Efemérides decembrinas.

Te quiero libre, pero no sólo no de mi propiedad, tampoco de nadie más, ni siquiera de ti. Así te quiero, porque sé que hace falta talar ciertos árboles y plantar uno que otro para mantener el bosque a salvo del mar, o algo así. Así te quiero, aunque los silencios escandalosos le coqueteen al cerebro y el espejo se llene de fantasmas.

El vacío que has dejado tomó a mi paladar de residencia, la soledad ha ido tejiendo palabras en mis labios; es lo único que queda, lo que parió tu adiós, la batalla entre nuestros egos que no entienden que nunca habrá ganador. La esperanza nos enterró, como era de esperarse al paso que íbamos, y al que no íbamos también, porque eso pasa siempre tarde o temprano; la esperanza es una anciana vestida de negro sentada en el suelo con su pala a un lado, mirándonos fijamente mientras nos acercamos.

¿Por qué a veces no nos interesa la realidad? ¿Por qué no estamos dispuestos a arder y consumirnos en las llamas? Amar se convierte a veces en dar lo que no se tiene a quien no es, y hay que entender de verdad aquellos fríos a su tiempo o después arderán mucho más de lo deseado, arderemos mucho más en pensamientos, quemadura sobre quemadura, una y otra vez, día tras día. Luego, entre las voces de los diablos que hospedamos, exclamaremos con sorpresa: “¡Qué zapatos me han tocado!”.

Nos hemos tapado los oídos no queriendo escucharnos, y al abrazarnos en la despedida el suspiro fue tan crudo como un discurso de humildad entre túnicas y cetros de miles de euros. Hemos luchado por nuestra propia causa tirando golpes a lo pendejo, como si esa estúpida tradición del pueblo también dictara lo nuestro. Nos hicimos de un complejo de borregos y ahora damos pataditas de ahogado.

El problema es pensar lo que se siente, cómo y por qué se siente lo que se siente, pero también sentir lo que se piensa, pensar lo equivocado y dejarse llevar por los sentimientos, los silencios, las ilusiones, las alas, las ganas de volar, los miedos, y un largo etcétera de inventos y descubrimientos que uno va dejando en el suelo para tropezarse.

La vida no es tan vacía como para necesitar y buscar ser reconocido hasta por las cosas más vanas, como para vivir hablando sin fundamentos válidos sobre posesiones en realidad insignificantes, como para ser poseído por ellas. Sin embargo, quisiera poseerte y que me poseyeras, y esa vida la siento muy llena, aunque te quiera libre.

Los signos de admiración no bastan y las interrogaciones aumentan su tasa de natalidad; hay signos de puntuación que intentan ser caras y palabras que expresan de más, que no necesitan de otras, porque aparte y a partir de ellas nada importa, como cuando el adiós fue parido de tu boca.

El bosque se atraganta bajo el mar y el pingüino se cansa de nadar; las jaulas de raíces no abren sin cortar, pero si hubiera una manera más fácil de volar, no dudaría en dejarlo todo y emigrar.

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