Luciérnagas.

Era una emergencia. El olvido tocó la puerta y abrió sin permiso, comenzó a escucharse cómo arrastraba su pala por las duelas de la habitación. Los amores casuales se escondían entre las sábanas, los de verano ya se habían congelado, los de un solo beso se habían vuelto suspiros, y los de toda una vida habían partido. El placer bailaba con el dolor al ritmo del tango que el anciano escuchaba, éste sabía que el cigarro que fumaba era el último.

Recordó entonces cómo las sonrisas se postraban en los labios de ambos y temblaban con cada orgasmo. Nunca pudo olvidar la forma en que nacían esos ojos en los suyos al despertar, como avellanas desnudándose en primavera. Nunca hubiera imaginado poseer la dicha de verlos palpitar como luciérnagas, o de sentirlos llover como otoño en apogeo. Si tan sólo los hubiera podido envolver entre sus cáscaras, o secarlos con la ternura del viento.

El viejo dejó volar aquel encuentro siniestro de su voz con el deseo infame adherido a su presencia, pero la necesidad absurda sigue habitando las grietas de su alma: la necesidad de ser consumido por aquellos ojos, por aquellos cabellos, por aquellas barbas excitantes que se rebelaban ante sus manos al amarlo. Secó luego sus lágrimas con un dibujo arrugado de Picasso, el rostro se le pintó de azul, de frío y de miseria, de polvo y de tiempo; en la habitación soplaba ya una melancolía poética y sutil. Algo inquieto, tal vez desesperado, el octogenario al fin conseguía echarse a dormir.

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