Participación política.

La política es un concepto muy amplio, pero para los intereses aquí presentes, la política es la actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos, a través del ejercicio del poder que se orienta, en lo ideal, al logro del bien común. Es la actividad del ciudadano, cuando interviene en los asuntos públicos, ya sea con su opinión, o con su voto para designar a sus autoridades, o bien, con el interés de cambiar o plantear algo que considera necesario para conseguir su bienestar y felicidad, o para el bienestar o felicidad de la sociedad o del sector social en el que se desenvuelve.

La participación política se manifiesta como el cimiento que determina la legitimidad de las autoridades gobernantes, como una piedra angular que hace posible la consolidación de la estructura que sostiene. Esto se logra a través de las campañas electorales, con las votaciones, con las peticiones individuales o colectivas que se hacen a un organismo público o con la militancia en partidos políticos, por ejemplo. Por participación política se deben entender todas las actividades que coordinan las relaciones que deben darse entre gobernados y gobernantes, para su sana convivencia.

Se le adjudica a Edmund Burke, político y escritor británico, esta cita: “Lo único necesario para el triunfo del mal es que los buenos no hagan nada”. Esto es, que los malos gobiernos sigan sometiendo a la sociedad al abuso de su poder. Si se considera que la apatía política es el mejor aliado de las prácticas políticas corruptas, bien se justifica la necesidad de involucrarse en el diseño, ejercicio y control de la forma de gobierno, para no ser siempre espectadores de su desarrollo histórico, evitando lamentos y resignación.

Se justificaría también el abandonar la indiferencia, la pasividad y la falta de interés en el desarrollo de la vida política nacional, abandonar la cultura política parroquial, la cultura política súbdita o subordinada y acceder, de manera activa, a una cultura participativa, que contribuyera al mejoramiento del sistema político nacional e influyera en la formulación de sus políticas públicas y decisiones fundamentales.

Esta cultura política participativa debería sustentarse, si se pretendiera ésta capaz de impulsar la supervivencia de la nación, en un proceso siempre abierto y permanente de aprendizaje y de interiorización de los valores, de los símbolos y actitudes que la nutrieran, de un proceso que involucrara a todos, haciéndolos partícipes del código de valores políticos, y fomentara siempre su reconocimiento y su aceptación, pero también la comprensión de que habría de renovarse cuando fuera necesario.

Sin embargo, el proceso de socialización política es determinante para la formación de sus ciudadanos y la línea entre sociedad y clase política parece batante definida, hay muros más allá de los de carácter físico pretendidos en famosas fronteras. A pesar de ello, más allá de las visiones marxistas deseables sobre un futuro comunista, la resignación parace ser casi una herencia generacional, que a veces ríe cínicamente a carcajadas sobre la letra muerta del Derecho, como bien lo llegó a plasmar Noel Clarasó: “Un hombre de estado es el que pasa la mitad de su vida haciendo leyes, y la otra mitad ayudando a sus amigos a no cumplirlas”.

La participación será fundamental para salvar a cualquier país de la mediocridad donde se halle hundido y esta participación no puede, de ninguna manera, limitarse a votar en las elecciones, porque eso no cambia realmente nada, habrá que ser honestos. El sufragio universal, dentro de la sociedad de tintes capitalistas y hasta en las pretendidas sociedades comunistas (se tendrían que redefinir los conceptos), se reduce a un mero instrumento de dominación de la clase política. El mismo Engels considera que el sufragio universal representa “el índice de la madurez de la clase obrera [que] no puede llegar ni llegará nunca a más en el Estado actual” (El origen de la familia, la propiedad privada y el estado; IX. Barbarie y Civilización).

Una participación más activa y más determinante se vuelve a menudo un camino demasiado angosto para ser transitado, la convicción de que quien está en el poder debe estar para servir y no para servirse del pueblo que gobierna se vuelve parte de un panorama utópico que mucho se aleja del alcance de la ciudadanía, se quiera o no de esa forma. La justicia en los hechos parece quitarse la venda de los ojos cuando es conveniente y las leyes en la balanza parecen oxidarse debajo del polvo, la convicción de que se puede cambiar o incluso mejorar no es una de las prioridades. No obstante, ello podría constituir parte de un proceso natural de la sociedad, pues el fracaso es un destino necesario para cualquier sistema social, las crisis son puntos de partida para la evolución.

El buen ciudadano es aquel que no puede tolerar en su patria un poder que pretende hacerse superior a las leyes” (Cicerón). Empero, la superación de las leyes por cualquier clase, más allá de la intolerancia, llevarían a la revolución como el único medio eficiente para conciliar los desequilibrios del orden social, como la revolución proletaria del marxismo, vista como paso necesario para la posterior extinción del Estado.

Participaciones activas.

Han habido intentos entendidos como parte de una cultura participativa, que si bien logran cierto nivel de popularidad, terminan olvidándose entre sus múltiples errores. Uno de ellos fue el movimiento #YoSoy132, que será tomado ahora como ejemplo.

Cuando, entonces candidato a la presidencia de la república, Enrique Peña Nieto, se presentó en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México, en el 2011, fue interrogado por algunos estudiantes acerca de la forma en que procedió el Gobierno cuando un grupo de pobladores de Atenco, defendiendo a unos comerciantes, fueron repelidos violentamente por la fuerza pública. El candidato se hizo responsable del uso de la fuerza, alegando que utilizó ese derecho para restablecer la paz. Entonces, un grupo de jóvenes le gritó que era un asesino y comenzaron a insultarlo, causando que el candidato fuera protegido por su equipo de seguridad y conducido hasta la salida.

Como los medios televisivos y algunos políticos manifestaron que ese grupo de estudiantes no representaba a toda la comunidad estudiantil y que, seguramente, fueron aleccionados para actuar de forma violenta, 131 estudiantes de esa universidad subieron al internet un video dando su nombre, la carrera que estudiaban y su número de cuenta, para demostrar que actuaron libremente y en apego a sus propias convicciones.

La repercusión de ese video fue impresionante y nació así el movimiento #YoSoy132, como muestra de apoyo a esos estudiantes. Los estudiantes repudiaban el dinero que el PRI gastaba para promocionar la imagen de su candidato y el uso de las televisoras para difundirlo, así como la complicidad de éstas, su parcialidad y protección al candidato del PRI. Este movimiento, habrá que considerar, según sus miembros, era apartidista.

Esta clase de manifestaciones son, por supuesto, legítimas, pues cualquier persona tiene derecho a expresar sus opiniones, sus convicciones y sus críticas. Los estudiantes mostraron interés, o pretendieron hacerlo, en que la sociedad cambiara, en que disminuyera la gran desigualdad social mexicana, repudiaron cualquier forma de violencia y exigieron que los medios de comunicación fueran honestos y difundieran sólo la verdad de los hechos.

Sin embargo, el apartidismo del movimiento es bastante cuestionable, pues los reproches se centraron en todo momento en un solo partido, el Revolucionario Institucional, y omitieron criticar de manera objetiva a los otros partidos que también son protagonistas de la historia mexicana y causantes de muchos de sus males. La corrupción del sistema los cubre a todos, la objetividad hubiera sustentado la credibilidad del movimiento.

Por otro lado, los gritos y los insultos difieren demasiado de cualquier debate civilizado. Más allá de lo políticamente correcto, la exposición de argumentos y razones siempre debe ser tomada en cuenta y bien preparada, para sustentar cualquier comentario o acusación. Este tipo de manifestaciones es legítimo, pero en muchas ocasiones la forma es fondo, los líos no pueden traer el orden (a menos, claro, de que fuera una revolución bien montada que prometiera un cambio importante, pero ello no está cerca). Todo esto constituyó una evidencia de una nula capacidad de diálogo e incluso de falta de educación.

El movimiento se fue desvirtuando, también, porque de ser meramente estudiantil, acabó en marchas en donde también había extrabajadores de Luz y Fuerza y de un frente campesino llamado “Francisco Villa”. Eso restó credibilidad al movimiento, y es que los que se manifiestan en contra de una u otra situación terminan, irremediablemente, perdiendo la brújula y exigiendo cosas que nada tienen que ver con lo que exigían en un principio; los movimientos sociales mexicanos carecen de congruencia.

Uno de los principales voceros del movimiento, un tal Antonio Attolini, terminó relacionándose con Televisa, la empresa que, según los del #YoSoy132, debía ser repudiada (y hasta en cuestiones de gobierno acabó después). Esto sólo demuestra incongruencia, exhibe el hecho de que en México se protesta por las injusticias, pero se doblan las manos y se cierra la boca cuando la conveniencia así lo dicta, sin importar los demás. Probablemente, debido a todo lo ya mencionado, el movimiento no trascendió.

Si bien es cierto que muchos son conscientes de la problemática social y política, y tienen conocimiento pleno de lo que sucede en el país, otros tantos, la mayoría, se unen a estos movimientos obedeciendo solamente a un complejo de borrego, para seguir la moda o para hacerle creer a los demás que también saben lo que están haciendo.

Finalmente, el movimiento #YoSoy132 no trascendió, fue noticia de algunas semanas y luego nada. Lo que hizo falta en el movimiento fueron verdaderos líderes, una mejor organización, la no intromisión de otros grupos y, en general, una clara exposición de ideas y reclamos, concretar soluciones y fijar acuerdos. Así, como en este caso, se apagan todas las llamas que se encienden con el supuesto objetivo de quemar al trono de quien esté en el poder.

Participaciones pasivas.

Este tipo de participaciones parecen olvidarse dentro del marco de la tan deseada cultura participativa que busca más hechos que palabras. La participación pasiva busca promover o provocar a la participación activa del ciudadano a través de diferentes medios, como el arte: cine, música, fotografía, literatura. Luis Estrada representa un ejemplo importante en la materia, con su característica crítica al sistema político mexicano por medio de sus películas. En la Dictadura Perfecta, su última obra (2014), se puede observar el ejercicio del poder, entendido como la capacidad de un grupo de imponer su voluntad con decisiones tomadas no en función del bien común, sino de los intereses particulares de quienes detentan tal poder.

Se observan en la obra tres tipos de poder ejercidos en la sociedad: el poder económico, los gobernantes se sirven del dinero del erario público para lograr sus propósitos; el poder ideológico, recurren a la manipulación social utilizando para ello a los medios de comunicación, sobre todo la televisión; y el poder político, manifestado en el dominio total ejercido sobre el pueblo.

A pesar de las prácticas incorrectas y de la clara inclinación a intereses particulares, se puede afirmar la existencia de una legitimidad legal en el poder, aceptando su validez. Esto apegado a la elección del gobernante de acuerdo a normas establecidas en Derecho, normas a las que también se sujeta la propia autoridad, aunque más en lo teórico que en lo práctico.

En la película se observa un sistema de multipartidismo, y al menos uno de los personajes es del partido contrario al poder y lucha para demostrar sus injusticias. También puede verse la conformación de la clase política por un grupo cerrado de personas, los más allegados y que estén dispuestos a jugar de acuerdo con las reglas impuestas del sistema. La película es, en general, un panorama plagado de desilusión.

La obra de Estrada no produce ningún cambio, porque en realidad, al menos aún, nadie hace nada para que algo importante suceda, algunos toman como modelos a las personas incorrectas o le dan mayor importancia al dinero u otras cosas (la plaga de los falsos ídolos). La actitud política de una persona debe ser reflejo de su actuar, debe haber congruencia entre lo dicho y lo hecho.

En la Ley de Herodes, otra de las grandes obras de Estrada, el emblemático personaje de Vargas es elegido como diputado, y al comenzar la Dictadura Perfecta ya es gobernador y tiene la ambición de ser elegido como el próximo Presidente de la República. Este es un retrato de una típica carrera política mexicana, las películas de este director son casi fotografías de la realidad del país, el cine como retrato de su tiempo y de su espacio.

La dictadura no es la de un partido político en particular o la de un individuo, sino la de toda la clase política en general. Entre los diversos partidos, sin importar pretendidas ideologías, existen acuerdos para aprobar leyes o llevar a cabo acciones de gobierno. La oposición de un partido a una u otra decisión o a alguna iniciativa de otro partido termina siendo un asunto muy cercano a un diseño de producción; al final se hace lo que se quiere hacer, y punto. La dictadura se disfraza de democracia.

Participación política.

El gobierno, a fin de cuentas, no resuelve ni siquiera sus problemas internos, mientras las miles de muertes acumulándose en el país están lejos de ser resueltas o frenadas siquiera. El ser humano aquí y allá es igual de corruptible y corruptor, muchas veces demostrando mentalidad pobre y actitudes reptilianas. Hay veces en que parece que todo el optimismo que uno puede cargar radica únicamente en lo afortunado que se es de poder gozar de la total inexistencia de anclas que detengan o retrasen el paso del tiempo. Eso brinda la reconfortante advertencia de que algún día todo se extinguirá. Mientras tanto, la gente se quema en el sillón; muda, ciega y sorda.

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