Discurso irreligioso.

No pretendo decir alguna cosa que otros no hayan dicho antes, sólo formulo nuevamente: Dios debe ser enterrado. Los registros de su vida son antiquísimos y dudosos, una fantasía más o menos montada por manos humanas lejos de tal divinidad, el perfecto pretexto para el negocio mejor disfrazado. Es momento de tallarse el luto eterno al que tantos se condenan, de quitarse el cuerpo putrefacto de los hombros y caminar senderos propios.

Los creyentes se refugian en la supuesta omnipotencia de sus seres superiores e ignoran las fallas lógicas de tal utopía, porque es más cómodo tener algún bastón en donde recargar los problemas que uno solo se contruye o permite que lo habiten. Las dudas surgen, y las respuestas que uno mismo logra encontrar son casi todas simples y hasta ingenuas, y no logran atenuar las consecuencias de los actos y decisiones propias.

Los creyentes dan pasos y no avanzan por las rocas enormes de la supuesta omnisciencia de sus seres superiores, minimizando su libre albedrío: el camino pierde significado y las direcciones se reducen. Este concepto utópico y la libertad del ser humano no pueden coexistir, es imposible concebir pecadores sin libertad bailando al son de un narrador ubicuo, porque un narrador de esos no se puede dar el lujo de ser malvadamente manipulador y divertirse con ello. El pecado se desmoronaría, y el peso de su obesidad, tan alimentado por todos sin merecer, se convertiría en un inútil y peligroso hilo del que pendería la sociedad, con todo y su posmodernismo.

Por otro lado, la luna no es de queso y las palabras no son palomas, el pan no se convierte en carne y el vino nunca será sangre. La fe tiene historias extrañas que exigen respeto y no dan explicaciones, ignorando su carácter absurdo entre vueltas de tuerca y mandamientos típicos. La conducta humana no se basa en montes escalados ni en los ecos de llamados antiguos, muchos suben y bajan de sus montes sin lograr abrir los ojos o cambiar la forma de su caminar. La escalada entre niebla y relámpagos no constituye una guía, al final ni siquiera se recuerda el recorrido y el nuevo camino que uno ha tomado al bajar no es más que una serie de huellas que se ven iguales a las que uno fue dejando al subir.

Las reglas se quiebran a diario aunque cada uno tenga una copia de ellas en casa y las tonterías y los absurdos no rigen el estilo de vida del hombre, aunque así lo quiera creer y piense que con tal voluntad de fe es poseedor de atributos o virtudes que en realidad no tiene plenamente. Entre popotes torcidos e historias extrañas, no parece haber un espejo suficientemente grande para algún ser superior, ni siquiera las supuestas santas escrituras en que tantos se pierden parecen ser dignas de semejantes depositarios de fe.

La contradicción es parte de la naturaleza humana, aunque luche por una congruencia absoluta de la que aún no puedo asegurar su existencia, por lo que ningún sistema de creencias es libre de errores en cuanto nos sumergimos en sus callejones y parcelas. Aquellos sistemas siempre estarán algo desorganizados, si la examinación entra en la ecuación se encuentran vacíos, piezas faltantes y casos sin resolver; ideas contrarias corriendo despavoridas entre los pasillos del laberinto y descripciones pobres en las esquinas exigiendo ser alimentadas.

Caen los pensamientos como gotas de agua que no parecen iguales y lo parecen al mismo tiempo, a veces sólo es mejor cederle el protagonismo a la soledad y dejar que se apodere de nuestro estreno universal. Los tiempos van del pasado que arrastramos al futuro que tememos, y aunque nos aferremos al presente, no vamos exactamente a su paso ni respetamos bien el orden. Podríamos pasar la vida haciendo listas interminables que no merecen aplauso alguno y lo único logrado sería sumergirnos en el latido de un mar.

De cualquier forma, los dioses son adorados aunque se escondan, y las pruebas no existen, para ninguno de los extremos, pues así como no hay evidencias para la existencia, tampoco las hay para la inexistencia. Pasarán millones de años y ninguna de las trincheras hará descubrimiento alguno, pero sean cuales sean las creencias concebidas por cada individuo, la falta de evidencia no debería ser razón válida para rendirse ante ellas y derrumbarse frente al espejo.

A final de cuentas, no importan realmente los escondites o las vendas que cada uno se ponga en los ojos, no importan los clavos que uno se ponga en las manos ni los mapas que se quieran seguir al andar. Lo importante es su institucionalización.

La fe no debe enseñarse ni imponerse como se le impone al bebé un bautizo cuando no tiene la más mínima idea de lo que ello significa, es piel y no lana la que recubre al ser humano, la libertad de pensamiento nunca debe rendirse ante cruces heredadas por la fuerza, cruces no pedidas o encajadas sin permiso. El derecho a la fe tampoco debe cobrarse como se cobran las bodas en la iglesia, la fe no es rezar escritos fabricados ni pertenecer a una casa construida por el lucro de las creencias a cambio de indulgencias falsas.

Es deber de todos respetar los depósitos en los que el prójimo descansa su fe, el problema es que la mayoría de las personas no tienen fe, sólo la presumen. Es una fe mutilada, muerta, arrastrándose en la sombra al correr; es una fe hipócrita y superflua, fe en potencia, que jamás llega a ser. No es fe la del individuo vicioso que va a la iglesia cada domingo y no es falta de fe la del individuo virtuoso que actúa, conforme a sus creencias y filosofía, sin encadenarse a instituciones obsoletas y ridículas. Tales instituciones se niegan rotundamente a derrumbarse, apoyándose en la gente como en bastones torcidos.

La gente ha decidido elevar al parecer en un pedestal y se ha olvidado del ser. Todos dicen que creen en algo y presumen su forma de ser, sus actos, sus cotidianidades vanas, pero debajo de eso hay contradicciones y traiciones empañando sus espejos, espejos que se niegan a pulir. Algunos van llorando pecados, actuando conforme a un sistema de premios y castigos, pero es dudosa la moral del supuesto buen acto realizado con el fin de no ser castigado.

Algunos de ellos vieron la cobertura ridículamente inmensa de la llegada de Francisco Bergoglio y se pensaron elegidos y enamorados de su figura, a través de palabras tiradas en escenarios virtuales. En estos tiempos y espacios santificados por la costumbre, ponen su buena fe y llenan de lentejuelas sus creencias para el deleite de los que se acercan.

Fuera de tales rituales y solemnidades, se quitan las máscaras y peinan la lana de su piel. Falta congruencia, coherencia; las creencias son rectores de nuestro actuar y nuestros decires, no son dimes y diretes o actuaciones inverosímiles. Uno se construye a sí mismo, y bien sabemos que las fachadas importan mucho menos que los cimientos.

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