Día cualquiera.

Amargo anochecer saboteando el café,
donde el otoño se quiebra en un invierno crudo y ardiente,
como un amanecer postango con aires de flamenco
y un poco de tiza entre las sábanas,
cuando uno quiere volver a dibujar la rayuela en el colchón
y acaba por descubrir que el frío ha entumecido las manos.

Dulce amanecer apagando el cigarro,
donde el invierno se derrite en una primavera corta e ingenua,
como un atardecer risueño con aguas de bolero
y alaridos de un ranchero enamorado,
cuando uno se queda atrapado en la escena
esperando algún diálogo adicional
y comienza a escuchar las notas finales de la cinta.

Salado atardecer invadiendo la sopa de medusa,
donde la primavera se seca en un verano lento y helado,
como un anochecer añejo con flamas de pintura
y unas cuantas fotografías puristas asomándose en la ventana,
cuando uno sale a caminar contando sus pasos
y los números no le salen más que en esperanto.

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