud para algunos de sus sectores, que terminarían por derrumbarlo todo.

La estructura política debe ser consciente de todo esto, en todo momento y en todo lugar, de la posición actual de la sociedad en la que impera. Los hechos sociales, constituidos a partir de una cierta mezcla entre psicologías individuales, deben asociarse con ayuda de la razón a los objetivos buscados, de modo que de tal comparación puedan surgir posibles vías de desarrollo; esto es lo que debe construir la opinión política del Estado, siempre en consideración del funcionamiento coordinado con los demás sistemas internos de la sociedad, pues en la nación, entendida como el contenedor de los sistemas de la sociedad que alberga, cada uno de ellos representa la pieza de un rompecabezas que habrá de hacerse encajar.

Naturaleza humana, raíz esencial de toda falla sistémica.

Los intelectuales de las épocas venideras deben recuperar la importancia de su papel, perdido entre las falacias y el protagonismo individualista de los falsos ídolos que invaden a las sociedades del momento. El pensamiento objetivo debe regresar al terreno de las exigencias sociales, al campo de las ideologías modernas, que sacrifican ahora su consistencia a favor de modas y de lógicas débiles, basándose en argumentos quebradizos. Los estratos sociales contemporáneos equivalen a una especie de altar de muertos, lleno de alimentos podridos, de flores marchitas, de retratos quebrados; mierda en distintos niveles, escurriendo aguas negras, despidiendo malos olores.

Hasta la esperanza más firme equivale a la certeza más débil, el individuo de hoy parece construirse a sí mismo con apego a presunciones vanas y opiniones banales, sus ánimos se depositan en la confección de su disfraz, la ilusión de una seguridad que no puede procurarse por sí mismo, en su propia llanura en que la libertad lo aplasta con las responsabilidades y la soledad de sus horizontes lo abruma en la obligación de abrirse el camino sin guías; gastan todo su aliento en pactos de ocultas intenciones, todo su vigor en convenios de reservada particularidad, tratándose unos a otros en íntima desconfianza ante su torcida psicología.

El gobierno se une con los individuos en una relación de peso diplomático que sustenta a la estructura política, y cuya ruptura representaría la extinción del orden social debidamente provisto por la misma estructura, resultando por ende en la disolución de sí misma. Esto tendría que resolverse por los propios individuos, terminando a fin de cuentas en el diseño e implementación de una nueva estructura, o en la ocupación de los puestos de la vieja estructura por individuos nuevos, provenientes del nuevo orden impuesto, que es lo que suele pasar.

En cualquier caso, los puestos deben o deberían ser ocupados obedeciendo a las cualidades requeridas para su debido manejo, no todo individuo es apto para cualquiera de los fines buscados en un determinado puesto dentro del sistema político, incluso habrá individuos que ni siquiera deberían estar ahí o entrar en sus dominios en ningún momento. El encargo recibido en una empresa de tal importancia debe representar dignamente su papel en el desempeño de las funciones que le conciernen, bajo un carácter adecuadamente diplomático con respecto de los demás niveles o categorías de la jerarquía.

La disposición de los sujetos para participar del proyecto político de una nación debe corresponder con una serie de aptitudes especiales que se encuentren en armonía con la constitución de la entidad política de que forma parte, el ejercicio de sus funciones debe dirigirse en consonancia con tal corporación, con la cerrada colectividad sistémica de la estructura política de su país; sean prácticas ideales o prácticas ya corruptas, el sistema termina en las más de las veces por absorber al individuo.

Los síntomas de la corrupción del sistema, que eventualmente llega en todos los casos, en tanto compuesto todo sistema de seres humanos, se presenta en forma de alteraciones o desviaciones dentro de los órganos en los que se distribuye, generalmente encubiertas por los encargados de su funcionamiento. Sin embargo, conforme van empeorando, el sistema puede llegar a trastornarse tan severamente, entre lesiones cada vez más visibles, que será casi irreversible la problemática hasta el punto de sobrevivir en su disfuncionalidad durante mucho tiempo, mientras se quiebra completamente en la intoxicación de sus componentes lastimados.

Por ello, se confirma la necesidad de la imposición de límites al mismo sistema, en cuanto a su relación con el exterior y las relaciones dadas dentro de sí mismo, involucrando en la determinación de tales límites la utlización de los medios y la definición de los fines a los que deben éstos atender. Sembrando las semillas del orden dentro del propio sistema implica también delimitar ciertas áreas o puestos internos a ciertas ramas científicas e incluso, en algunos casos, a especialidades particulares; el punto de contacto entre el sistema político y el muy deteriorado sistema educativo se materializa en la vida social a través de la división social y el moldeamiento continuo de sus individuos por medio de la especialización del conocimiento.

Es esencial la revisión periódica de los demás sistemas sociales, en cuanto que el sistema político debe encargarse del orden controlado del funcionamiento de los sistemas y entre los mismos; el análisis resultante de estas relaciones, aun en sus frecuencias más bajas compone el camino a tomar. Siempre todo esto con el respeto, jamás a olvidarse, de la dignidad humana, por más despreciable que sea, y lo es, el ser humano, que inherente a su naturaleza y en libre desarrollo interminable de su personalidad, termina a menudo en la configuración de una mente enferma. Impera la necesidad de controlarlos a todos a través de las normas, que deberán en toda sociedad, y tal vez hasta dentro los grupos que la componen, constituirse bajo el valor jurídico superior apoyado por las propias instituciones del Estado, como soporte fundamental de éste.

El sistema político, entonces, puede reducirse en su forma más básica al orden social, estableciendo para ello un núcleo jurídico alrededor del cual debe girar la conducta de la sociedad sobre la que opera, y a la que constamente vigilará en la consigna de procurar el cumplimiento de tales fines. No obstante, no debemos malinterpretar aquí el papel de tal sistema como el eje del funcionamiento social, sobre el que debe girar el comportamiento colectivo, ni a las normas como la base de su evolución, pues son ellas las que deben adaptarse a su ritmo. La interacción entre la totalidad de los sistemas que actúan dentro de una sociedad es lo que configura el comportamiento de la misma y el camino por el que avanza o retrocede, así como los baches en los que pueda llegar a estancarse.

Ello partiendo del individuo en sí mismo, como el átomo del todo social, si se quiere incluso recordando un poco al organicismo sociológico de las edades tempranas de la sociología, pues el desarrollo del individuo de sus propios principios dicta también ciertas tendencias, que con una cierta evolución derivan en el establecimiento de determinados patrones nacionales. La libertad humana termina significando, para el sistema, una piedra que bien podría llevarnos al tropiezo o a la construcción del edificio que es el progreso social, del entendimiento de la delgada línea entre tales posibilidades deben siempre originarse las bases del control social, tal consideración debe conservarse como elemento principal para el desarrollo de la teoría del Estado.

La justificación esencial de la existencia de los sistemas y las normas que los rigen y que rigen a la sociedad misma, encuentra su expresión material más básica en la forma de los contratos, debiendo así imperar el establecimiento de los mismos en las relaciones de los individuos, pues siempre están en peligro de romperse o deformarse frente a la naturaleza de aquéllos. El derecho por sí mismo sería continuamente abusado al extremo si no se impusieran obligaciones legítimas como oposición a tales libertades, toda relación se convierte así en un acuerdo entre partes, que limitará en todo caso las libertades de la corrupción del individuo haciendo más difícil la distorsión social; es decir, que regulará las voluntades de poder entre los sujetos, administrará el poder esencial que fluye entre sus relaciones. El reconocimiento de dicha realidad constituye la condición fundamental para la conservación de la dignidad, esto además en medio del problema de la propiedad, uno de los grandes chillidos entre los engranes del sistema económico y el sistema político del ente social.

Entiéndase, en adición, que un sólo sujeto no podrá jamás conseguir la dominación social si no es con la ayuda de un soporte estructural, lo que conduce a la conclusión de que no existe nunca un individuo dominante, sino un grupo dominante que se constituye como la estructura política de un país determinado, aunque la cara la dé uno solo de sus miembros. Este cerrado círculo social se dividirá a su vez en partes, pero cada una de ellas seguirá acomodándose de una u otra forma con respecto del centro; dentro de su aparente fragmentación existirá siempre una conjunción oculta en la oscuridad de la estructura, mutando siempre bajo la superficie, matrimonios y embarazos entre un partido y otro. La división se va registrando a manera del movimiento continuo de los miembros del grupo entre sus diferentes jerarquías y grupos.

El hombre astuto en disposición del grupo dirigente debe ser portador de una cultura superior, de un grado superior de intelecto; las capas de la sociedad civil, la sociedad entendida en cuanto a su regulación por una estructura política, se forman por la hegemonía de los miembros, expresada en general a través de los poderes de mando que en la propia estructura se distribuyen por medio de jerarquías establecidas. Jurídicamente, en la historia de la sociedad, la escalera es la forma básica de la estructura de todo sistema, muy a pesar del desacuerdo de muchas mentes contemporáneas obsesionadas con una opresión que no existe realmente y que parece contener dentro de sí una aversión irracional contra la tradición, que no por ser tradición deriva en obsolescencia. Estos individuos de la posmodernidad que todo lo ven mal y a todos les dan la razón al mismo tiempo, que en su perspectivismo extremo han perdido todo rastro de saludable objetividad, ahogados en su egocéntrica subjetividad, tan errante.

La invasión de los falsos ídolos.

La dominación es, en reducidos términos, la autoridad de uno sobre otro por medio del influjo del poder; la legitimidad de la dominación se refiere a la idealización de las esperanzas del dominado depositadas en el dominante, apropiadas indirectamente por él para encargarse de su cumplimiento, que puede o no lograrse. Todas las relaciones pueden calificarse como relaciones de dominación, en tanto que hay un poder de uno sobre el otro, por más sutil que sea su existencia, y es debido precisamente a esa innegable existencia que los sujetos se hacen acreedores a obligaciones establecidas o implícitas que se respetan con cierta voluntariedad, de forma tal que quien las acata se convierte en una especie de súbdito no reconocido como tal de manera explícita.

Frente a uno u otro, todo mundo juega el papel de súbdito alguna vez, bajo pretensiones de distintos tipos: económicas, profesionales, puramente sociales, etcétera. La influencia de las personas está, de este modo, adherida a la capacidad de manipulación del individuo para jugar con los pesos del poder entre sus relaciones, en los distintos espacios en los que se desarrolla socialmente, desde el salón de clases hasta alguna de las cámaras del Congreso. La validez de la dominación, determinada por el nivel de legitimidad, va mucho más allá de colores políticos, de fanatismos absurdos e ingenuos, pues tales obediencias tan irracionales, que casi caen en lo irritante y hasta en lo irrisorio, surgen de una especie de endopatía barata inspirada por un nacionalismo obsoleto y ridículo al servicio de una ilusión de democracia que todos se creen.

La ideología, en sí misma, es ya un fantasma de sí misma, utilizada casi como un instrumento más de la demagogia, para la construcción de discursos engañosos que ya no aportan nada nuevo al pensamiento de la época, repitiendo los mismos mensajes bajo una impresionante diversidad de formas. Las líneas entre las tradicionales derecha e izquierda y la definición del más reciente centro en la vida política de las sociedades, se han fundido todas en una oda al candidato, contaminado por el escenario de su partido, pero jamás por debajo de él. El carisma del personaje invade los criterios de los ciudadanos en tanto electores, aparentemente electores; el mercado electoral en general ha degenerado en un libro abierto plasmado de entusiasmos presos de interpretaciones irrelevantes y de argumentos empobrecidos.

El otorgamiento de derechos, con el soporte de la labor de los diputados y los senadores del poder legislativo, deberán pactar con magistratura irreligiosa las formas y los procesos a los cuales las personas al mando deben apegarse en el ejercicio de la justicia, siendo ésta el valor fundamental para el que trabaja la totalidad del sistema político de una sociedad. Las reglas de la oficina han de respetarse para esperar que se respeten en último término las reglas del hogar; con independencia de los cargos dentro de la estructura política, son los funcionarios ahora más que nunca la primera imagen de la situación política del Estado, los personajes políticos están ya por encima de todo elemento de la estructura y son observados de forma mucho más analítica que antes, pero siempre desde la subjetividad.

Por otra parte, considerando ya que la monocracia es un sistema imposible de aplicarse a la realidad por la necesidad de contar con el respaldo de un grupo que se constituya como la estructura política del gobernante, se hace también necesaria la administración adecuada de las competencias, en función de una colegialidad que garantice con mayor seguridad el desarrollo de las distintas actividades con un mayor grado de efectividad. Las carreras predominantes dentro de la política deben ser, en principio, la filosofía, la sociología y las propias ciencias políticas; en menor medida, pero como apoyo esencial, deben considerarse evidentemente a los abogados, a los psicólogos y a los economistas, desde la perspectiva de que los beneficios generados en el área de la política son más enriquecedores con ayuda de tales ciencias o ramas de estudio: del conocimiento del individuo hacia el conocimiento de la sociedad, para así entender mejor su mecánica, de modo que con tales bases la política logre el dominio, en cuanto a los términos que le atañen.

La profesión, como una apropiación de un área de conocimiento específico, además cada vez más tendente a una mayor especialización, creándose así nichos de expertos, es un elemento accesorio de los sistemas alternos al educativo, y el producto más valioso de tal sistema para el funcionamiento social, al crear en los individuos verdaderos servidores de la sociedad. Es tal vez, sin embargo, el sistema educativo, el más descuidado de los sistemas en la sociedad actual, carcomido por los modernos consejos de la burocracia extremista, que la ha reducido al trámite de papeles de reconocimiento de supuestas capacidades individuales, más allá de lo que debería de demostrar en el crecimiento social, depositándose únicamente en expedientes abrumadores. Tal sistema es injusto y no da garantía de aprendizaje real alguno, conformado a su vez por personas, en todos los papeles que le conciernen, que han perdido en su mayoría el entusiasmo o el amor por el conocimiento.

La inmemorial asociación interpersonal de la humanidad ha ido tejiendo a través del tiempo, entre lo superior y lo inferior, entre la piedad y la crueldad, ciertas tradiciones que van quedándose entre la gente como una espina clavada en su razón, todo lo que presente rastros de tradición debe pasar por el análisis estricto de la razón. Los arbitrios de la revolución han hecho el favor de ir creando una cierta sabiduría en materia política que pareciera indicarle al ciudadano común una jurisprudencia sin precedentes de la que antes no se sentía capaz, pero que aún ahora no debería poseer. Son los miembros del ministerio o el gabinete o el tribunal los que cuentan realmente con la gracia del arte al que materialmente han sido designados, idealmente. En este sentido, se hace obvia la relación directamente proporcional que debe existir entre las capacidades individuales y las facultades requeridas para cada actividad, evitando caer bajo una rigurosa ética profesional en un despotismo ilustrado o en un vasallaje cultural.

Objetivamente, aunado a esto, habrá que descontaminar a las masas de los falsos ídolos que han diseminado en el mundo sus nuevas ideologías vacuas, cuyos adeptos manifiestan públicamente su desprecio hacia sí mismos al dejarse envolver por tales mentiras, sacrificando la construcción individual de sus propias virtudes por el reconocimiento de dioses poseedores de una gracia que jamás se corrobora. La guía del subjetivismo extremo a nada puede llevar a un grupo, sino a su decomposición en perspectivas e interpretaciones que terminarán por desorientar en lugar de señalar un camino bien definido hacia el progreso. La tolerancia encarna aquí un protagonismo sin igual en cualquier otra época de la historia, pero de una forma tan absurdamente absoluta y obsesiva que la propia libertad individual es coartada por ella, todo favoritismo social como decisión individual o grupal es considerado un acto de discriminación, todo discurso de opinión que no ame indiscriminadamente es considerado como el odio que aprieta el gatillo del asesino.

La confianza de los hombres se ha depositado pues en el ascenso de una verdad prostituida por ellos mismos, la verdad es tan manoseada por su perspectivismo ingenuo e ignorante que deja de ser objetiva. La destitución de estos ídolos debe abrirle paso a la colocación de un nuevo pensamiento social, menos perturbado y romántico, para quitarle los privilegios a las mentes débiles y sus escritos de falsa emocionalidad. La jurisdicción debe entonces dotar de objetividad a la sociedad abandonada a sus propias pasiones, sin dejar de respetar la libertad humana y los derechos adscritos, cosa que la objetividad de la ley no ha dejado de lado, sobre todo en el nuevo reformismo humanista de que ha sido objeto en los últimos años. Por ello es que la especialización del genio es menester para el regimiento de cualquier gobierno, de la misma forma en que el discipulado debe corresponder en cuanto a lo inculcado por su líder, los trabajadores deben corresponder en cuanto a las misiones encargadas, aparejando a su realización el conocimiento de un campo específico útil, en el que deben haberse ya instruido.

Por otra parte, el único sistema que de plano no debería de existir en la sociedad es el religioso, referido éste exclusivamente a la institucionalización de las creencias, pues este sistema no es necesario para el funcionamiento o el avance de la sociedad, incluso pudiéndola llevar al retroceso o al estancamiento, ya que la interpretación propia de dicho sistema con respecto del mundo es totalmente inútil y de argumentación bastante debatible y no precisamente a su favor; esta interpretación es lo que conforma la moral. Sus congregaciones dotan al individuo de una auténtica saturación de propuestas falsas que lo llena de deberes que no aportan realmente nada a su persona ni a la vida en sociedad, pues su punto de vista es la fantasía moral.

Aquellos que profesan la religión terminan convirtiéndose en simples mercenarios, al servicio de ideas ajenas a sí mismos, que han aprendido casi como un simple oficio, sin despertarse de sus sueños dormidos ni obtener pista alguna. Las viejas familias dejan así en las nuevas la reminiscencia de un servilismo ante la iglesia, una institución obsoleta reinando sobre todos desde sus ruinas, distribuida en linajes y rangos que parecen poseer más poder incluso que cualquiera de los demás sistemas, pero que en términos objetivos no merecen ser escuchados ni atendidos, sus coronas las paga la manipulación de la fe de los ingenuos crédulos.

La posición actual del sistema religioso debe trasladarse cuanto antes hasta su sepultura, la participación del clero debe cesar en lo absoluto, sin tributo alguno, con todo y la inmerecida confianza puesta en él, el más grande falso ídolo de la sociedad, el jefe más falso de todos los pueblos; quienes a éste sistema se rindan son los aldeanos peor engañados del mundo, sin otro supuesto más allá de ese. La iglesia, la institución principal de este sistema, es el negocio mejor disfrazado, el robo mejor escondido de la historia, haciendo suya la fe, haciéndose pasar por casa exclusiva de la fe; quebrantan la fidelidad de sus adeptos con felonía.

El sistema político es el primero que se tiene que liberar de las garras de tales errores históricos de la humanidad, para posteriormente liberar a la propia sociedad de sus garras. De otra forma, el retroceso sería una gran posibilidad, no hay guerrero que triunfe sobre el señorío religioso cuando es éste soportado por la estructura política. Ningún dios puede reinar sobre la sociedad, el prestigio de la evolución social no se lleva con los hábitos religiosos, y la ley debería entenderlo de forma más radical. No existe ordenación religiosa positiva, en tanto que parten de invenciones manipuladas para jugar con los sentimientos de los pueblos, organizan sus mentiras para socializar con el pueblo y mantener su existencia, para seguir succionando al sistema económico. Cualquier partido político que apoye la jefatura religiosa de cualquier tipo utiliza a las creencias como instrumento populista, la religión se aprovecha con precisión de los individuos, la oración en sí misma es demagogia.

Muera esta relación totalmente en detrimento del bien social, el sistema religioso convoca en sus brazos los placeres ancianos que constituye la representación de una imaginación convenenciera de dioses aúlicos sin piedad, de un parlamentarismo autoritario sin validez. La comunidad no debe fundarse en cimientos tan flojos, la salud pública no puede sostenerse en la debilidad de sus individuos, debe fortalecerlos  solidificando su carácter federal a través de un gobierno alejado de la religión y bajo un correcto manejo de la división de sus poderes. De lo contrario, la sociedad se vuelve para sí misma una industria muy pesada.

El sistema económico, por su parte, como el sistema principal de la sociedad, el protagonista del andar social, se erige como tal en tanto es el único sistema en el cual participa toda la población a través del consumo o del empleo, y en muchos casos a través de ambos; en este sentido, por lo tanto, la historia del mercado, englobando en él a sus diferentes sectores, es la historia de la sociedad. El sistema económico, por ende, es el sistema que marca el ritmo de los demás, cuyos engranes se mueven a merced de él, alrededor del problema de la propiedad, siempre de geometría bastante compleja y nunca paritario. La empresa, entendida como la institución principal de este sistema, como su apoyo fundamental, es la que marca el crecimiento y el desarrollo de las ciudades, la expresión más palpable y próxima de su evolución sistémica.

Sin embargo, también este sistema ha sufrido los efectos del subjetivismo permisivo de la época, dando lugar al empoderamiento desmedido del individuo como empleado a través de la formación de sindicatos que se han convertido poco a poco en parásitos sociales, producto de una intervención de alcances indebidos por parte del gobierno en el ámbito económico social. El sistema político debe intervenir, como su papel se lo atribuye, para dirigirse dentro del continuo trato del problema de la propiedad, hacia la destrucción del pedestal del sindicato como el falso ídolo por excelencia del sistema económico, que es a menudo el sistema más perjudicado, debido a que cuenta con la totalidad de la población como participante, lo que lleva a pensar que la amenaza de la naturaleza humana es ahí aun más gigantesca.

En coordinación con el sistema educativo, el político habrá de cambiar el rumbo mediante el moldeamiento de la sociedad para cambiar las perspectivas con respecto del consumismo y la intervención en el empleo nacional, de modo que las condiciones del sistema económico no pierdan el rumbo o logren encontrar algún camino indicado. Los falsos ídolos deben morir y enterrarse en lo profundo, abriendo paso a nuevas generaciones que no sólo cambien de modas, sino de forma de pensar y actuar.

Partiendo de estas concepciones, el programa político debe construirse atendiendo a los intereses de los propios simpatizantes del partido y la comunidad en general, aunque ignorando lo que el sistema sabe que no debe ser intervenido por él. La verdadera innovación con respecto de estos programas, que parecen no aportar nada nuevo ni propuestas realmente sólidas, debe formarse con arreglo a las leyes ya establecidas y en consideración de las libertades de los individuos como seres sociales; los correligionarios políticos que conformen al partido deben trabajar juntos como las piezas de una máquina frente al mercado electoral total. El bienestar es logrado directamente a través de la administración de los despachos políticos en autonomía interdependiente con los demás sistemas componentes de la sociedad en su conjunto, ocuparse de ello resulta menos costoso que quitarle importancia; el estadio social siempre debe verse como una transición.

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