Vorágines.

Un grupo de personas se relacionaban entre sí aquella noche de luces a medias y a medias voces. Era un castillo enorme de adornos ostentosos y ventanas inmensas, lleno de aperitivos y cócteles sofisticados, con alguna especie de Buika cantando sobre las simples cosas.

Las amistades pretendidas destellaban entre cada apretón de manos y cada beso de mejilla, las críticas destructivas abundaban entre cada mordisco y sorbo. El hielo no se rompía en ninguno de aquellos montones de pedazos de humano, incapaces de encender flama alguna ante la multitud.

Cada uno interpretaba perfectamente el personaje que le correspondía y que cada uno se adjudicaba. Sus ropas de marca y accesorios caros denotaban la irresponsabilidad de un consumismo voraz, se podía observar entre sus disfraces y máscaras un profundo sacrificio de utilidad por fatuidad. Entre sus caras falsas y gestos cansados sólo se alcanzaban a ver los colores de sus fachadas, había en ese salón toda una ciudad de edificios vacíos y tambaleantes.

No había superioridad en el menú, así que muchos mordían discretamente sus uñas para calmar la ansiedad, y el suelo llegó a picar ligeramente. Los juicios volaban de una trinchera a otra y explotaban como granadas blancas, pretendiendo manchar las pieles al manchar sólo las telas de aquellos maniquíes.

Todos anclaban sus barcas a las costas de aquellos círculos y se aferraban a sus lugares, aunque la pertenencia estuviera ausente en cada uno de ellos. Los personajes ahí desarrollados eran poderosas estatuas llenas de ruinas.

Pequeñas odas a Salinas se escapaban entre sus dientes amarillos y torcidos, y a ratos se escuchaban cantos de victoria por la libertad del comercio tan pronta a considerarse como debía. Las sonrisas se pintaban en sus rostros adorando sus circunstancias y alabando el contexto en el que se encontraban, la gula de sus billeteras escupía en la cara de sus empleados y vomitaba carcajadas en los ojos de los pobres.

Las diferencias se ignoraban con desprecio y las similitudes se abrazaban con hipocresía. En aquel gran salón frío, el nacionalismo se reflejaba angustiado en las copas y las joyas, en las pupilas de los invitados. La admiración superflua por el estilo de vida extranjero se disfrazaba de arte y cultura, y mientras todos disfrutaban colocando sus propias hebras en tal disfraz, cortaban con tijeras las raíces anudadas en sus zapatos y las tiraban en cualquier esquina, con el asco frunciendo sus ceños.

Entonces, en medio de todo ese baile de vanidades, Gara Lambrini hizo una de sus apariciones acostumbradas, abusando de su impuntualidad para alumbrar el lugar con sus diamantes y sus actitudes altaneras. Casi a cada paso que daba se detenía para saludar a alguno de los invitados y utilizaba alguna frase en inglés o francés para después soltar alguna risa exagerada. Las miradas se inundaban de aspiración e inseguridades al sentir el aire que se agitaba con el vestido de Lambrini al caminar elegantemente por aquel espacio.

Los comportamientos y las expresiones se endurecieron, pasando de ser simples disfraces a escudos que abrazaban fuertemente los miedos de cada personaje y al mismo tiempo se agrietaban. Los juicios comenzaron a explotar con mayor frecuencia y ruidos más altos, todos miraban a su alrededor para no verse en los espejos. Se adentraron tanto en los personajes que interpretaban que dejaron de ser, y quisieron llenar tantos vacíos con posesiones que terminaron siendo ciegamente poseídos por ellas.

Lambrini se encontraba retratada en una gran pintura en una pared de aquel salón, con tintes peculiares y delgados trazos, con una imagen que denotaba su enorme poder económico y la influencia social que generaba como ser humano. El mundo se había perdido entre el dinero y el poder, bailaban los cerdos insatisfechos que no lograban ver más allá de sus propios deseos vanos y egoístas, regados como perlas en el piso.

La música fue cortada de un momento a otro por el sonido de una bala, algunas gotas de sangre se abrían de azarosos caminos descendentes a través de la pintura de Lambrini, y también a través de su rostro desde su sien hasta el piso. Miraban todos en trance con dirección hacia el cuerpo de la imponente mujer, hacia el soberbio vestido rosa que había opacado al resto y ahora se sumergía en un charco rojo de tono oscuro.

Las sirenas de policía y de ambulancia llegaron unos minutos después a reemplazar a la música y el público presente se llenaba de dudas, nadie entendía realmente lo sucedido. La fiesta había acabado tan abruptamente que nadie se despidió de nadie y fueron desapareciendo poco a poco. El arma yacía a un lado del cuerpo, junto a la copa rota que dejó caer al desvanecerse entre el humo del cigarro que ambientaba el lugar.

La noche antes de la gran reunión que organizó con tanto esmero con el motivo de su cumpleaños, volvió a llorar sin razones aparentes, toda la noche sin poder conciliar el sueño ni el consuelo. Como en cada uno de aquellos episodios intentó discernir las causas del llanto desesperado que se apoderaba de ella, pero no concluía nada y la frustración la hacía llorar aun más.

Lo tenía todo, y eso le quedaba claro, lo tenía todo; pero no dejaba de llorar. Se sentía vacía, se miraba en el espejo del baño y se repetía estar perdida. Esa noche buscó ayuda, alguna persona a quien hablarle, y no encontró a nadie. Ardieron sus ojos de la erosión del llanto y al despertar el sol cayó rendida ante sus rayos.

Despertó tarde y de mal humor, se desnudó y fue al baño, talló con cierta ira su rostro para limpiarse las lágrimas, y se metió a bañar. Se vistió sencillamente para no portar el pesado vestido todo el tiempo y cansarse demasiado. Dejó el maquillaje con el mismo fin.

El abismo se había extendido más allá de las horas nocturnas, había logrado colarse hasta el baño y amenazaba con festejar su cumpleaños. Se acercaba el momento y no sabía qué hacer, necesitaba algún remedio para cicatrizar sus ojos. Tuvo que vestirse y maquillarse sin ganas, tuvo que fingirse a sí misma que podría reponerse ya estando en la celebración.

Salió a las seis de su casa, a las siete el chofer se detuvo en frente del salón; ella estuvo divagando mientras veía llegar a los invitados. A las ocho decidió bajarse, llegó a las majestuosas puertas del salón y se detuvo un momento para ver a sus cuarenta y un invitados bailando. Se sintió la calavera garbancera de algún grabado satírico y comenzó la pasarela, hasta llegar a las nueve post merídiem.

Ahí estaba a esa hora, parada justo debajo de su enorme retrato, bebiendo sola de su copa, con un cigarro en la otra mano, imaginando uno de los posibles escenarios de su muerte. Entonces, en su cabeza apareció aquella imagen, la música perturbada por el golpe de la bala y las sirenas. Se imaginaba los gritos y las expresiones de asombro, las manchas de sangre en la alfombra.

A las once estaba terminando la celebración, comenzaban a esfumarse las visitas con abrazos y besos de cachete. Era la una de la madrugada cuando se enfrentó al espejo de su baño y comenzó a pasar las manos por su rostro con cierto grado de fuerza para quitarse el maquillaje de encima, distorsionando sus gestos entre el coraje y la tristeza, mientras una lágrima se escapaba lentamente de uno de sus ojos y la derrota empañaba su reflejo.

Oficialmente superaba por tres años las tres décadas, ya era tiempo de irse; lo sabía, lo sentía. Tanto tiempo lo había estado pensando casi como si fuera un plan de vida, y por fin había llegado el momento, la última noche de llantos inexplicables había llegado.

Miró su boleto sollozando, se vio a sí misma frente al mar y se sintió poca cosa. De pronto ya estaba abordando el avión, a nadie avisó de su viaje a aquella playa, a nadie le dijo nunca de sus perlas ensangrentadas ni de sus amores de plata.

Había llegado al fin hasta aquella escollera, se sacó el ligero vestido blanco con el que había salido del hotel al que había llegado, y luego los zapatos, todo bien acomodado entre las rocas. Así, desnuda, se tiró de la escollera y se estrelló contra las rocas indecisas entre la arena y el agua, entre la vida y la muerte, entre la muerte y la vida.

Las aguas arrastraron el cuerpo y éste flotó un rato antes de irse a dormir. Y los peces miraban desde abajo cómo una sombra de brazos extendidos a los lados se posaba en el sol, y la alabaron, pensando que era dios.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s