Trato.

Las palabras son abejas y el silencio es miel. Bien nos lo ha advertido Bodet, que se nos habrá ido la tarde en cantar una canción, en perseguir una nube y en deshojar una flor. Luego se irá la noche en el rumor de esa canción, con la nube en llanto y un tallo de espinas sin testuz. Puedo percibir ya el eco de las lágrimas en la madera, de las gotas de sangre golpeando los pétalos caídos.

Pensar es doloroso. Acabemos en buenos términos, mientras el sonido de las hojas siga crujiendo bajo los pies, quitemos las telarañas tejidas y volemos lejos de los nudos. Eres fuerte y yo actúo con debilidad, termino de víctima o corriendo como ratón; no sé si soy la tormenta que hundió el barco, pero no he sido yo quien ha quemado las velas.

Es que ni los dedos que he hundido en tu cabello son más los mismos, las texturas les saben distinto. Una de esas veces, cuando se pasearon por tu pelo negro y la marea nos mecía como con misericordia, pude encontrar un trato envuelto en nudos, un trato esperando en calma, escondido. Lo acepté: dejé de huirle al tiempo y él dejó de perseguirme, y ahora mientras él se fuma mi vida yo derrito sus relojes al sol.

Un día, cuando llegue a la costa, cuando por fin se lleven las olas el dolor de tu ausencia, pasarán las horas sin pisarme y tu fantasma no me hará sufrir. Al final dormiré sobre la arena y se me irá la vida, me haré río y desembocaré en ti, nos encontraremos.

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