Principios sociológicos.

I. De los grandes monos a las civilizaciones, hay certezas más allá de los números; el ocho y el seis me abrazan y sigo siendo vago y conjetural. La gente vive entre vanos intentos aplicando engañosas teorías; la realidad social se acerca cada vez más a los límites, sin poder alcanzarlos nunca.

La convergencia de individuos es necesaria, pero el consenso universal es opcional: cuando entro en tal burbuja, odio; cuando decido excluirme, amo. Tanta complejidad y tan poco altruismo sólo nos lleva caminando hacia el caos. El determinismo es un mar de pretextos para no ser, pero yo tengo otro pretexto y otro fin: Laissez faire.

II. Eternamente, en ausencia de cambios en las circunstancias, la fuerza persiste y el movimiento continúa, aquélla uniforme y éste rítmico, constituyendo así todo devenir. Pero la sociedad es un organismo: Su devenir es crecer, progresar y decaer, así como nosotros maduramos y morimos. Si la primera decae, los segundos progresemos.

III. La humanidad se entiende mal, lo que se quiere decir con ella no existe, sólo existen humanos con intereses, aptitudes no satisfechas por situaciones no realizadas, centros de impulsos conscientes que quieren ser.

La humanidad es una simple estructura, un armazón, un aparato para cumplir intereses, para que hagamos y todo sea. El aglutinante de la costumbre se ha resumido en paz interior y guerra afuera.

IV. El cuerpo se deja mover por la mente, y así ésta puede actuar sobre cosas materiales para transformar el medio o adaptarse a él. Ni todo se puede reducir siempre a fórmulas matemáticas o valores sociales, ni la facultad de pensar es una fuerza.

V. Sean viejas familias o familias nuevas del todo orgánico, la experiencia y la reflexión nos invitan a limitar la aprobación que al principio se ha dado a la imitación. Lejos de equilibrar el ambiente social, como la difusión en una mezcla gaseosa tiende a equilibrar el volumen de los gases, la imitación provoca la efusión del libre pensamiento, y con ello, luego, la libertad de ser.

VI. ¿A qué se refieren los símbolos sagrados de las creencias y las prácticas religiosas? Simplemente son cosas que varían infinitamente según las diferentes religiones, cosas que el profano no debe tocar ni puede tocar impunemente.

Pero las cosas no pueden concebirse por pura actividad mental, exigen datos exteriores a la mente, se forman desde los rasgos más externos e inmediatamente accesibles hasta lo menos visible y más profundo.

La religión es primitiva y simple; debemos arrojar, de una vez y para siempre, el yugo de sus categorías, que por una larga costumbre, se han hecho tiránicas. La sociedad que vive en nosotros, entonces, no será superada por ninguna otra organización.

VII. La meta principal de la actividad social es la lucha por la individualidad; sin embargo, toda la conducta humana podría reducirse a series de reflejos condicionados. La lógica debe abandonar las clasificaciones a favor de las distribuciones de frecuencia, la conciencia de índole sigue siendo un misterio ontológico.

VIII. La historia es una corriente y un camino que corre a lo largo de la orilla. La corriente es herencia genética; el camino es comunicación a través de lenguaje, intercambio y educación. La corriente es un anciano y el camino un niño que toma su mano.

En realidad nada tiene una existencia real aparte de una vida total en que todo participa del mismo modo que los miembros de un cuerpo participan de la vida de un organismo animal.

IX. Las sentencias de los tribunales son éstas y su circunstancia. Su gran circunstancia se compone de los intereses y los sentimientos de la sociedad en un momento dado, de caprichos individuales y de hechos fortuitos. Sólo ligeramente, y en ocasiones nada, las sentencias dependen de los códigos o leyes escritas.

La historia es un cementerio de aristócratas y las ideas, traducidas a palabra y acción, el trabajo de pala de un iniciador.

X. Cae un gobierno, se determina un precio, estalla una huelga, se celebra un culto, menguan los índices, cae un meteoro, la luna tiembla en el agua; valores, fines y esperanzas mueren.

Estadísticas, cosechas, matrimonios, noticias, ingresos, obligaciones, ansiedad, miedos, medios, la conducta y sus reglas; la imaginación, el peligro, la inseguridad, los elementos pensados y los factores ausentes.

No logro comprender las únicas cosas que conozco y nunca he podido conocer las únicas cosas que comprendo. La verdad sólo es parcial o relativa, siempre; lo que cada quien atribuye a una acción dada es quebrantado por situaciones o sucesos distintos.

XI. El medio influye en nosotros y nosotros influimos en él, y de los productos acumulados surge la cultura. Pero los conceptos no son finales ni absolutos, son simples movimientos útiles en dirección a la objetividad, que ya me parece de dudosa credibilidad. Intentar registrar e interpretar la realidad penetrando los resortes de la conducta humana en busca de mediciones sociales me parece débil e inútilmente científico.

Inteligencia es lo que miden las pruebas de inteligencia. No es lo mismo las matemáticas que símbolos y fórmulas taquigráficos, no se puede reducir la vida a simples variables y sus relaciones.

En busca del promedio mínimo de trabajo probable, los individuos persiguen, de manera no necesariamente cooperativa, finalidades distintas por medio de procedimientos aparentemente similares; nadie rinde la misma cantidad de trabajo y nadie recibe la misma recompensa.

XII. Las artes y los estilos, los pueblos, las novedades, las historias, los planes y los planos, las conductas, los milagros diarios y la sociedad en existencia, las consecuencias observadas, las adaptaciones y los reajustes.

Habrá que pensarse ausentes para descongelar la identidad de lo existente y lo inevitable; para comprenderlo todo, con todo y elementos sin función, con todo y disfunciones; para descubrir el flogisto esencial y saberse así, alma.

XIII. Mi microcosmos se ha moldeado por el ambiente en que nací y en que ahora vivo, por la suma total de todo lo creado o modificado, por actividades conscientes e inconscientes. Mi vida es un gran drama en el que sigo construyendo mi personaje hasta morir, y aun más allá.

Quiero la satisfacción óptima, motivación para aceptar la prioridad de los intereses colectivos sobre los personales, dentro de límites apropiados y en ocasiones apropiadas. Valores, medios, obstáculos, condiciones, vehículos, accesorios y costos, son todos iluminados por mi enfoque, y la parte que cae dentro del haz luminoso se transforma, de mera exterioridad, en algo que también pertenece a mi mundo.

Sin embargo, el optimismo es excesivo y el pesimismo es tosco. Las esperanzas moribundas, los sentimientos agonizantes, las aspiraciones decadentes y los valores muertos, no logran lanzar gritos ni golpes claros en el ambiente de un Estado fallido en una sociedad perdida que amenaza con renacer, casi artísticamente, para volver a verse bella en el espejo.

XIV. Den­tro del mar­co tem­po­ral y es­pa­c­ial de nues­tros do­mi­n­ios se ve una cre­en­c­ia me­ta­fí­si­ca a lo lar­go de la his­to­r­ia, una aso­c­ia­ción de sig­ni­fi­ca­c­io­nes en des­pl­ie­g­ue so­li­ta­r­io e in­te­r­io­ri­za­do. De­trás del vas­to mun­do que nos ro­dea, don­de nos reu­ni­mos, nos uni­mos to­dos por un co­mún ac­uer­do.

Sin em­bar­go, va­gar al azar, ob­je­ti­va­men­te, en­tre ac­tos de fun­da­ción y di­so­lu­c­io­nes, en­tre vo­lun­ta­des y go­b­ier­nos, só­lo mues­tra una va­ga co­mu­nión de hom­bres y una cla­ra im­po­si­bi­li­dad de ins­ti­t­uir la paz.

En un sis­te­ma si­nér­gi­co, o ca­li­fi­ca­do con cual­q­u­ier otro ad­je­ti­vo, la idea de ge­ne­rar vín­cu­los de con­f­ian­za pa­ra el bien co­mún, só­lo nos ter­mi­na con­vir­t­ien­do en ac­ci­den­tes u ob­je­tos den­tro del mis­mo sis­te­ma. La re­a­li­dad es una abs­trac­ción, un mi­rar ha­c­ia sí mis­mos sin de­jar de es­tar to­dos jun­tos, vi­das pro­p­ias bus­can­do su­pe­rar­se; pe­ro es­ta su­pe­ra­ción ya es con­ce­bi­da ca­si co­mo un mi­la­gro.

Pro­fun­da­men­te es­truc­tu­ra­da, nues­tra so­c­ie­dad se en­c­uen­tra en­tre un ar­c­ai­co ca­pi­ta­lis­mo or­ga­ni­za­do y plu­ra­lis­mos co­lec­ti­vos, lu­chan­do por po­si­bi­li­da­des de li­ber­tad y fuer­zas pa­ra com­pren­der y ex­pli­car las cir­cuns­tan­c­ias hu­ma­nas y los due­los ló­gi­cos, que a ve­ces, tan­to aqué­llas co­mo és­tos, pa­re­cen tras­cen­der los lí­mi­tes na­tu­ra­les.

XV. El destino de una civilización moribunda es detenerse o abortar. Las culturas, sean originales o afiliadas, colapsan interna y externamente por necesidad. Un estado y una iglesia universales traen consigo periodos de disturbios, llenos ambos de salvadores con máquinas de tiempo y salvadores con espadas. Estos momentos nómadas son justificados por sistemas de leyes que corren en la cultura de los grupos y delimitan la voluntad y hasta las edades de los dominados; mera cultura civilizacional.

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